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Época II - Año XIV
Edición Nº 4189
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  Contraportada 01/07/2009
Verano sin vacaciones
Gorka Díez (Sincolumna.com)
 
N O hay estación más relajante que el verano, días que uno asocia a vacaciones con sangría en el chiringuito de la playa, a apartamentos alejados de las horas en gris de la oficina, a mujeres que se pasean en bikini por la orilla de un mar que refresca con sólo mirarlo, a tumbonas desde las que hincarle la vista a las lecturas pendientes, a periódicos flacos cuya actualidad se lleva el viento, a chanclas para que los pies respiren a placer, a bicicletas madrugadoras que vuelven después del picnic haciendo eses, a conciertos con cubata bajo una música de estrellas, a fiestas de pueblo y fuegos de artificio en lo más alto de la noche, a cuerpos que se menean con la necesaria superficialidad de Georgie Dann, a amores que en quince días dejan más huella que todo un invierno, a horas y más horas a las que meterles mano a nuestro aire.

Recuerdo los veranos de mi infancia, cuando las aulas cerraban y la vida me entregaba un cheque con tres meses para hacer, o no hacer, lo que me diera en gana (con la excepción de las tres horas de academia a las que me obligaba a asistir la aguafiestas -e inteligente- de mi madre), para disfrutar de los amigos, de la familia y de mí mismo, para jugar al fútbol de la calle o al ciclismo de pandilla, para imaginar novelas que nunca escribiría, para dejarme soñar a la sombra fresca de unos pinos saboreando unos labios de mujer que en el mundo real me negaban hasta el saludo y propiciaban que me tuviera me conformar con echar algún que otro trago de agua a mi cantimplora.

Más cercanos me quedan aquellos otros veranos, ya con trabajo, en los que uno disponía de dos quincenas (menos es nada) para irse de viaje con la maleta llena de ropa ligera e ilusiones a disfrutar de festivales como los de jazz y cine de mi querida San Sebastián. O para acampar con mi chica en una playa cualquiera del mediterráneo (todas son iguales) o recorrer los pueblos de esa Andalucía tan acogedora y popular como los poemas de Lorca y Alberti o las canciones de Sabina.

Pero qué distinto, ay, se sienten estos meses calurosos cuando uno no tiene ni puta idea de qué va a ser de su futuro, cuando la empresa para la que trabaja, en vez de un calendario con días rojos sin tener que ir a fichar, lo que te planta ante tus narices es un Expediente de Regulación de Empleo (ERE) en donde pone que la dicha se acabó, que este verano no va haber vacaciones, sino paro, que lo que toca es sumarse a la larga lista de desempleados que de forma imparable acumula esta ciudad, esta provincia, este país, por culpa de la maldita crisis económica que generaron los especuladores y pagamos todos. Que es hora de asumir que el mañana no siempre llega y que lo mismo cualquier día de estos no podemos hacer pie ni a la orilla de nuestra propia chimenea y nos ahogamos ante la responsabilidad de la hipoteca, de la familia, de los modestos objetivos que, incrédulos de nosotros, nos habíamos marcado para los próximos años. Que a lo mejor lo único que nos queda es subirnos a las barbas del impotente gobierno de Zapatero, para pedirle cuentas, sabedores de que no obtendremos más respuesta que una sonrisa ante las cámaras de esos telediarios plagados de clichés y lugares comunes concebidos manipuladamente para que las familias no corran el peligro de atragantarse con un trozo de pollo o de chuleta.

Es lo que este año nos va a tocar, me temo, a los trabajadores de ‘La Tribuna de Cuenca’, para quienes el mañana va a consistir en acudir a la cola de las oficinas del Sepecam, no para informar de lo mal que están algunos, sino para ver ese malestar reflejado en el espejo en el que nos miremos (si nos atrevemos a ello) y vivir el sufrimiento en carne propia, teniendo que fichar cada primero de mes sin más esperanza de que nos ofrezcan un curso de esos de formación que, por lo general, sólo siguen quienes no tienen otra cosa mejor que hacer.

Uno tiene la costumbre de frecuentar ciertos bares en busca de un cortado o de una caña que le ayude a concentrarse o a evadirse de la a menudo soporífera rutina, pero a partir de ahora habrá que reducir gastos, caprichos, vicios, mandarle a tomar por culo a nuestra sed. Porque la indemnización económica que sigue a todo despido, aunque ayuda, casi nunca suele dar de sí lo que un empleo, sea éste el que sea. El dinero que nos toque poco podrá animarnos a cargar de ilusiones la maleta de nuestros viajes ya planeados a festivales culturales, playas idénticas a todas las demás o ciudades de interior. Ir, eso sí, habrá qué ir, y lo suyo será que busquemos el disfrute aunque de vez en cuando recordemos que este verano, por más que dispongamos de días libres de sobra para hacer lo que nos plazca o nos deje de placer, lo que no hay son vacaciones. Y que, al contrario de lo que ocurre con esos días de ocio a los que todo trabajador tiene derecho, cuanto antes se acabe ese nuevo tiempo del que vamos a disponer, mejor que mejor. Que como tengamos que esperar a que nuestros gobernantes le pongan solución a la dichosa crisis vamos listos. Nos tocaría aguardar hasta quién sabe cuándo y de indemnizaciones, ya digo, no se vive. Y menos puede marcharse uno de vacaciones tan alegremente por ahí. Que la sed, pese a que uno esté en el paro, no se cansa nunca de pedir, y el agua de la cantimplora no lo arregla todo.
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