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E parece maravilloso y fascinante que dos personas se amen. El ser que no haya amado apasionadamente, se ha perdido la mitad más hermosa de su vida. La frase con algunas variaciones que le he introducido, pertenece a Stendhal. El amor, no tiene fronteras, ni diferencias religiosas, sociales, políticas y sexuales. Es un sentimiento íntimo y visceral que nos hace perder la cabeza, olvidar los principios y saltarnos a la torera los tabúes convencionales por el ser amado. Haz el amor y no la guerra, fue el grito de los años sesenta y la consigna de la fiebre “hippie” que asoló al mundo civilizado. Eran otros tiempos y regían otras costumbres. Pero era hermoso contemplar a esa juventud sin complejos, ni hipocresías viviendo su vida y satisfaciendo sus amores en libertad, aunque sin herir descaradamente susceptibilidades y escrúpulos. Guardando con cierta discreción las distancias en lugares elegidos. Hice algunos reportajes en comunas hippies y encontré gentes sanas, desinteresadas y atentas cuando me acerqué hasta ellos.
Lo más bello de la vida es el amor pero si éste es verdadero, exige mayores sacrificios, más sublimes abnegaciones y más costosas decisiones. Dice un proverbio chino “Ámame cuando menos lo merezca, ya que será cuando más lo necesite”. Porque amar debe ser dar, sin esperar recibir nada a cambio y ofrecer cuando más necesitamos no desprendernos de lo que estamos ofreciendo.
Entiendo el amor de un hombre a una mujer y viceversa, porque la Naturaleza, que dicen que es sabia, los ha hecho de manera que uno sea el complemento necesario de la otra y los ha dotado de los elementos idóneos para esta conjunción tan necesaria y placentera. Es el amor por antonomasia, el considerado correcto por los que continuamos mirando al mundo por el ojo de la cerradura y no nos atrevemos a abrir la puerta de par en par. Lo confieso sinceramente. Siempre me ha repugnado el homosexualismo en el hombre y la mujer, porque desde que tuve uso de razón me acostumbraron a mirarlo y considerarlo de esa forma. ¿Deformación educativa?. No lo sé. Pero me lo inculcaron creo que diluido en la leche materna y las circunstancias externas y futuras aumentaron mi adversidad.
Pero la vida y las nuevas tendencias han ido moldeando mi carácter y manera de pensar y hoy día, no siento el mismo horror hacia esos seres que se aman desesperadamente y le intentamos arrebatar esos momentos de felicidad sin que nos asista ningún derecho para ello. Me gustan las mujeres desde que la razón y los años me indicaron la utilidad de ciertas partes de mi cuerpo, su maravillosa función y su insuperable placer. Pero ello no me da derecho a privar a unas personas que por causas aún no muy definidas no sienten las mismas tendencias que yo, a que den gusto a su cuerpo y satisfacción a su amor. Creo que debemos ser tolerantes y respetuosos con los demás, aunque utilicen una acera que nosotros consideramos equivocadas y ellos la correcta y deseada.
Pero colocados los puntos sobre las íes, también reclamo el derecho a no ser hostigado en televisión, calles, plazas y sitios públicos por lo que se creen las “reinas del universo” y nosotros sus vasallos. Tampoco es eso. Tan imperdonables e intransigentes son los que no comprenden su manera de amar y dar salida a ese sentimiento, tachándolos de todo lo más ofensivo posible, como los que invaden la calle que es de todos, con el permiso y beneplácito de nuestras autoridades, exhibiendo sus anatomías provocativos y desafiantes y alardeando de su homosexualidad, como si fuera un derecho y un orgullo su metamorfosis sentimental, sin importarles que están usando una calle que es patrimonio de todos y no todos sentimos el dudoso placer de presenciar esas bacanales y mariconadas. Aquí, si se pasan varios pueblos e incluso capitales, ya que no persiguen el reconocimiento a sus derechos, que nadie le duda ya, sino a refregarnos y provocarnos con su procacidad. Es como si los heterosexuales fuéramos haciendo ostentación de nuestros atributos y obrando con entera libertad en el terreno pasional públicamente, escarneciendo a todos los que no sienten de idéntica forma. Seguro que seríamos detenidos por alteración del orden público y escándalo. Al paso que vamos para cualquier opción o destino, trabajo u ocupación, se va a necesitar ser miembro del colectivo del Arco Iris, porque lo contrario será considerado extraño y poco recomendable.
Y para colmo, mi paisana y ponderada ministra de la Igual-dá, presidiendo esa aglomeración de culos, tetas, rabos, pingajos y demostraciones lascivas y lujuriosas ante la vista de todo el mundo, incluso de nuestros menores. Creo que se está desmadrando bastante esta señora con su afán de destacar, no siempre acertado. Es mi modesta opinión como ciudadano libre y civilizado.
Tengo amigos excelentes y amigas magníficas que son homosexuales y lesbianas e incluso viven maritalmente y nos tratamos con total cordialidad y respeto a los sentimientos de unos y otros. Nuca he discriminado a nadie por su especial manera de sentir, siempre que no se metan en mi cama para desahogarse ante mis narices, porque tampoco se lo toleraría a un heterosexual, ni me refrieguen con mala leche su desnudez y lascivia y encima me intenten demostrar que son los únicos que deben sentir el orgullo por lo que son. Es decir, que los demás somos los equivocados.
No tengo por qué inmiscuirme y juzgar su manera de vivir, pensar y sentir.¿ Si se aman, por qué no van a satisfacer ese sentimiento y gozar esa pasión?. Cada cual es dueño de su mente y de su cuerpo. Pero, insisto, no me va eso del “orgullo gay”, con ostentación y alevosía, porque lo considero ganas de jorobar al prójimo y ofender a los que no ven bien esa carnavalada grotesca, impúdica e innecesaria. A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, aunque en este caso especial cambiando sus protagonistas.