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Época II - Año XIV
Edición Nº 4189
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  Contraportada 24/08/2012
Si, no lo duden, todo es una auténtica locura
Félix Arbolí
 
S I no hubiera locos, tendríamos que inventarlos o hacer concursos de interpretación de la locura entre los más osados para que no perdiéramos la sorprendente reacción de enojo o euforia que nos proporciona. Un mundo sin locos, es como una feria de Sevilla sin casetas y bombillas o unos “Sanfermines” sin mozos corriendo ante los toros. No se sorprendan por lo que digo, ya que en las celebraciones festivas y populares la locura se colectiviza y se hace protagonista. Hoy no se concibe una juerga juvenil sin botellón, ni una semana sin la manifestación callejera de turno, donde muchos solo van haciendo bulto y otros no tienen muy claras las causas que las motivan. Tampoco podemos pasar por alto en esta incompleta lista de despropósitos generalizados y normalizados, a esas uniones con derecho a roce, que significa el placer sin tabúes, tan de moda entre nuestra juventud y esas otras, las llamadas sentimentales, con hijos incluidos, que aparecen y desaparecen como si del Guadiana se tratara. Todas forman parte del entramado alienado, que no alienígena, donde hemos caído y en el que al parecer nos sentimos a gusto.

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, locura es la privación del juicio o del uso de la razón y una acción que por su carácter anómalo nos causa sorpresa. A juzgar por estas acepciones, muy pocos se salvan de esta demencia. Nadie puede decir que a lo largo de su vida no haya realizado un acto, tomado una decisión o comportado de manera anómala. Si alguien dijera lo contrario, “miente como un bellaco”, usando los términos de los ilustres locos de nuestra Literatura. Ya nos dice el refrán que “de poeta, músico y loco, todos tenemos un poco”. Reconozco que me apasiona la poesía y me entusiasma la música. Podría pasarme horas enteras oyéndola embelesado y me sería difícil escribir sin tenerla como fondo ambiental. Aunque debo aclarar que como cantante soy un auténtico desastre ya que tengo un oído en Chinchón y otro en Estepona. Respecto a lo de loco, ¡ni se sabe…!. Pregunten a mi mujer.

Esta demencia cada vez más generalizada abarca asuntos y circunstancias que deben tener mayor consideración y meticulosidad. Así no nos resulta anormal que un político, aunque sea imputado y condenado, ni pase por la cárcel, ni suelte su millonario botín o a la inversa que un excarcelado, se quiera dedicar a la política, pues sabe que es fórmula eficaz en nuestro país para medrar y ascender rápidamente sin la amenaza de tener que regresar al “truyo”. Y también tenemos a ese “artisteo” que canta sus penas enloquecida y pregona su inocencia ante su público, achacando la culpa que le imputan a engaños amorosos para buscar la compasión de los jueces. Tampoco le pasará nada. Subiendo de rango en esta lista inacabable de procesos de locura tenemos a los que encuentran a su “dorada princesa” que, como en los cuentos, le permitirá vivir feliz y sin problemas. Y una vez más, seguirá sin pasar nada. ¿Creen esto posible en un país serio, cuerdo y responsable?.

Esta desequilibrada manera de entender e ir por la vida, se ha instalado asimismo en la Real Academia de la Lengua y sus miembros, antes sexagenarios sesudos y doctos, entre los que se ha instalado una serie de intrusos con una rara mezcla de edades y de actividades, no todas ellas literarias, que alternan en un desinhibido “tú a tú” con los venerables “padres de nuestra lengua”. Actores de cine, dibujantes y algunos escritores del momento, han traspasado sus venerables muros y han ocupado sus dieciochescos salones sin otro mérito que el haber tenido la suerte de haber dado un “pelotazo” literario con esa novela que le ha hecho millonario. Novela que no pasará a los anales de nuestra Literatura, porque son como rosales que viven una efímera gloria y admiración. Pocas de ellas permanecerán en nuestras bibliotecas más tiempo del que dura una reforma casera, ni serán utilizadas en las aulas escolares

Así pues, no es nada extraño que nos estén volviendo “tarumbas” con absurdas innovaciones e incremento de palabras extrañas y chocantes que no forman parte de nuestro acervo lingüístico y cultural y solo deben figurar en diccionarios dedicados a modismos y dialectos étnicos. Una cosa es amoldar el diccionario a los usos y costumbres actuales y otra introducir vocablos y expresiones que nunca formaron parte de nuestra tradición literaria y oral. Lo único que vamos a conseguir es que desconocidos términos hablados por minorías, terminen imponiéndose a la mayoría y ésta pierda el control de su propio lenguaje.

Asimismo considero terco e innecesario ese terco e incomprensible empeño de querer volvernos locos con este quita y pon de tildes, como si se tratara de una partido de tenis, pelota va y pelota viene. A veces ya no se como escribir o acentuar determinadas palabras y he de estar consultando el “tomazo académico” de última hornada, para no errar en lo que ya tenía sabido y asimilado. Voy a terminar regresando al parvulario al saber que no se nada, como decía Sócrates, y esta vez no se trata de simple tópico.

No quiero omitir en este generalizado desatino que ha contaminado a nuestra docta institución lingüística, a algunas modificaciones efectuadas en sus últimas ediciones sobre conceptos que deberían inspirarles mayor respeto y cordura, porque no han tenido en cuenta a la hora de introducirlas el único y ancestral significado de esa palabra y el fundamento que la sostiene. No abundo más en este tema, que escapa a toda lógica y razón, para no herir susceptibilidades. Díganme si no estamos locos de remate.
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