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Época II - Año XIV
Edición Nº 4189
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  Contraportada 01/11/2012
¡Feliz Halloween!
Félix Arboli
 
H ACE años, antes de la actual “colonización yanqui” que domina nuestra vida y costumbres, estábamos considerados como un país “chapado a la antigua”. Éramos la famosa “reserva de Occidente”, de la que tanto alardeaba el denostado Franco,- regresa, por favor, a poner orden en este galimatías en el que nos han sumido tus sucesores-, y con la que tanto chisteábamos los españoles de aquella época que no pensábamos iba a resultar tan añorada como irrepetible, gracias a la calidad de nuestros políticos actuales. Los aires que nos llegaban de allende el océano donde aún se oían los ecos victoriosos de aquella guerra mundial recién acabada, a muchos parecían peligrosos tornados que iban a acabar arrasando nuestra peculiar manera de vivir y nuestras ancestrales y más firmes tradiciones. “ África empieza en los Pirineos”, era la frase más escuchada por los que desde dentro y fuera de nuestras fronteras, se empeñaban en desacreditar nuestros méritos y virtudes con más envidia y bastardos intereses que honestidad, al no querer reconocer la grandeza de nuestra Historia y la riqueza incomparable de nuestras más entrañables tradiciones.

Aún nos manteníamos ajenos a las innovaciones y locuras del gigante americano. . Nos creíamos en posesión de lo justo y lo cabal y contemplábamos el estilo de vida foráneo tan grotesco como disparatado y una mala influencia para ir por la vida. Pero acabada la segunda gran guerra y proclamando airosos su prepotencia por los distintos escenarios internacionales los cachorros del “Tío SAM” , como gloriosos vencedores del “malvado nazismo germano”, los empobrecidos y desolados países ya liberados, , fueron cayendo en las redes menos visibles, pero más efectivas de un nuevo y total control, el de los yanquis, junto a toda su parafernalia y paranoia de bailes y ritmos de auténtica locura, comidas rápidas cuyos ingredientes es mejor ignorar, la desaparición de nuestras típicas tertulias de café, con la implantación de nuevas cafeterías en las que se apetece más la hora de salir, que el tiempo de permanencia y sus extrañas maneras de entender la vida que nada tienen que ver con la que teníamos y manteníamos a través de una historia varias veces milenaria.

La civilización yanqui, gracias a su poder armamentista, acaparamiento de mentes privilegiadas y bien pagadas, ingentes riquezas naturales y afán de meter sus narices donde huelen y piensan que van a sacar algo positivo, ha logrado que países con una cultura muy superior olviden sus tradiciones y modos de vivir y se plieguen a absurdos y extravagancias que nada tienen que ver con sus ancestrales celebraciones y normas de conducta.

Hasta en el baile, la música y las bebidas fueron imponiendo sus modelos y las salas donde antes imperaban la copla, chotis, bolero, tango y hasta su exportado y primitivo “foxtrot”, con sus divertidos e inigualables pasos y cálidos apretones de pareja, dieron paso a disparatados ritmos y enloquecidos saltos, cabriolas y movimientos, donde más que a bailar, vamos a soltar adrenalina y a desahogarnos con auténticos malabarismos en los que utilizamos y zarandeamos a nuestra pareja con una pericia más cerca de lo circense que de lo lúdico.

Nos lo han cambiado los del chicle y la Coca Cola. Hasta la Navidad y sus Nacimientos o Belenes, que con tanto esmero instalábamos junto a nuestros pequeños, ha cedido su estilo al barbudo barrigón de la sonora y grotesca carcajada y ese árbol gigantesco donde suele haber de todo menos una imagen sagrada que indique lo que celebramos. En este aspecto reconozco que mi infancia, a pesar de todos los pesares, fue mucho más entrañable y emotiva que la que hoy disfrutan mis nietos, aunque mi hija se empeñe en conservar la tradición hogareña de estas fiestas. .

Y no digamos ya en la celebración más reciente, como la llamada antes festividad de Todos los Santos y ahora la fiesta de Halloween. Incluida esa perogrullada, (que si se puede perdonar a sus infantiles protagonistas), del “truco o trato”, en ese recorrido casa por casa, solicitando unos caramelos que no entiendo su relación con el recuerdo a los seres que han emprendido su último viaje. Comprendo, pues lo estoy viviendo en mi pequeña nieta Marta, la ilusión que les hace al verse ante el espejo convertidos en Frankenstein, bruja o cualquier otro siniestro personaje que normalmente les causarían pesadillas, pero sigo sin entender que el recuerdo a nuestros queridos difuntos tenga esa celebración jocosa y menos aún relacionada con un tétrico carnaval. Parece como si nos cachondeáramos de ellos y su triste o trágica desaparición nos sirviera de diversión. Ya es una costumbre bastante arraigada en todos los países, sin distinción de ideologías o credos y las tiendas de los chinos y alquileres de disfraces, hacen su agosto, septiembre y hasta diciembre, sacándoles tajadas a estos imitadores de los zombies.

Algunos, creo que los gitanos, siguen con su visita obligada y floral a las tumbas de sus difuntos donde dicen, -no lo sé pues no suelo acudir a estos lugares-, que sacan sus manteles, tarteras, tortillas de patatas y me figuro que hasta algún perolón de cocido o menudo a la andaluza con su buena y abundante “pringá”, y bebidas, para pasar ese día tan especial con sus familiares desaparecidos. Una especie de “picnic”, - y volvemos al yanquismo-, pero a lo funerario. La verdad, no encuentro oportuno ni lo uno ni lo otro. Mi teoría, aunque puedo estar equivocado, es como lo hacíamos en casa, allá por la posguerra. Al ser el día primero festividad de Todos los Santos, lo celebrábamos a base de nueces, castañas y otros productos propios de este tiempo, sin olvidar los exquisitos y llamados “huesos de santos” y dejar el día dos, que era o sigue siendo el verdadero “Día de Difuntos, para dedicar emocionado recuerdos a los que se fueron con rezos, lágrimas o nostalgias, según sentimientos y creencias.

No obstante, lo veo difícil , por no decir imposible, tras haber sido abducidos por la órbita del TÍO SAM y adoctrinados en sus costumbres y actitudes, con sus desvaríos gastronómicos, sociales y vivenciales. Así que ¡Feliz Halloween!, que es lo que suele decirse.
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