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NA sale un día de casa con unos amigos de Murcia para dar una vuelta y se encuentra con que, al final de la tarde, la experiencia ha sido de lo más excitante. Vulgar, pero excitante.
Les voy a aburrir unos minutos con la descripción de una jornada que ustedes viven cada día, que todos vivimos cada día, y a la que ninguno prestamos atención. No esperen nada especial; no ocurrió nada que no nos ocurra a diario, pero al menos a mí me hace reflexionar sobre el borreguismo en el que estamos inmersos. A veces me siento especial, exclusiva, porque creo que no actúo como todo el mundo ni voy a donde va todo el mundo. La buena noticia es que, al menos, me queda un ápice de sensatez para percatarme de que puedo llegar a ser una imbécil.
11,00 horas: La jornada comenzó un sábado cualquiera en un hipermercado de gilipolleces para la casa cualquiera; o sea, Ikea. Mi amiga, llamémosla “S”, necesitaba determinada barra con determinados ganchos que sólo estaban localizados allí. “Pues -nos dijimos- vamos en un momento, a tiro hecho, lo compramos y salimos en seguida”.
11,15 horas: Algo va mal. Ante nuestros ojos se extiende, fundiéndose con el horizonte, un inmenso e indescriptible océano de automóviles a las puertas del hipermercado. Yo miré a quien me sufre, quien me sufre miró a “S” y “S” miró a su marido, en adelante “JE”. Era evidente que todos esos coches no habían llegado solos hasta allí, luego la gente que los conducía y viajaba en ellos debía estar en algún lugar. No había marcha atrás. Aparcamos en la lejanía y, una vez dentro, organizamos una reunión de urgencia para desarrollar una estrategia que nos permitiera entrar y salir de allí cuanto antes.
11,30 horas: Comienza el asalto a Ikea. Sabemos que los suecos son listos como el hambre a la hora de organizar la venta de sus productos. Te marcan un camino que no puedes abandonar antes de llegar a la zona donde está lo que necesitas, ello te obliga a ir viendo cien mil y un lugares llenos de cosas que te gustan pero absolutamente inservibles. “Hay que ser más hábiles que ellos”, dijo “JE”. “Ataquemos por la retaguardia para luego dispersarnos estratégicamente y tomar por sorpresa las barras y los ganchos”, dije yo. El plan fue aprobado. Sincronizamos nuestros relojes y comprobamos el estado de los móviles por si el enemigo conseguía dispersarnos a nosotros. Con paso firme, entramos por donde todo el mundo sale; o sea, por las cajas. Yo tomé la delantera, “S” me seguía de cerca, quien me sufre cubría la espalda de “S” y “JE” vigilaba la cola de la tropa esgrimiendo amenazadoramente el “As”.
11,40 horas: La operación tenía más riesgo del aparente. Miles, millones de enemigos avanzaban hacia nosotros con carros de combate rebosantes de cazos, velas, estanterías, cojines, espejos, jarrones y cortinas. Atravesamos la zona de plantas y tiestos, de almohadones, alfombras y marcos para cuadros, de complementos de baño, banquetas y juguetes infantiles...De repente, tres miembros del equipo nos percatamos de que el cuarto flaqueaba psicológicamente.
– “S”, llevas un tiesto azul.
-Ya... lo necesito.
–¿Es que no hay tiestos azules en Murcia? -preguntó “JE”.
–No como éste.
Decidimos pasar por alto el incidente y no distraernos de nuestro objetivo: las barras y los ganchos. Tras recorrer contra corriente toda la planta inferior y avanzar por unas escaleras huyendo de las miradas de miles de enemigos que nos recriminaban subir en vez de bajar, alcanzamos la zona de cocinas.
12,00 horas: “S” y yo localizamos las barras. Las había de 60, 80 y 90, pero no quedaban ganchos apropiados al grosor de la barra; eran grandes, mucho más grandes. Los cogimos nosotras antes de que el enemigo se hiciera con ellos mientras nos pensábamos la medida de la barra.
–Dos de 60 -dijo “S” sin soltar su tiesto azul.
–Imposible, de 60 sólo hay una barra.
–Pues cógela y no la sueltes… y quince ganchos, también quince ganchos.
–Quince ganchos son demasiados para una barra de 60, a no ser que cuelgues cosas muy pequeñitas, y estos ganchos son enormes para colgar cosas pequeñitas.
–Pues diez… diez ganchos.
Objetivo cumplido. Emprendimos camino de regreso y, a punto de desandar lo andado y camuflarnos con el enemigo, Ikea puso en nuestro trayecto otras barras.
– ¡Alto! -ordenó la cabeza de tropa, que ahora era “S”- ¡Estas son más baratas!
“JE” ya dudaba entre usar el “As” para abrirse paso entre el enemigo o contra “S”. El destacamento empezaba a mostrarse afectado por la presión. Había que salir de allí cuanto antes. Devolvimos las dos barras de 60, nos hicimos con otras dos más baratas e igual de aparentes y nos deshicimos de los diez ganchos enormes con el convencimiento de que en Murcia, seguro, habría ganchos en cualquier ferretería.
12,15 horas: Yo me creía psicológicamente fuerte, pero cuando apenas nos faltaban unos metros para la salida, descubrí que llevaba bajo el brazo dos cajas de metal para guardar no sé qué y un paquete de cinco taperwares que sirven, creo, para guardar filetes de cinco tamaños distintos. “S”, igual de floja que yo, ha intentado hacerse con una especie de peldaño para alcanzar a los muebles altos de su cocina, pero, afortunadamente para la tropa, están agotados. En el camino del destacamento se cruza, por sorpresa, un murciano amigo de “S” que evita dar explicaciones de por qué está allí. “S” también le oculta datos, consciente como es de que su amigo, mal que le pese, es un elemento hostil.
12,30 horas: Elegir la caja para pagar requirió de otra estrategia. Dado que sólo llevábamos dos barras, un tiesto, los taper y las cajas de metal, lo correcto sería elegir la rápida, para menos de diez productos, hasta que nos percatamos de que la mayor parte de la gente lleva menos de diez productos, todos enormes, por supuesto, pero menos de diez. Le encontramos, pues, un fallo a Ikea: deben poner cajas donde se admitan un mínimo de 20 productos. Compraríamos más con tal de pasar por la caja rápida.
12,39 horas: Tras un despliegue espectacular, localizamos la caja 48; aparentemente tiene mucha gente, pero sólo era un efecto óptico. Entre todos los enemigos no llevan más de diez cosas y en cada grupo de tres personas sólo hay un comprador. Nos reagrupamos en la caja 48 y esperamos.
13,00 horas: Estamos de nuevo a salvo en el coche. No está mal. Sólo una hora y cuarenta y cinco minutos para comprar dos barras, un tiesto, una caja de metal y un paquete de taper, aunque en los planes sólo estuvieran las primeras. Nos creemos muy listos, pero Ikea nos ha vencido. No obstante, decidimos que hay que celebrar nuestro parcial triunfo con una comilona en El Escorial, y de paso vemos a toda la monarquía allí yacente. Nueva estrategia de reserva de mesa. Podría haberme callado, pero recordaba haber comido bien y con buen servicio en un restaurante llamado “Charolés”. La mesa queda reservada por teléfono entre tres y cuarto y tres y media en el segundo turno.
14,15 horas: El Escorial. Magnífico día; pajaritos cantando, señoras marquesas pisando con garbo la calle Floridablanca, pijos de suéter sobre los hombros mirando con suficiencia a los domingueros, el marido de Sara Montiel montándose una exclusiva...
– ¡Coño! ¡Ese es Tony Hernández! -exclamo.
– ¿Y quién coño es Tony Hernández!? -pregunta “JE”
– El marido que ya no sabe si es marido de Sara Montiel.
– ¿Y qué hace en El Escorial? -inquiere “S”.
– ¡Pues no le van a hacer la exclusiva en Ikea! -responde quien me sufre.
– ¿Y si les fastidiamos el plano?
Decidimos huir de allí, pero yo no puedo evitar pensar que El Escorial ha perdido todo su noble y pijo “glamour”.
Hacemos tiempo viendo la basílica y pisando por donde pisó el cacofónico matrimonio Agag-Aznar, Berlusconi, los presidentes de siete u ocho comunidades autónomas, el presidente del Constitucional y Tony Blair.
15,20 horas: El maitre del “Charolés” nos hace una larga cambiada y nos envía a que nos dejemos doce euros en cuatro cañas mientras hacemos tiempo. Otro murciano se nos cruza en el camino
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