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Época II - Año XIV
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 102
Semana del 13/02/2004
Pastores


Yolanda Salanova
E S tanta y tan ácida, cuando no dolorosa, la avalancha de información que llega, que empiezo por dudar qué tema sería el prioritario a tratar, según mi criterio, claro está. Pero el criterio cambia por la sucesión vertiginosa de hechos, situaciones y llenan mi mente, cuasiagotada, de nuevas dudas.
Al fin, me decido.
Hace no muchos días, la Conferencia Episcopal difundía una Carta Pastoral en la que proyecta toda culpabilidad a la revolución sexual, en gran parte, de la llamada violencia de género, la pérdida de valores, etecé, etecé.
¿Será que siguiendo la tradición atávica les preocupa el sexto mandamiento, obviando los demás, o bien no recuerdan que Cristo los condensó en dos? Me atrevería a decir en uno: amor.
Y de todo encontramos en este valle sembrado de obstáculos para practicar ese mandamiento. Porque es duro. Para eso hay que dejar en último plano el egoísmo, dejar de sentirnos superiores y por tanto merecedores de vivir mejor y más que nuestro prójimo, que mejor está cuanto más lejos.
La desaforada carrera hacia el triunfo, hacia las escalas de poder, saltándose peldaños y cabezas a poder ser, que así se llega antes; poniendo por encima de toda ética la competitividad, valor en alza desde el siglo pasado, que está ahí al lado; el consumismo a toda costa, creando necesidades de modo que los que se enriquecen aumentan sus bienes a costa de los males de los otros, no precisamente para invertirlos en paliar la tremenda injusticia que padece más de la tercera parte de la población mundial.

Hace poco el propio Papa se pronunció públicamente respecto a tan grave y endémica situación. Ya era hora, sin desmerecer su declaración; pues más vale tarde que nunca, aunque los poderosos padezcan sordera selectiva.
Los obispos que, se supone, tendrían que marcar directrices de comportamiento humano —o católico, para quienes profesan esa religión, que no abarca todo el cristianismo— se limitan a culpabilizar sin plantear posibles soluciones. Puede que les parezca mejor la doble moral, la hipocresía que caracteriza a demasiados jerarcas eclesiásticos: si se ignora, si puede taparse, no existe.
Sólo unos cuantos grupos de ovejas descarriadas por esos mundos del diablo eran la excepción que confirmaba la regla aquélla que sacralizaba el matrimonio, siempre que su objetivo fuera traer hijos a la inhóspita tierra para que a base de sufrimiento se ganaran el cielo. Y otra vez la competitividad. Vamos, que el cielo hay que ganarlo. Y bien a pulso.
Sin embargo, muchos renuncian voluntariamente y dejan la trágica carrera de competición. La presión a la que está sometido el individuo en el mundo llamado civilizado, dispara los índices de suicidios, con la deshumanización de una sociedad que exige poco menos que invulnerabilidad ante los obstáculos que impiden siquiera soñar con una meta alcanzable, por muy pequeña que parezca.

Poco previsores nuestros inefables obispos, dejando pasar décadas sin avisarnos de lo pernicioso que resulta vivir con normalidad según la moral humana, séase de la confesión que se sea. Y esto me recuerda una desafortunada declaración del obispo de Roma, cuando asevera que en el seno de cualquier religión se puede alcanzar la salvación, pero que en las no católicas es mucho más difícil.
El rosario de prohibiciones absurdas, la represión, apoyada en unos códigos morales bastante discutibles, y el miedo, vienen conformando conciencias erróneas, escrupulosas e insolidarias. Conformistas, siempre que sean los demás quienes se tengan que conformar, pues siempre ha habido clases, ricos y pobres. Y claro, eso no genera violencia, para sus eminencias.

Mientras los prelados no se quiten la venda de los ojos, o en su caso, se operen de la miopía mental que muchos padecen, vivan en su burbuja blindada, donde no penetra ni un ápice de realidad social, continuarán lanzando pastorales para ovejas y borregos sometidos por el miedo a la condenación. No parecen haber entendido que los cambios sociales no son tantos. Que en realidad es la injusticia, la tibieza ante lo que les pasa a “los otros”, lo que rueda aumentando como bola de nieve, arrastrando a su paso ética, solidaridad y valores morales (no necesariamente cristianos, pues los humanos son universales).
Es la naturalidad con que aceptamos las realidades injustas; los crímenes lo son según el nombre que se les dé, léase guerra o especulación comercial, —incluso con los medicamentos antisida— que empobrece aún más a los más pobres.
No sé exactamente a qué quieren referirse los prelados cuando hablan de “revolución sexual”. Imagino que hace unos años, los ciudadanos homosexuales lo eran, pero tenían que ocultarlo para evitar el rechazo social, y, mucho antes, la ley de vagos y maleantes, que valía para enchironar a cualquiera que fuera molesto para el régimen o se saliera de la norma impuesta, vamos, que hacía feo.

Desde la más remota antigüedad la homosexualidad existe, es un hecho innegable. Y el respeto a la diferencia exige tolerancia, al igual que la piden los heterosexuales. No es de recibo tipificar como enfermos a quienes eligen opciones diferentes. Una de ellas es el voto de castidad, el celibato, ¿O no? Pues bien, parece algo contra Natura.
Puesto que las funciones del cuerpo humano se producen mediante el funcionamiento de órganos, y para ello tiene que resultar agradable a los sentidos. Pareciera que lo placentero llevase implícito el pecado. No comeríamos si no tuviéramos la sensación de apetito y menos si lo que comemos repele, para eso el sentido del gusto. (eso los que aún podemos comer, que la mayoría padece desnutrición y hambre). Y si fuera voluntario, bueno. Pero es una imposición de la Iglesia católica; que yo sepa, Pedro, el primer papa, tenía esposa e hijos, como casi todos los apóstoles.
El olor corporal influye en la atracción, no sólo la belleza, ni siquiera la sintonía fina que pueden tener dos personas supera la prueba: se queda en amistad (una forma de amor, sí, pero no creo que sea el que nombran nuestros pastores). Pregunten o mejor, lean al Dr. Marañón.

A fin de criar hijos para el cielo, es precisa la relación sexual. Y aunque la mayoría somos hijos de Ogino, aquí estamos. El amor, si prescinde del espíritu, no lo es; como no se puede separar el alma del cuerpo sin morir. La comunicación entre personas que se aman, sería incompleta sin la profunda conversación entre los cuerpos. El amor es en sí mismo un objetivo. No creo que quienes no tienen o no pueden tener hijos sientan menos amor. A menos que los obispos confundan la velocidad con el velocidaje y sigan creyendo que el sexo es feo, malo y cochino además de pecaminoso.
Es la enorme soberbia, el egoísmo individual y colectivo, los intereses creados, el dios dinero, cada vez con más devotos, lo que corrompe y “justifica”; como muchos lo hacen, pues estará bien. Vamos a imitarlos o, ¿nos quedaremos detrás, con los marginados, los desheredados de la tierra? Lo que no queremos ver como consecuencia del canibalismo social, lo atribuimos al azar. Vaya mala suerte nacer en Etiopía, por poner un caso.
Y seguimos mirando hacia otro lado, eludiendo responsabilidades y echándole la culpa a cualquier cosa que se salga de los cánones monolíticos de quienes ayer, como quien dice, justificaban la violencia y hoy culpabilizan a colectivos, siempre minoritarios, de los males y desmanes perpetrados legalmente por los que mandan, con paraísos particulares para “los buenos”. Creo que el Evangelio de Cristo no pretendía semejante despropósito.
Y nada se va a arreglar por impartir de manera obligatoria religión católica en los colegios. Tiemblo al pensar quiénes, qué y cómo transmitirán lo que no se puede aprender, sino vivir libremente en el seno de la familia, (cualquier confesión religiosa) y voluntariamente en las iglesias, siendo una opción personal que sea católica o budista. Lo demás es un atentado a la libertad individual; para eso se supone que tenemos libre albedrío, al menos para pensar, cr
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