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CABAN de ponerle un marcapasos a Manuel Fraga. Leo en los periódicos que el impetuoso Fraga de mi juventud acaba de pedir auxilio para su “viejo y fatigado corazón”. Ese “torbellino hospitalizado”, así lo leo en Internet, cumplirá 81 años el mes que viene, pero se asoma a la pequeña pantalla el doctor que le atiende y nos dice, raudo y contundente, que “o noso presidente” está perfecto y que, para bien de todos los gallegos, volverá a su despacho en menos de 48 horas.
He aquí la carta que le escribí hace unos años y que nunca llegó a su destino, porque nunca la eché al buzón. De esa carta saqué yo, todo hay que decirlo, un par de páginas para mi libro “Vint anys d’angelots” y una doble página, a modo de suplemento cultural, en el diario “Baleares”, antes de que el viejo diario del Movimiento y del Estado, pasase a ser el primer diario escrito totalmente en catalán del archipiélago balear. Digo “totalmente en catalán”, pero debo rectificar, puesto que hay una cosa que se sigue publicando en castellano en ese diario mallorquín, a saber: los anuncios por palabras de putas, maricones, travestidos, homosexuales, etc. Pero vayamos a la carta que le escribí a Fraga y que ahora corrijo ligeramente, para actualizarla y para publicarla aquí:
“Obra en mi poder su última carta manuscrita de enero de 1993, en la que me felicita el año nuevo y me agradece el interés que me tomé por el estado de salud de su esposa, después del accidente que sufrió en la carretera. Les deseo, a Ud. y a los suyos, mucha prosperidad y aprovecho la ocasión para saludar a mis viejos amigos en Galicia, sobre todo a ese hombrecito con perilla y sin bigote, Jesús Pérez Varela, tan inquieto, que fue mi antecesor en la dirección de "El Imparcial" y que ahora sube las escaleras del poder, a su vera y a sus órdenes. He dicho que Pérez Varela “sube” y es, quizá, la primera vez que no tengo la menor duda de si sube o baja las escaleras un gallego tan natural y auténtico como es mi viejo amigo Jesús.
Recordará que, después de aquel célebre y dramático encuentro que mantuvimos en Palma de Mallorca, concretamente en el Hotel Victoria y en presencia de Cruz Martínez Esteruelas y de la plana mayor de la derecha local, cuando Gabriel Cañellas no había saltado al ruedo de la política, ni se había pringado con lo del túnel de Soller, hemos mantenido, que yo recuerde, tres o cuatro entrevistas más, de las que una de ellas se publicó en Madrid a cuatro planas. Estuve yo en su despacho de la calle Silva y la situación política estaba entonces al rojo vivo. Lo de Palma, cuando yo le puse la metáfora del verraco que se comía a todas las gallinas que encontraba a su paso en el corral de mi pueblo, igual que Ud. se comía a todos los periodistas que le preguntaban por lo de Montejurra, resultó violento y le obligó a dar aquel bote en el sofá y a exclamar, a voz en grito, que me iba a partir la boca, cosa que me dejó acojonado y, menos mal, que estaba allí Cruz Martínez Esteruelas y puso calma en el ambiente. A Cruz, antes de que Franco le nombrase ministro, le conocía yo y nos tratábamos con absoluta cordialidad en las empresas de March donde ambos trabajábamos, a principios de los años sesenta. Cruz puso paz y, al final, acabamos la mar de amigos, cada cual con su berrinche.
Un mes o dos antes de que Tejero protagonizase lo del 23-F, recordará Ud. que tuvimos una comida en "Alfaro", en Madrid, en la que había varios generales, bastantes periodistas y varios políticos de diversa significación ideológica. Yo pregunté, en la sobremesa, a ver si los militares españoles de aquel momento, cuando todos los poderes fácticos del país parecían estar en contra de la gran acción política de Adolfo Suárez, defenderían a muerte el orden constitucional, en caso de que el "ruido de sables" que se percibía en el ambiente llegase a cuajar en realidad de golpe de Estado o si, por contra, serían otra vez insurrectos como lo fueron, siguiendo a Franco, en 1936.
En esa ocasión no fue el santo Cruz Martínez el que me libró de la zarabanda y de los cañonazos que querían pegarme los señores generales allí presentes. Fue Ud., precisamente, el que calmó a quienes se sentaban a su lado y tuvo arte para explicarles que, en verdad, lo de Franco fue un golpe de Estado contra la República constitucional y que, si hubiese perdido la guerra, tal vez habría tenido que dedicarse a pintar cuadritos naïf, en la cárcel, como dicen que ha hecho Tejero desde 1981 y que por eso tiene ahora un barco y un apartamento en Málaga, donde se pega las grandes siestas y manda a escampar boiras a los esforzados reporteros de El Mundo-Televisión, cuando van a preguntarle por las cintas de García Carrés. Han pasado más de veinte años, pero todavía me impresiona la bondad de su alegato, defendiendo a este humilde currito mallorquín.
Después, se produjo la intentona, como dice la mayoría, la acción institucional, como dice Ismael y otros investigadores de pro, o el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 y, como dice la versión oficial, merced a la voluntad democrática del pueblo español, a la firme postura del Rey y de los líderes constitucionales y, en suma, a todas las acciones particulares, que se llevaron a cabo durante aquella larga noche y madrugada, la normalidad volvió a la vida pública.
Lo que no se dijo en los medios de comunicación de aquellos días es lo que yo le había preguntado a Ud. antes y que quedó escrito y publicado en "La trama civil del golpe" (Editorial Planeta, 1982), así como tampoco se atrevió nadie a comentar y a resaltar su postura, perfectamente reflejada en su respuesta textual a mi pregunta. Decía Ud, concretamente: "...Actos gravísimos como el de Cartagena, o el más reciente del Ministerio del Interior, aquí en Madrid, revelan que hay un grave problema interno en el seno de las Fuerzas Armadas, que no tienen en este momento un especial respeto por el actual ministro de Defensa..."
De hecho, hubo algunos comentaristas que, desde la magnanimidad económica del último gobierno de Suárez, donde estaba mi amigo y paisano Melià, que se esmeraron en resaltar la gravedad de los acontecimientos de Cartagena, donde el general Atarés Peña tuvo una bronca estrepitosa con el teniente general Gutiérrez Mellado, y la gravedad incuestionable de otros acontecimientos que sucedían por aquellas fechas. Nadie se tomó la molestia de investigar sobre el significado de aquella pregunta que yo le hice y que también se publicó: "¿Ha erradicado Ud. de las filas de su partido cualquier tipo de propensión anticonstitucional y de retorno al sistema en que, como años atrás, el poder militar prevalecía sobre el poder civil ?"
Todo aquello, ciertamente, pasó a la Historia y quedó archivado. Yo me vine a Mallorca y Ud., venturosamente, aterrizó en su pueblo y se hizo con la Presidencia del gobierno autónomo de Galicia. Le confieso, querido Fraga, que así como nunca le pedí favor que estuviese en sus manos, tampoco he recibido ventajas de sus correligionarios políticos, que son los que, excepto en el periodo del Pacto de Progreso, que sucumbió en las urnas del 25 de mayo de 2003, han mandado casi siempre en Mallorca, mi tierra natal, en la que vivo y trabajo.
La primera vez que hablé con Ud. fue en la presentación del libro "Poemas de Somosaguas" de Lucía Bosé. Yo le había seguido por sus correrías turísticas de ministro de Turismo aquí en Mallorca, cuando mi paisano y buen amigo Gabriel Barceló inauguró su primer Hotel Pueblo y le nombraron a Ud. "alcalde de honor" de aquel poblado de vacaciones. Tenía Ud. entonces fama de ser muy duro y muy apabullante con quienes éramos, bajo aquel régimen de poderes absolutos, una especie de vasallos resignados. Y va Ud. y me dice textualmente: "He oído hablar de un libro que acaba de publicar sobre la historia de los periodistas en Madrid. Enhorabuena por el premio que le han dado". Me sentí anonadado, emocionado, meado de alegría y le dije ruborizándome: "Me gustaría mucho regalarle y dedicarle