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ON tres meses de anticipación, como es costumbre en estos casos, se ha inaugurado ya el “año Dalí”, o sea, el centenario de su nacimiento, que fue en 1904. Sólo estuve una vez en casa de Salvador Dalí. Fue en el 70 o en el 71 del siglo pasado y estuve allí con Domingo y Luis Miguel Dominguín, que en paz descansen, y con Joana Biarnés que, por aquellas fechas, era la reina de los fotógrafos de “Pueblo”, así como ahora es la reina de los restauradores de Ibiza con su fabuloso restaurante Ca Na Joana. El Rey de España ya ha inaugurado solemnemente el Año Dalí y un servidor también se suma al festejo. Recopilaré aquí, a modo de humilde y muy particular homenaje al amigo y maestro Dalí, diez fragmentos de las cartas y artículos que le he dedicado en estos últimos 35 años, antes y después de su muerte:
1. Hola, genio: ¿Qué tal te han ido estos últimos años de silencio y de eterna humildad ? La última vez que nos vimos, en tu casa de Port-Lligat, comimos langosta con chocolate y pasamos un día y una noche, entre tu casa y el barco "Rampager", de inolvidable diversión. Déjame revivir todo aquello:
Publiqué un largo reportaje en "Pueblo" y una entrevista larga contigo. Las fotos, espléndidas como siempre, fueron de Joana Biarnés, que tiene ahora un restaurante en Ibiza.
No publiqué entonces algunas cosas que ahora recordarás y que, probablemente, ya se te han perdonado eternamente. Son pequeñeces, pero muy ajenas a la crisis de tristeza que ahora padecemos en Europa: un travestido, rubia despampanante, le pegó el primer susto sexual de su vida a Miguelito González Bosé. Esto sucedió en el jardín, mientras su padre, el matador de toros bravos, mordía clavos en la sobremesa distendida, porque bien se lo había advertido al niño "que no, Miguelito, que no es una rubia, que es un rubio con un par de cojones", pero el chiquillo, que tendría entonces trece o catorce años, quería estrenarse en el arte de su progenitor, es decir, en el de ligarse a la más guapa de la película. Desde luego, aquel mozarrón de las tetas altivas de silicona, era un monumento y sólo los muy corridos advertíamos que sus codos, sus muñecas y sus rodillas eran de una masculinidad insultante. Tu casa solía estar poblada de maricones rutilantes. Eran otros tiempos y otras terminologías. Por aquellas fechas yo preparaba la biografía de Luis Miguel Dominguín, que publiqué al año siguiente y, además, tenía un libro de escándalo, que nunca llegué a publicar, titulado "Luis Miguel Dominguín y sus 54 amantes famosas". Contaba con el testimonio escrito de muchas de ellas, cuyos nombres son del dominio público y que no importa repetir aquí. Se pusieron de moda, en los tres últimos años de Franco, los libros de confesiones públicas, donde los famosos referían el día en que perdieron el virgo y de qué manera. Eran los años en que Asensio, que en gloria esté, amén, inventó la fórmula de mezclar los culos con las mejores prosas del país y el maestro Cela, r.i.p., nos largó una serie deliciosa en "Interviu".
Se nos perdieron, Miguelito y el travestido durante unos diez minutos y, al volver, el bellísimo Miguel traía la cara pálida, como si se acabase de morir. Y no pasó nada. Por la noche cenamos en el barco y Joana, igual que Gigi Corbeta, se regocijaron en retratarnos la pilila a los que nos bañábamos en cueros. Tú no te quitaste la túnica blanca que llevabas. Al amanecer zarpamos hacia la Costa Azul en el yate de Ricardo Sicre, camino del coliseo de Arlés y de Notre Dame de Vie, donde íbamos a ver a Pablo Picasso. Fue, si no la más importante, por lo menos la más resonante singladura periodística de mi carrera y debo decir ahora, cuando ya no te inmutas, que has sido siempre, para tus entrevistadores, el personaje más fácil y gratificante del siglo XX.
2. No era necesario hacerte preguntas. Largabas tu rollo, pleno de ingenio y brillantez y tus padres mentales, Sigmund Freud y Max Ernst, cobraban un inusitado fulgor, como nunca lo hicieron en sus escritos, en tu aparente irracionalidad dialéctica. Recuerdo que te enojaste un instante cuando te relacioné con los dos mencionados. Por tal razón, lo suprimí en mis reportajes y escritos posteriores.
3. Llevaban los toreros aquellos carteles que les pintó Rafael Alberti, ilustrando sus versos. Además, Luis Miguel usaba en su reaparición trajes de luces diseñados por el poeta andaluz y comunista. José Luis Navas ha escrito un magnífico artículo sobre el restaurante de Joana Biarnes y ha sido mal informado, cuando le han dicho que tú diseñaste los trajes de luces que se puso Luis Miguel en su reaparición del 71. El diseño era de Rafael Albertí, pero ¿qué más da, si al final todos hemos de ir en cueros al Juicio Final? A Picasso le gustaron mucho los trajes y los carteles y se reía mucho con el verso aquel que decía "eres el torero más decadente, de Occidente". Habíamos hecho parada y fonda en tu casa y nos habías encargado que le dijésemos a Pablo Picasso que querías verle y abrazarle a este lado de la frontera, pero Picasso nos mandó a hacer puñetas cuando se lo dijimos. En cambio, Picasso se emocionaba y abría sus puertas de par en par, cuando Olano, por ejemplo, le llevaba un "siurell" mallorquín. Tú habías dicho "Picasso es comunista y yo tampoco" y Picasso le regalaba cuadros al picador de Luis Miguel y tú no regalabas ni una raya a lápiz a tu mejor amigo.
4. Va el otro día Luis del Olmo y dice que lo tuyo de “Picasso es comunista y yo tampoco” se lo largó a él en una entrevista que le hizo estando en Radio Nacional. Puede que sea verdad, pero yo creía haberlo leído en “La Codorniz”, diez o doce años antes.
5. Recuerdo - y esto me lo tachó la censura - que mandaste recado al hotel grande de Port-Lligat diciendo que tendrían que pagarte una cantidad simbólica de varios miles de pesetas por el honor y la propaganda que les hacías comiéndote con los amigos las doce langostas que te mandaron para nuestro banquete. Ese fue tu recado, cuando el mozo presentó la factura del hotel que nos servía.
6. Al saber que yo también soy pintor, me has hablado de los colores predilectos de tu paleta. Has dicho que los colores "tierra" y, sobre todo, los ocres son tus preferidos. Estabas pintando las alas de una mosca gigantesca y tenías un ala de mosca real a modo de lentilla, para mirar lo que pintabas. Todos miramos a través de aquella lente natural, cuyo entramado resultaba fantástico. Creo que era un moscardón de culo de burro, por su tamaño y su azulada tonalidad. Un propio te cazaba moscas, para el repuesto de tu lentilla-modelo-monóculo, que estaba montada en el aro de una varilla plateada. El pobre Domingo Dominguín, el que se pegó un tiro en el corazón por el presunto desamor de una periodista colombiana, se reía las tripas con la mosca y te decía que aquello era una guarrada.
7. Con Picasso, con Miró, con Maruja Mallo, con mi joven paisano Miquel Barceló y con otros grandes pintores de mi tiempo me he sentido muy solidario. Contigo, por contra, no he sentido esa sensación de amistad y de calor humano. Contigo me he divertido más y ello no presupone que mi admiración y mi respeto sean menores. Lo que digo es que tú siempre fuiste más distante, más egocéntrico y parecía que te considerabas muy superior al resto de los mortales y que no escuchabas a nadie.
Estaba yo pensando, precisamente en estos días en que expongo mi pintura en Palma y oigo una y mil veces la frase - "me gusta mucho ese cuadro, pero no puedo comprarlo, porque estamos en crisis"- que tu actitud de largarte a los Estados Unidos, desde 1936 hasta 1948, que fueron los años en que este país vivió su mayor crisis, podría ser la solución de tantos y tantos trabajadores del arte - o de cualquier otro oficio - que se ven ahora sometidos a las vejaciones de un sistema que aumenta el paro, que recorta los salarios y que cumple en su totalidad el viejo tópico de que los ricos son cada día más ricos y los pobres cada día más pobres.
Es obvio que, sin tu genialidad, la crisis po