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ICEN que el Papa está muy malito, pero malito y todo no va a dejar títere con cabeza ni humano por beatificar. Se notan demasiadas prisas por hacer mucho y muy rápido, como si después de él no fuera a venir otro Papa que pudiera seguir beatificando y prohibiendo.
A quienes miramos el catolicismo desde la barrera nos debería importar un bledo lo que se haga y deshaga de puertas para adentro, pero como servidora es deslenguada y gusta de meterse en charcos, no voy a dejar de opinar sobre unas decisiones propias del siglo XV.
No he hablado con católico alguno sobre el tema, pero supongo que, viniendo de quien viene, dirán amén. Me refiero a eso de que las niñas ya no se puedan acercar al altar de una Iglesia para ejercer de monaguillas, aunque bien es cierto que tal término no aparece recogido en el Diccionario de la Real Academia. La Lengua Española sólo acepta la voz en masculino: “Niño que ayuda a misa y hace otros servicios en la iglesia”. Quiere esto decir que, poniéndome en lo mejor, el Paaapa (que diría Paloma Gómez Borrero) ha intentado adaptar la realidad a la verdadera significación del término. Si me pongo en lo peor, significaría que los niños quedarán para “ayudar a misa” y las niñas para “otros servicios en la iglesia”; es decir, limpiar el polvo a las imágenes.
Es de suponer que alguna cría que estuviera ejerciendo de monaguilla tendrá un disgusto supino con la decisión vaticana. Porque a ver cómo se le explica a una muchachillla que lo que ella estaba haciendo es uno de los 37 “abusos” detectados que impiden la correcta liturgia de la eucaristía. Ya es difícil de entender (insisto, desde la barrera) que la palabra de Dios sólo la puedan transmitir los sacerdotes y no las sacerdotas, pero que por el hecho de llevar coletas tampoco puedas echar una mano en algo de lo que te gusta participar más allá de ser mera espectadora, roza la involución.
El documento que a finales de este año o principios de 2004 hará pública la Santa Sede detalla que las niñas no pueden actuar como monaguillos “desconsideradamente o sin causa justa”. Si alguien tiene claro el asunto, que me lo explique, que soy de mente abierta y respondo a las argumentaciones siempre y cuando la explicación no se limite a un “porque sí” o a un “porque lo dice fulano”.
Me dicen algunas fuentes consultadas que jamás han visto monaguilllas en una iglesia, y yo porfío en que sí, que haberlas haylas; primero, porque yo las he visto, y segundo, porque ya sería kafkiano que El Vaticano prohibiera algo que ni siquiera sucede.
¿Y qué me dicen de que ya tampoco los que van misa puedan aplaudir u ofrecer una danza a ritmo de Salve Rociera en honor de, por ejemplo, la Virgen de Zapopán, que es una muy chiquitita y muy mona de México? Para mí que las dos congregaciones vaticanas que están quebrándose la cabeza en detectar tropelías tan abusivas como las descritas son una panda de sosos, aburridos y amargados, dispuestos a aburrir y amargar a quien se le ocurra disfrutar con sus creencias católicas.
Es más, me parece que el poco tiempo de alegría que le queda al Paaapa también se lo van a fastidiar, porque hartos estamos de ver por la tele cómo Wojtyla ha presenciado danzas de todo el mundo desde los altares. Es de suponer, sin embargo, que decisiones tan retrógradas de las congregaciones del Culto y de la Doctrina de la Fe tienen el beneplácito papal, de donde se desprende que a Juan Pablo II no le hizo ninguna gracia que le bailaran en el altar. Aquí ya no cuentan ni las mejores intenciones.
Lo de aplaudir es otra vaina. Tampoco es que yo haya visto, siempre por casualidad, que en las iglesias se aplauda cada dos por tres, pero a mí, en alguna boda y algún bautizo, el cura me ha pedido una ovación cerrada para celebrar a un nuevo católico o a una nueva pareja unida con la bendición de Dios. Actos, suponía yo, dignos de celebración. El Vaticano deja claro a partir de ahora que los aplausos deben ser “estrictamente excluidos”, sin “ningún pretexto”.
En resumidas cuentas, quien lo entienda que lo compre, porque eso de la alegría, las demostraciones externas de satisfacciones interiores y el regocijo no van con la Iglesia. A mí no me la dan. Jesús no era un tipo tan aburrido ni impedía que las niñas se acercaran a él.
Pero la Iglesia también tiene su parte congruente: se llama Ramón Echarren y es obispo de Canarias. Oír hablar a un alto cargo eclesiástico sobre su desacuerdo con la obligatoriedad de estudiar religión es una bendición, fundamentalmente porque lo argumenta con la Carta de los Derechos Humanos en la mano: “La ONU reconoce el derecho de todo ciudadano de elegir la educación que quiera para sus hijos. Es un derecho fundamental, no lo inventó la Iglesia, sino que está aprobado por 160 naciones”.
Y continúa: “Cuando en las decisiones en política, y sobre todo en la enseñanza, se mezclan las ideologías, el que sale perdiendo es el ser humano. Vivimos en una democracia en parte degradada, porque una cosa es lo que dice la Constitución y otra es la vida. Muchos derechos constitucionales no se cumplen, como el derecho a movernos libremente por el mundo, el derecho al trabajo, a la alfabetización, a una vivienda digna”.
“Chapeau”, mister Echarren. Seguro que usted estaría encantado de tener a una monaguilla echándole una mano en misa.
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