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  Firmas Invitadas - Edición Nº 12
Semana del 25/05/2002
Una de audiencias


Nieves Concostrina
D IJO el físico británico Ernest Rutherford -un tipo listísimo que desarrolló la teoría del átomo-: “Si tu experimento necesita estadística, deberías haber hecho uno mejor”.
Ahí va otra cita, esta vez de Henry Clay, un político estadounidense que vivió a caballo entre los siglos XVIII y XIX: “Las estadísticas no pueden sustituir al criterio”.
Otra más, ahora del genio irlandés George Bernard Shaw y mucho más conocida: “La estadística es una ciencia que demuestra que si mi vecino tiene dos coches y yo ninguno, los dos tenemos uno”.
Y ahora una mía: “Los tres tipos anteriores tienen razón, ergo las audiencias televisivas son una farsa”. Por supuesto que no tiene la brillantez de las anteriores, pero yo no soy física nuclear, ni política, ni dramaturga. Sólo soy espectadora.
Pero soy una espectadora privilegiada, porque entiendo lo que es el “share”, la “cuota de pantalla” y el “prime time”, conozco cómo funciona un audímetro y sé cuántos hay en toda España. No estoy llamando imbécil al resto del mundo, pero el ciudadano de a pie se cree a pie juntillas los datos de audiencia cuando cualquier papanatas de televisión aparece dando las gracias a su audiencia porque su programa lo ve el 45% de la población o tantos millones de personas. ¡¡¡Mentira, mentira y mentira!!!
Sepa quien lo desconozca, que nos están metiendo a 39 millones de españoles en el mismo saco, y todo porque en nuestro país hay 3.110 aparatos infernales llamados audímetros que miden eso, lo que ven 3.110 familias. Quiere esto decir que cuando un miembro de esa familia está viendo el programa del papanatas anterior, con teóricos picos de audiencia altísimos porque un gritón se baja los pantalones y enseña un micropene, también lo estoy viendo yo, aunque en ese momento me encuentre de cañas y bravas.
Reconozco que soy muy estricta en mis deducciones y exageradamente incrédula con las estadísticas, pero no puedo ni quiero evitarlo. No acepto que cuando un miembro de una de esas 3.110 familias esté viendo por la tele a una plagiadora o a un marciano, con él estemos unos cuantos cientos de miles de españoles. Con los datos sobre la mesa, y si calculamos que cada una de esas 3.110 familias se compone de cuatro miembros, como mucho lo estarán viendo 12.440 personas. Así de cruda es la realidad. Todo lo demás es extrapolación, deducción y manipulación.
Lo que en realidad me gustaría oír es a un presentador papanatas diciendo: “Señoras y señores, ayer, de las 3.110 persona que tienen audímetro en casa, 1.555 estaban viendo nuestro programa. Gracias por su confianza”. Pero no. Lo que oigo es al mismo papanatas congratulándose porque la mitad de la población española estaba pendiente del micropene de su colaborador.
Las televisiones se autoengañan, los responsables de programas se autoengañan y a nosotros nos toman el pelo. Periodistas y directores de programas de televisión llegan histéricos todas las mañanas a sus redacciones preocupados por la audiencia. Se comen las uñas hasta que, a las diez de la mañana, los ordenadores escupen los datos que ellos creen reales y de los que depende su puesto de trabajo. Si los datos no son buenos, el director de programas llama a capítulo al director: el director, al subdirector; el subdirector, al redactor jefe; el redactor jefe, a los coordinadores de área, y los coordinadores, a unos arrastrados redactores cuyo único delito es trabajar a salto de mata a base de contratos por obra. Vamos, que siempre llueve hacia abajo, y al final la bronca por haber hecho un mal programa que supuestamente ha tenido baja audiencia (aunque en esta ocasión sí estuviera viéndolo yo y otros cuantos cientos de miles, pero ninguno con audímetro) se la lleva el más bajo de los curritos, precisamente el que ha hecho el programa que quería el director. Disculpen... me he ido del tema y he acabado en una reivindicación laboral.
Retomo.

DECÍA que no me creo lo de las audiencias. Lo digo y lo mantengo. Pero voy a arriesgar más. ¿Quién me asegura que las 3.110 familias a través de las cuales se miden las audiencias de este país no están compradas? ¿Quién me jura que son anónimas? En una ocasión, hace aproximadamente nueve o diez años, se dieron a conocer nombres, direcciones y provincias de las casas donde estaban instalados los audímetros.
Ocurrió cuando Luismari kamikaze Anson dirigía el “Abc”. Un domingo, cabreado como estaba con las audiencias, publicó un suplemento con todos los datos y demostró que las familias no eran anónimas. Por aquel entonces, si no recuerdo mal, había 2.800 audímetros en toda España. Si ahora hay 3.110, no hemos avanzado mucho. Anson montó una buena juerga sacando a la luz las identidades de los hogares con el aparatito, y a la empresa que medía las audiencias se le pusieron los pelos como escarpias. Detuvieron las mediciones y aseguraron que renovarían todos los hogares. Pues mire usted, que diría Aznar, tampoco me lo creo. ¿Por qué? Porque no.
Quienes están metidos en tal cotarro saben perfectamente lo que deben decir y cómo lo deben decir, y, sobre todo, conocen mil trucos para que aparezcan reflejados en los registros de audiencias unos cuantos miles más de los reales: “arrastre” de audiencia del programa anterior, bloques publicitarios estratégicamente ubicados, alargar un programa hasta la madrugada para subir la media...
Nos bombardean con porcentajes y nosotros nos quedamos tan anchos. Ejemplo: un culebrón de determinada cadena ha tenido una cuota del 24%; un serial de otra, en distinto horario, un 23,4%. Quien no sepa de qué va esto pensará que ambos han tenido más o menos los mismos espectadores. ¡Ja! El primero tuvo 2.600.000 y el segundo, 399.000. Pero ni siquiera este dato es cierto, porque esas 2.600.000 personas son una extrapolación de un puñadito de gente que tiene audímetro en casa.
Es lamentable, pero está aceptado. Medir las audiencias de forma más seria provocaría más de una angina de pecho. Por supuesto, esto no se le explica a la gente, y si alguien lo ha explicado en un periódico o una revista, da igual. En España se compran (insisto, se compran, no se leen) cien periódicos por cada mil habitantes, y sobre todo para ver cómo ha quedado el Madrid. Sólo absorbemos información a través de la tele, que es, casualmente, la que nos abduce con cifras millonarias de espectadores.
Crean ustedes lo que quieran, pero no les crean a ellos. Utilizan las estadísticas de la misma manera que un borracho usa una farola: más para apoyarse que para iluminarse.

PDT: El papanatas de antes ya ha firmado por la próxima temporada, y yo, sin verle, seguiré engrosando sus estadísticas de audiencia porque voy en el mismo paquete de un necio con audímetro.
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