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OS mítines electorales del candidato Simancas se han convertido en un bizarro ejercicio de la “vieja-guardia” socialista por recuperar la memoria como signo de distinción publicitaria. Hace pocas fechas, era el presidente extremeño (Rodríguez Ibarra) quien recordaba a los madrileños la heroica defensa de Madrid frente a los ataques del ejercito franquista con el estereotipado grito del “no pasaran” que popularizase Dolores Ibarruri (“Pasionaria”) en aquellos dramáticos años de lucha fratricida; ayer era don Alfonso Guerra quien recordaba a los mismos madrileños su proverbial dominio de la cultura histórica para enjaretar a la audiencia la especie no menos estereotipada de que la derecha nunca ha sabido aceptar el veredicto de las urnas; hoy se han roto todas las espitas de la contención y aquellos convictos –pero no confesos—protagonistas de los GAL, los fondos reservados, las fechorías de Interior, etc., etc., (con su “Pte” a la cabeza) intentan desviar la atención de los españoles con el empecinado argumento de que solo se trató de una serie de calumnias mal hilvanadas por la derecha –política, judicial y mediática-- con el fin de desalojarles del poder.
No deja de ser elocuente el hecho de que se haya desatado tan arrebatado “ardor guerrero” precisamente en esta campaña en la que los socialistas quieren dejar constancia indeleble de “pedigree” democrático, solvencia institucional y eficacia gestora, con vistas al objetivo final de derrotar al PP en el las generales del 2004. Sin embargo no parece que se haya acertado con el procedimiento aplicable, sobre todo si se añade a semejante fragor la no menos preocupante trivialidad de permanecer sentado en la tribuna “oficial”, cuando pasa la bandera de EE.UU.; un país con el que –les guste o no a los añorantes de la “guerra fría”-- España mantiene relaciones muy precisas que exceden la puntual discrepancia posible con sus acciones concretas en un momento determinado. Que Felipe González haya insistido en la defensa de semejante vulgaridad, solo se explica desde el delirio con el que trata de instalarse en el planetario de la política exterior para hacer olvidar a los españoles su errática gestión en este campo y cuyos jalones más significativos fueron el referéndum sobre la OTAN, las relaciones con Marruecos o el apoyo a los corrupción en Iberoamérica.
A todo ello habría que añadir la “oportunidad” de aprovechar los desajustes jurídico-policiales apreciados en Coín y Nerja, con la enorme carga emocional despertada por ambos sucesos, nada menos que para proyectar la unificación en una sola fuerza de dos instituciones (Policía Nacional y Guardia Civil) con características y competencias muy sólidamente diferenciadas en el tiempo y en el espacio. Es muy posible que, de cara a la configuración de la seguridad interior en la Unión Europea, sea necesario elaborar un concienzudo proyecto de cohesión con el resto de los Estados miembros; pero desde luego no será una cuestión que pueda desarrollarse con bandazos de estrategia electoral, ni a impulsos de un voluntarismo irresponsable cuando saltan las alarmas sociales de la prensa amarilla. Precisamente por el desajuste advertido en los sucesos de referencia, ¿no deberá replantearse con rigor, pero sin precipitaciones, la fragmentación de los cuerpos y fuerzas de seguridad para ajustar la cooperación de las policías estatales, autonómicas, municipales y sectoriales existentes en Europa con el fin de dar eficacia a la persecución jurídico-policial de la delincuencia “común”?
No estaría de más que el “gabinete estratégico” del señor Zapatero buscase argumentos más sólidos para afrontar el reto de electoral, porque la mayor parte de la población esta un poco harta de que se falsifiquen los referentes históricos, sea para recuperar la memoria de 1936, la de 1982 o la de 1996. O que, para restituir la pureza a las instituciones democráticas arrollada por dos tránsfugas de su propia escudería, se alimente la presunción de culpabilidad solo entre los intereses inmobiliarios de la derecha. O que, para mostrar su proyección solvente en el cuadro de magnitudes económicas, haya que cerrar el micrófono en el recinto donde se anuncia o haya que acudir al transporte gratuito como proyecto argumental del déficit cero en las cuentas públicas.
Porque, por encima de cualquier otra eventualidad en el ejercicio político, el sentido común de los electores puede traducirse en un mas que probable aumento de la abstención; pero también está muy claro que el referente de estas elecciones, a las que solo están avocados los habitantes de la Comunidad de Madrid en gracia a la atípica actuación de la Federación Socialista homónima, no puede convertirse en una fuga hacia delante de todo el aparato orgánico del principal partido de la oposición, considerado con toda justicia como necesaria alternativa de Gobierno.
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