Suscribete al resumen de prensa Recomienda la página a un amigo
Época II - Año XIV
Edición Nº 4130
Vistazoalaprensa.com
Agregar a favoritos
Página de inicio

Imprimir
Diario digital en español: Prensa, confidenciales, artículos recomendados, firmas invitadas y mucho más...
 
 jueves, 24 de abril de 2014 ESPAÑA
Sumario
Cartas al Director
Prensa
Artículos
Firmas invitadas
Contraportada
Encuesta
Foro
Medios
Postales
Libro de visitas
Buscanoticias
Enlázanos
Servicios
Buscador
Tiempo
Loterías
Euroconversor
Once
Callejero
Carreteras
Pags. Blancas
Ocio
Reflexiones
Humor
TV online
Cine
Teatro
Salud
Radio online
Consciencia
Informática
Montañismo
Encuesta
¿Va Rajoy por el buen camino?
 
  No
  No sé
  Haz click para votar
   
  Firmas Invitadas - Edición Nº 105
Semana del 05/03/2004
Tiempo de recuerdo


Ricardo Navas-Ruiz
Q UERRÍA uno escribir palabras de homenaje en este año en que España recuerda el quinto centenario de la muerte de Isabel I, la Católica, ocurrida en Medina del Campo el 26 de noviembre de 1504. Pero, ¿qué se puede escribir, si ya tanto se ha escrito? ¿Qué se puede decir que sea nuevo, si tantos eruditos han recreado ya con admirable esfuerzo no sólo el personaje, sino su época? Porque hay épocas y personajes en la historia, tan plenos, tan dorados, que atraen insistentemente, se extienden más allá de los límites de su cronología, quedan en la memoria, y son objeto de constante atención. Los Reyes Católicos y su tiempo [1474-1516] pertenecen a esta categoría. No se resigna uno, a pesar de todo, quizá precisamente por ello, a dejar huir la ocasión sin una remembranza, sin un testimonio desde la experiencia personal, por muy intranscendente que sea.

A muchos de cierta edad, estoy casi seguro, nos acompaña todavía entre luces y sombras la imagen poderosa de ese reinado desde los viejos días de la escuela, cuando un maestro entre convencido y escéptico nos enseñaba el “Tanto monta”. Son evocaciones fugaces, hechos gloriosos, fanáticos decretos, confundidos entre yugos y flechas con el régimen prevalente en aquel momento. Hoy estas cosas se enseñarán de otro modo, con la objetivad que requieren la historia y la investigación actualizada, como poco a poco las descubrimos después a través de lecturas casuales, entre ellas, la dilatada y colorista narración admirablemente lograda desde un punto de vista literario de William Prescott en su vieja, que no anticuada, Historia del reinado de Fernando e Isabel [1837].

En esta senda de los recuerdos nos asaltan primero la memoria pueblos que eran entonces sólo puntos perdidos en un mapa y hoy son vívidas estampas de unos viajes. En plena llanura castellana, sus casas apiñadas y limpias, ruinosos sus viejos monumentos, surge para el viajero, como en un delicado relato azoriniano, Madrigal de las Altas Torres, la del sonoro nombre que cantaron poetas no lejanos. Desde la carretera asemeja un fantasma de la historia. Se hace difícil pensar que hace quinientos años debió de bullir de vida y de importancia. Lejos, en las estribaciones pirenaicas aragonesas, Sos del Rey Católico guarda aún recuerdos del soberano y una espléndida fortaleza transformada en confortable parador de turismo.

Tras vueltas y revueltas de una boda a escondidas y peleas sucesorias, se destaca después por encima de todos, el que sin duda fue, por la transformación radical que supuso en la configuración del mundo y las ideas, el hecho más transcendental de ese reinado, el Descubrimiento de América. La fantasía infantil nos hizo verlo a través de espléndidas islas tropicales y de indios que cambiaban su oro por abalorios, la legendaria venta de las joyas de la reina y el dinero secreto del rey. Andando el tiempo, ya mayores, no dejó de indignarnos el afán de historiadores no españoles por negar que Colón fuese el descubridor de América o que el Descubrimiento fuese algo más que un pequeño episodio entre otros muchos. Asombra cómo puede el resentimiento nublar el juicio. Sólo la gesta de Colón, quiérase o no admitirlo, aportó transcendencia. El año de 1492 cambió la historia como ningún otro año desde entonces..

Otro hecho hubo, mucho menor en importancia, pero también de largas consecuencias, el que puso fin a la Reconquista y justificó insertar una fruta simbólica entre los castillos, las barras y leones del escudo nacional, la conquista de Granada. El hecho en sí no era sino una guerra como tantas; pero las crónicas y los romances del tiempo la supieron elevar a categoría de gesta donde tanto glorioso caballero de uno y otro bando lució su valor. La imaginación literaria la hizo suya y aún tres siglos después, los románticos, entre ellos José Zorrilla, la recrearon fastuosamente, sin olvidar la visión de los vencidos, el llanto por la pérdida de un paraíso, la Alhambra que nunca más sería ella porque nadie sabría interpretar sus símbolos, su lengua. Los árabes de hoy día sueñan aún con el reino que no pudieron defender.

Por supuesto, están también las sombras que la historiografía partidista quiso justificar largo tiempo como mal necesario para cimentar la unidad y la grandeza de la patria, de la nueva nación que nacía entre las manos de Isabel y Fernando. Sombras fueron la expulsión de los judíos y el establecimiento de la Inquisición. ¿Cómo hubiera sido una España plural y discretamente abierta a la libertad de las ideas? Nadie nos dijo entonces que esos judíos expulsados han mantenido vivo el castellano del siglo XV hasta hoy en día en muchas ciudades del Mediterráneo y aún recitan romances que aprendieron en Toledo, Granada, Córdoba o Sevilla.

En un rincón especial de la memoria guardo un recuerdo para la literatura de ese tiempo. Escritores, géneros, obras, han sido estudiados con gran erudición y sensibilidad por los especialistas. Pero de alguna manera no han sido integrados dentro de un marco totalizador que los justifique y agrupe como un resultado de la dinámica de su tiempo. Los manuales de historia literaria, sobre todo, tienden a situar a unos en la Edad Media, de la que representarían el ocaso, y a otros en los albores del Renacimiento cuyo esplendor anunciarían. Tal división impide ver la relación entre ellos, los lazos que los unen, los propósitos comunes, su significado histórico. Quizá resultase más esclarecedor hablar de la generación literaria de la época de los Reyes Católicos y establecer sus parámetros distintivos, por supuesto con todas la cautelas y limitaciones que hoy exige operar con ese concepto cuando ya ha sido sometido a tantas críticas.

Hay datos que justifican hacerlo. Casi todos los escritores se conocían, si no personalmente, por lecturas. Juan del Encina y Lucas Fernández coincidieron en Salamanca. Fernández debió tratar en la corte portuguesa a Gil Vicente quien confiesa la influencia de aquél en sus obras castellanas. Vicente conocía el “Amadis de Gaula” reescrito por Garci Rodríguez de Montalvo, que utilizó en una comedia. Encina y Fernández rindieron en su teatro un pequeño homenaje a “La Celestina”, presentando brevemente al famoso personaje. Aunque no hay pruebas, no debía resultar tampoco desconocido de todos ellos Diego de San Pedro. Estaba relacionado con la corte de Isabel I, cuyas damas discutían sus obras, sugiriéndole incluso lo que debía escribir. Nebrija editó en su imprenta las obras de Encina.

Por otro lado todos ellos vivieron las mismas experiencias. No cabe duda que conocieron los dos escritos fundacionales del Imperio español, ambos de 1492, la carta de Colón sobre el Descubrimiento que abrió el camino de la conquista de América, y el prólogo de Nebrija a su “Gramática” que señaló la ruta del imperio lingüístico. Todos supieron de la guerra de Granada y las de Italia. Todos lloraron la muerte de don Juan, el heredero, atribuida a sus excesos amorosos. En un plano más transcendental, todos debieron estar muy conscientes del empeño real por la unificación física y religiosa de España con todas las consecuencias que implicó, con todas sus posibilidades de futuro y de creación de un estado de conciencia. Una de esas consecuencias fue la expulsión de los judíos, también en 1492, y con ello la aparición de la primera gran masa de conversos. Suponen, de hecho, algunos que una buena parte de estos escritores eran conversos. Pero es éste un tema que, superadas las pasiones suscitadas por las tesis de Américo Castro en su día, tiene aún que ser tratado no con meras suposiciones, sino con datos objetivos.

Sería absurdo pensar, finalmente, que en ellos no influyera la introducción de la imprenta [1474] que puso en sus manos recursos insospechados para la difusión de sus obras. O que se quedaran al margen del florecimiento cultural que inspiraron la misma corte real, la del heredero don Juan, las de duques y condes, el nuevo v
Opina sobre este artículo Compartir: Menéame Enviar a un amigo
 
Otros artículos del autor:
Edición 543 - Investigación y docencia (Falacias de la Universidad pública española)
Edición 534 - Lenguaje y sexo
Edición 529 - El Instituto Cervantes
Edición 511 - Entre libros
Edición 500 - Problemas del Español
Edición 462 - Academia de la Lengua
Edición 442 - Fiesta Nacional
Edición 406 - Justicia en USA (Cuento kafkiano)
Edición 401 - Adiós a Myriam
Edición 376 - Larra, la fría claridad de la existencia
Edición 367 - Del español y los negocios
Edición 293 - Educación para la ciudadania
Edición 269 - Deconstruyendo España
Edición 205 - La generación del Príncipe
Edición 204 - La generación del Príncipe
Edición 198 - Creación y evolución
Edición 192 - Don Juan Valera
Edición 186 - El agua
Edición 154 - Carta de Dulcinea
Edición 148 - Un cuento de reyes
Edición 147 - Perdedores
Edición 138 - ¿Quiénes somos?
Edición 125 - Nosotros, los de entonces
Edición 120 - Del Amadís al Quijote
Edición 110 - El centenario de Kant
Edición 98 - Un monasterio español en Miami
Edición 95 - Las tres caras de Saddan
Edición 94 - Género y sexo
Edición 90 - Amores reales y divorcios patrios
Edición 84 - El Español
Edición 80 - Cultura popular y filosofía
Edición 77 - El porvenir de España
Edición 72 - Los misterios de Ibarretxe. (Fantasía política)
Edición 69 - Venalidad
Edición 68 - Huellas de Dios
Edición 66 - Euzkadi
Edición 64 - Amina
Edición 58 - La cacería
Edición 56 - Bagdad, ciudad mártir
Edición 55 - Tribunal Penal Internacional
Edición 53 - Democracias
Edición 49 - Escribir es llorar
Edición 47 - Pena de muerte
Edición 44 - Brasil cuarenta años después
Edición 42 - Navidad
Edición 41 - De estatuas, símbolos y otros temas
Edición 39 - Al César
Edición 37 - Emigrantes
Edición 35 - Guerra de civilizaciones
Edición 32 - Santos y santos
Edición 30 - El gigante, al payaso y el enano
Edición 16 - Imágenes de Cuba
Edición 13 - Prensa libre
Edición 11 - Las últimas colonias británicas
Edición 10 - Condicionamiento cultural y desarrollo
Edición 9 - Llorando por Argentina
Edición 8 - Don Antonio Machado y la Sociedad de Naciones
Edición 6 - Terroristas
Edición 5 - LA RAZÓN DE LA SINRAZÓN
Edición 4 - Reflexiones sobre la circunstancia: ¿QUIÉN JUZGARÁ AL JUEZ?
Firmas
_
Abel Abascal
Alberto Acereda
Alfonso Berroya
Alfredo Amestoy
Álvaro Peña
Amilibia
Antonio Castro Villacañas
Antonio Martín Beaumont
Borja Álvarez
Carmen Planchuelo
Enrique de Aguinaga
Ernesto Ladrón de Guevara
Eulogio López
Félix Arbolí
Francisco Daunis
Gabriela Ardiles
Germán Lopezarias
Honorio Feito
Hugo Alberto de Pedro (Buenos Aires)
Ignacio San Miguel
Ismael Medina
Javier del Valle
Javier Neira
Jesús Ansebar
Jesús Pozo
Joan Pla
Joaquín Abad
José A. Baonza
José Luis Navas
José Manuel G. Torga
José Manuel G. Torga
José María Moncasi de Alvear
José Meléndez
Juan Pablo Mañueco
Juan Urrutia
Julen Urrutia
Luis Irazu
Manuel Salvador Morales
María del Mar García Aguiló
Marta Rivera de la Cruz
Matías J. Ros
Miguel Ángel García Brera
Miguel Ángel Loma
Miguel Martínez
Nieves Concostrina
Óscar Molina
Pancho Linde
Pascual de Bustares
Ramón Sánchez
Ricardo Navas-Ruiz
Vasco Lourinho (Portugal)
Víctor Corcoba
Wenceslao Pérez Gómez
Wifredo Espina
Yolanda Cruz
Yolanda Salanova
Zain Deane (Nueva York)
Cartas al Director
 
Google
 
Web vistazoalaprensa.com

Quiénes somos | Contacte con nosotros | Política de privacidad

Optimizado para Internet Explorer 6 con resolución 1024 x 768
Copyleft 2001-2014