JOSÉ, de 30 años, era natural de Madrid. Trabajó como relojero. Luego, abandonó esta profesión, para dedicarse a la de viajante, teniendo, gracias a su trabajo, el porvenir resuelto. Era muy aficionado al tiro olímpico y, como miembro de la Federación Nacional, poseía licencia de armas y un par de ellas: una pistola Star del calibre 9 mm largo y un revólver Llama del 22. Acababa de cumplir el séptimo aniversario de su boda con María Lucía, tres años menor. Vivían en un piso de su propiedad y todo parecía ir bien en el matrimonio. Hacía dos meses que había comprado un buen automóvil, que usaron para trasladarse a Totana (Murcia) con el fin de pasar unos días.
Antes de su boda tuvo un accidente de moto sufriendo heridas considerables en la cabeza. Nadie de los que le conocieron pudo apreciar que sus facultades mentales quedaron mermadas a raíz del accidente. Ni siquiera su mujer, apreció que se comportara de manera extraña.
El matrimonio viajaba con frecuencia. Les encantaba la naturaleza. Decidieron viajar a Totana, en donde residía la familia de María Lucía. Desde Totana se trasladaron un día a Águilas para pasar una horas en la playa, y ya anochecido regresaron. Eran las nueve de la noche del día tres de febrero de 1.971. Las horas de la familia estaban contadas.
Habían quedado para el día siguiente comer en casa de una prima hermana de María Lucía. Antes de llegar, José pasó por una pastelería para comprar unos dulces. Comieron en un ambiente relajado y pasaron la tarde animadamente charlando. A las nueve de la noche, José y María Lucía fueron a acostar a los chicos y luego volvieron a casa de los parientes. A las once de la noche José dijo que iba a ver un momento a sus hijos, pues temía que se hubieran despertado. Pasó algún tiempo y María Lucía empezó a impacientarse pues su marido no volvía de la habitación en donde dormían María José y Oscar. José había ido a la cocina y empezó a escribir unas cartas dirigidas a un amigo, a la tía de su esposa y otra “a quien corresponda”. Al lado de las cartas estaban las libretas con sus diarios personales.
Sobre las cinco de la mañana José empuñó las dos armas, mientras su mujer e hijos dormían. Caía una gran tormenta lo que hizo posible que ningún vecino oyera las detonaciones. Actuó a oscuras, para evitar que se despertara su mujer y los niños. Disparó sobre María Lucía dos veces, una en el pecho, a bocajarro y otra en la nuca, para evitar que se despertara cuando oyera los disparos destinados a sus hijos. Fue a la habitación de los niños, que no llegaron a despertarse. Una bala penetró a María José por la nuca y cruzándole el paladar, salió por la barbilla. A Oscar le dio dos tiros en la cabeza. Sólo faltaba él. Volvió a la habitación en donde yacía muerta su esposa y acostándose junto al cadáver apoyó la pistola sobre su sien derecha y apretó el gatillo.
Las últimas palabras escritas en su diario, antes de comenzar su sangriento ritual fueron:”Ayúdame Dios mío. No me queda otro remedio. Tú sabes que les quiero como no he querido a nadie en el mundo, pero no tengo más remedio que matarlos. Perdóname, Dios mío. Sé que sabrás guiar mi mano”.
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