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OS madrileños acudimos este 26-O a la cita con las urnas, por obra y gracia de una deplorable actuación de los políticos de turno que hubiera hecho las delicias de don Ramón María del Valle Inclán, señero grafómano del esperpento en aquella “Corte de los milagros” (Isabel II), tan distante en el tiempo como cercana en la percepción de sus tejemanejes castizos. Tamayo y Sáenz, Porta y Mamblona, Verdes y Romero de Tejada, Suárez o Balbás: he aquí un retablillo de personajes --por parejas o por “troikas”-- indispensables para alzar el telón de la farsa y comenzar, con permiso del respetable, la representación burlesca desde el foso a la platea y desde el anfiteatro a la andanada.
Las encuestas señalan unas previsiones en las que la peor parte se la lleva la formación socialista, origen del esperpento y causa de la nueva convocatoria. Porque, pese a la rotunda acusación de una trama financiera empresarial para sobornar a los corruptos, trásfugas y traidores Tamayo y Sáenz, el PSOE no ha podido aportar ni la menor prueba de su existencia; pero tampoco el PP ha logrado superar la generalizada suposición de que los intereses inmobiliarios (o de cualquier otro signo) pesan en el ámbito de la toma de decisiones políticas y que los resortes de financiación de los partidos están demasiado impregnados de las viscosas tramas por las que se canalizan influencias, recalificaciones o “mordidas”; de paso que sirven al incremento patrimonial de sus agentes directos, como ha puesto en evidencia la misma declaración publica de los candidatos de la izquierda: nadie podrá reprocharles la adquisición legítima de tales fortunas, siempre y cuando no se diera la coincidencia de su disfrute en el ejercicio político de estos últimos años.
Por otra parte, todo parece indicar que aumentará la abstención, el voto nulo o en blanco; sin embargo, todo se diluye entre promesas a cual más inalcanzable o más oportunista en su proyección. Mal preámbulo para la inmediata convocatoria en Cataluña y mal encuadre para afrontar con solvencia el reto del nacionalismo vasco que, también en estas fechas, se cuantifica en el proyecto Ibarretxe y para el que los partidos de ámbito estatal se encuentran bajo el fuego cruzado de sus descalificaciones. O bajo la indecisión entre legalista y pusilánime de recomponer la firmeza institucional con los paños calientes su desviación por vía jurisdiccional, cuando el asunto está reclamando una contundente respuesta de todos los órganos constitucionales sin excepción, incluida la de las instancias de la Unión Europea.
Sólo así podría recuperarse la confianza de los electores, si lo que importa de verdad es que sea su concurso el que de fortaleza al proyecto común. Y sólo así se podrán afrontar otros retos como los de la proyección internacional que se debate en la Conferencia de Donantes o la que aguarda en la agenda de la futura constitución europea. Quedarse en los rifirrafes electoreros de un calendario tan plural, no permite albergar mucho optimismo sobre la solidez del modelo, por lo que reclamar un esfuerzo de sentido común a los actores del retablo para que modifiquen discursos y comportamientos puede ser, incluso, beneficioso para las formaciones en presencia y para los respectivos protagonistas del retablo.