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L plan de Juan José Ibarretxe es –pese a lo que su mismo autor diga– un proyecto secesionista que busca la independencia de manera indolora pero en el curso de esta generación. Lo ha explicado decenas de veces Jaime Mayor Oreja, que desde la tregua-trampa ha analizado con lucidez la naturaleza íntima del nacionalismo y de sus proyectos. Pero lo ha confirmado sobre todo ETA-Batasuna, porque desde el frío Permach hasta el demasiado conocido Otegi sus portavoces han reconocido que el plan procede de su programa y se debe a la política de la izquierda abertzale –ETA incluida– desde la muerte de Francisco Franco.
Ahora bien, está de moda en cenáculos y tertulias liquidar el plan separatista en pocas frases, pensando que no tiene jurídicamente ningún asidero y razonando que tampoco por vía de hecho una proclamación de este tipo tendría ninguna posibilidad seria. ¿Es realmente así? ¿Cómo casa esta imposibilidad con la tradicional prudencia y acierto del Partido Nacionalista Vasco? ¿Por qué un partido teóricamente moderado y democrático se lanza a una aventura sin salida?
Hay, aunque decirlo sea políticamente incorrecto, tres grupos de razones que explican ampliamente todo el proceso, y que restan verosimilitud a los razonamientos tranquilizadores de quienes piensan y proclaman que no va a pasar nada grave. En primer lugar, no es cierto que haya un nacionalismo vasco moderado o democrático. En segundo lugar, no es cierto que éste –PNV y EA con sus socios de ocasión– haya formulado el plan por sí mismo. Y en tercer lugar, lamentablemente, no es cierto que el plan no pueda triunfar, o que la independencia, disfrazada según convenga, esté fuera de discusión.
Todo el nacionalismo es hoy una piña en torno al plan. Hay matices, hay sutiles sugerencias, pero el plan es un estandarte que ya ha conseguido un objetivo: aglutinar a toda la grey de Sabino Arana en un solo campo político, muy definido y cada vez más firme. Simplemente este logro sirve para justificar el movimiento de Arzallus y de Ibarretxe.
El plan es el plan de ETA, es una vía abierta a la alternativa KAS y por consiguiente a la victoria militar de ETA. Hay caminos diferentes, pero un objetivo común, y esto lógicamente satisface a todos: a unos, por el retorno definitivo a la casa del padre de los hijos pródigos. A otros, por la aceptación general de sus tesis. El terror ha vencido una batalla, y podrá volver a conceder una tregua en función de los intereses de Arzallus.
No se olvide, en fin, que el plan puede triunfar. Sólo el PP se interpone entre el nacionalismo y su meta, porque nadie puede confiar en la solidez del PSOE visto lo visto, y porque no se podrá pedir jamás a los órganos técnicos del Estado (la judicatura, los Cuerpos de Seguridad o las Fuerzas Armadas) que hagan lo que los políticos no deseen hacer. Y es bueno recordarlo siempre.
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