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  Firmas Invitadas - Edición Nº 108
Semana del 26/03/2004
La pasión de Aznar


Nieves Concostrina
N O hagan caso del título. Es sólo por mencionar al gobernante que nos abandona. Como casi todo el mundo por estos lares está volcado en dolerse por la derrota del PP, yo no quiero ser menos, así que diré que lo siento enormemente. Que se me saltaron las lágrimas cuando le vi asomado a la ventana de Génova. Que sentí el mismo abatimiento que embargaba a la derecha. Que Aznar o Rajoy, o los dos, merecerían seguir dirigiendo los designios de este país y que nadie lo va a hacer con tan buen tino como lo harían ellos. Es broma.

Como hoy me ha tocado asistir al visionado de “La Pasión de Cristo”, no he podido evitar acordarme de Aznar y su calvario de las dos últimas semanas. Pobre hombre. ¡Cachis! ¡Qué traidora es la democracia! ¡Cómo es posible que un voto de la derecha valga igual que cualquier otro! Resignación, paciencia y amor al prójimo.

La película de Mel Gibson se estrena el 2 de abril, el mismo día en que, según tengo entendido, Aznar sale con las maletas. Y se me ocurre desde aquí aconsejarle que vaya a verla, acompañado, por supuesto, de Doña Frasquita, que disfrutará incluso más que él. La película, seguro, le tocará el corazón, le sacará todo lo bueno que lleva dentro y le renovará las esperanzas para los próximos ocho años.

A partir de aquí, dejo a Aznar tranquilo con su dolor y me centro en “La Pasión”, que también tiene lo suyo. El cine, como todo en esta vida, es de lo más subjetivo. Lo que a uno le gusta, otro lo aborrece, y lo que a una divierte a otra aburre.
“La Pasión” es sólo una película. A mi entender, con muy buena realización, porque Mel Gibson sabe hacer cine. Juega muy bien con los planos, ha recreado los ambientes excelentemente y los actores están, a mi entender, bien elegidos, aunque yo creo que con Jesucristo se han pasado. La verdad, se sale de guapo. Las intrigantes apariciones del diablo están muy bien traídas y perfectamente elegido su asexuado actor/actriz. El argumento son las archiconocidas últimas horas de vida de Jesús, desde su detención en el Monte de los Olivos hasta su resurrección, delicadamente narrada con sólo dos planos.

Dicho lo cual, viene mi advertencia: a los católicos se les saltarán las lágrimas desde el tercer minuto; al resto se le quitarán las ganas de comer para tres días. Los judíos saldrán con un mosqueo monumental, porque si ya les consideraban los malos de la película antes de que Gibson dirigiera la idem, nos les quiero contar cómo quedan plasmados en el celuloide. No hay por dónde cogerlos. El que sale muy bien parado es Poncio Pilatos. Resulta que era mejor de lo que nos han contado. Los amantes del cine gore saldrán encantados, porque la sangre corre a raudales. Si Jesucristo hubiera sangrado tanto como en la película de Gibson, hubiera entrado en coma irreversible a los diez minutos. Es decir, que no hubiera dado tiempo a crucificarle.

Mel Gibson se ha tomado esta película como una penitencia. Ya conoce todo el mundo a estas alturas que es un ultraconservador católico, y como ultraconservador es consciente de que su profesión de actor, productor y director no cuadra en muchas ocasiones con una doctrina llevada hasta las últimas consecuencias. Cada uno expía sus culpas como puede, y Mel Gibson, con dinero para aburrir, busca su perdón haciendo una película en donde se le ve el plumero hasta límites insospechados. Y muy libre que es, faltaría más.

Lo que no le cuadra a servidora son todos los comentarios de curas, obispos y fieles sobre la absoluta fidelidad a los hechos reales. Entiendo que les ciegue la pasión, pero yo creo que Gibson se ha pasado tres pueblos. Yo tenía oído que a Cristo le clavaron por las muñecas, pero Gibson se ha empeñado en clavarle por las palmas. Borbotones y borbotones de sangre que salpica romanos, judíos, cristianos... De aquí salió pringado hasta el apuntador.

Lo de los idiomas está gracioso. Poncio Pilatos habla con Cristo en latín, pero a su vez Cristo habla en arameo cuando le viene bien. Los judíos hablan en arameo y los soldados romanos responden en latín. Pero ustedes no se preocupen, que hay subtítulos. Los expertos dicen que también aquí se ha colado Gibson, porque el idioma que manejaban los centuriones romanos por aquella época era el griego; el latín sólo quedaba para la elite y los decretos oficiales. A estos expertos de pacotilla se les escapa la proliferación de escuelas de idiomas de la época.

Pero lo que más me molesta es saber que si esta película se ajusta a la verdad católica de Gibson, nos han estado tomando el pelo con las anteriores. Los únicos partidarios de Jesucristo que aparecen en la película son su madre, su hermano Santiago y la que se supone es María Magdalena. Aparecen también dos o tres apóstoles que se escabullen entre la multitud. El resto (y son unos cuantos cientos) es una turba ingente pidiendo la muerte y animando el camino al calvario. Yo tenía entendido que tenía miles de seguidores, pero a Gibson no le debía venir bien incluirlos.

Sea como fuere, el efecto por parte de la película está conseguido. Los 25 millones de dólares invertidos los va a recuperar con creces. Algunos de los casi 2.000 millones de católicos en todo el mundo estarán encantados de sufrir desde el primer minuto. Otros no la soportarán.

“La Pasión” sólo puede verse con ojos espirituales convencidos, porque si no es infumable. Pero, incluso con la mayor de las espiritualidades, llévense un chubasquero, Hay más sangre que en “La Matanza de Texas”, “Viernes 13” y “Sé lo que hicisteis el último verano”. Pero juntas.
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