H
A muerto hace unos días Beryl Pritchard, esposa del escritor Robert Graves. Beryl había nacido en 1915 y falleció en Palma de Mallorca el 26 de octubre de 2003. Fue enterrada junto a su esposo en el cementerio mallorquín de Deià, muy cerca de su casa, bautizada por Graves como ”casa de la lejanía” y conocida popularmente por “Canalluñ” o por “Ca n’Alluny”.En esa casa conocí al gran poeta y en esa casa acompañó Beryl a su marido, dándole cuatro hijos, durante casi medio siglo de felicidad y progreso cultural, hasta su muerte en 1985. La última vez que estuve con ellos, Robert estaba ya muy deteriorado, pero mantenía intactas su ironía y su lucidez.
Seguro que lo primero que le ha dicho Beryl a Robert, al reencontrarse con él, es que todavía no les he devuelto la foto que me prestaron hace ya más de veinte años, una en que sale Robert todo chulo y guapetón, antes de irse al servicio militar, casi adolescente, con sus bellos ojos claros de mirada leal.
Es cierto que no les devolví la foto y es cierto también que esa foto, aparece y desaparece, como el Guadiana, a lo largo de los años y de mis sucesivas mudanzas. Es cierto también que, al celebrarse en 1995 el centenario del nacimiento de Robert Graves, me sumé de corazón a los actos solemnes que se celebraron en Mallorca, con el escrito que transcribo textualmente a continuación:
"Amigo inolvidable:
No eres español, pero cabes muy bien en esta casa de papel y de palabras, que es nuestra Historia de España. Te expresabas en mallorquín, mejor que la mayoría de los mallorquines castellanizados por el imperativo político de algunos gobernantes españoles que, en su afán de conseguir la unidad de España, se olvidaron de lo fundamental de toda unidad, esto es, de la diversidad de elementos que la constituyen.
El 24 de julio de 1995 hubieses cumplido cien años. En esa misma fecha, todos los pueblos razonables, incluido el nuestro, te rendirán homenaje y yo, uno más entre millones y millones de admiradores, podré dedicarte estas líneas que ahora escribo y el dibujo con mis angelotes de cada día, que va directo del corazón al papel. Lo que más me interesa es captar la expresión azul de tu mirada. El resto, es decir, la plata de tu testa y el oro de tus pómulos, tu rural y marinera estampa fue cuestión de pura luz y taquigrafía. De hecho, dibujo tu pelo, suelto y vaporoso, como quien toma un apunte taquigráfico de la antigua usanza. Hay que tener muy presente, si se quiere rememorar tu amistad y tu magisterio artístico, la significación del día 24 de julio, que es el día en que naciste, en 1895. De hecho, para el primer centenario de tu nacimiento, tu familia y la cultura universal habrán dispuesto de grandes motivos para celebrar tu existencia y tus valores. "The Saint John's College Robert Graves Trust" habrá capitaneado los principales actos de la celebración y se dará por supuesto que Mallorca, que ha sido tu única y verdadera patria, durante los últimos cincuenta años de tu vida, también se habrá sumado al gozo de tan solemne efemérides. Tengo el honor de que en estas humildes líneas que ahora escribo, habrá quedado constancia de la admiración y del respeto que siempre te profesé, amén de la confesión pública de los beneficios morales y culturales que me aportaron los encuentros y conversaciones que contigo mantuve, primero en Madrid y, después, en Deià.
La espléndida biografía que escribió sobre tu persona Miranda Seymor, así como los encomiables trabajos de investigación que sobre tu obra se han venido realizando desde tu muerte hasta nuestros días, habrán dado a tu nombre el lugar exacto de honor que se merece en la Historia.
TU INSULARIDAD ANGLOMALLORQINA:
Por otra parte, el esforzado entusiasmo de tu hijo Guillem, que ahora escribe sus "memorias de juventud" en las que no sólo describe tu paternidad y tu presencia, sino la íntima historia de las gentes de Deià, habrán puesto de manifiesto la importancia de Mallorca en el contexto real de tu vida. Tu hijo, como casi toda tu familia, practica una mallorquinidad de pura cepa, en la que confluyen, como en ti, todo el estímulo vital del hierro del monte Teix y todo el impulso de universalidad que confiere el mar a los que, por naturaleza, hemos nacido aislados.
Cabe esperar que, en algún rincón de sus memorias o, si quieres, en alguna página o párrafo de los eruditos que en Oxford y en Londres habrán cantado oficialmente las glorias de tu centenario, aparezca la referencia de quienes, en realidad, hemos construido tu grandeza y tu predicamento. Me refiero a los periodistas mallorquines que, durante medio siglo, desde que llegaste a la isla hasta tus últimas galletas de Inca con aceite y sal, han sido - hemos sido – portavoces de la primicia, de la noticia y de la noción de tus venturosos hallazgos poéticos y de tu filantropía intachable.
Cabe esperar también que en la presente ocasión el duende de la imprenta no nos gasté la broma de poner "insolidaridad" donde escribimos "insularidad" , como aquella primera vez en que yo intentaba describir la insularidad de tu talento a través de tus detalles humanos, absolutamente arraigados en los modos y en los términos de la tierra mallorquina, y se publicó que tus trabajos en el huerto de tu casa, tus manos de poeta en el azadón o en el remo, tu piel cuarteada por el sol y por la escarcha del monte, tus zapatos llenos de barro mallorquín sobre la moqueta solemne del Hotel madrileño en que Pedro Serra te condecoraba, antes que nadie, con el "sol de oro" y, sobre todo, tus jergas memorables con la gente de Deià, etcétera, constituían la esencia de la "insolidaridad mallorquina" en que vivías.
Ahora y siempre, como entonces, lo que más me impresiona de tu vida y de tu obra es la insularidad natural de tu talento poético. Inglés de Wimbledon y futbolista formidable que se dejó los dientes en la bota de un contrario o mallorquín de Deià y campesino impertérrito que se encorvó sobre la tierra que baja al mar entre olivos milenarios, has sido durante noventa años la insularidad perfecta.
Además, de tu verso nacieron - mil veces lo he dicho ya - mis angelotes de cada día. Fue el día en que nos dijiste aquello de que "en la punta de un alfiler caben millones de ángeles". Fue el día en que nos explicabas, al fotógrafo Leo, aquel gordo memorable del diario "Pueblo" que retrataba al Rey en sus primeros veranos de Marivent, y a mí, que el hierro de la montaña magnetizaba tus neuronas y te producía millones de almas en la mente, al tiempo que contemplabas el fulgor de la piel de un gusano en el puñado de tierra que acababas de coger.
Todos los clásicos griegos y latinos habitaban en tu noble cabeza de escritor. Tu obra tenía ya resonancia internacional y los principales medios audiovisuales empezaban a llover divisas sobre tus arcas privadas con algunas de tus obras más conocidas: "Yo, Claudio", "Lawrence...", "La diosa blanca", etc.
LA SOMBRA DE UN ERROR:
Un sordo e indirecto conflicto se interpone, desde hace diez años, entre tu familia y yo. Por contra y afortunadamente, un clamoroso y directo sentimiento de amistad se mantiene constante e imperturbable entre tú y yo, desde hace más de veinte años. Conviene sentar esta premisa, para entender la escueta verdad de los hechos.
Entre las cien mil cartas que has escrito a lo largo de tus últimos sesenta años de lucidez y magisterio, que son cien mil documentos manuscritos de tu auténtica personalidad solidaria, no ha de haber, estoy seguro, ni una sola palabra en la que se fomente la insidia o la discordia hacia los que, con mayor o menor acierto, hemos tratado tu caso en nuestros ensayos críticos, reportajes y entrevistas.
Han ocurrido dos cosas desagradables y de muy sencilla explicación, aunque comprendo que mi silencio, igual que el silencio de tus familiares, han creado una atmósfera de rara animadversión en torno a nuestra relación de amistad. Estos son los hechos co