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S curioso que no recuerdo especialmente a mi madre el Día de Difuntos. Es más, creo que no he vuelto por el cementerio de Almería desde que dejamos allí un mes de noviembre su cuerpo con el que dos días antes había yo bailado “El canto a Murcia” en una matanza familiar. Pocos meses después de su desaparición le dediqué una exposición de fotografías que ella me animó a realizar. Luego se la dediqué a su espíritu: “A esa sombrica en la que ya nunca más podré descansar”, le recité en una cartulina.
Cuando se la entregué a mi padre como regalo por cómo había cuidado de ella durante tantos años dejó escapar una lágrima, la primera lágrima que he visto nunca salir del lagrimal paterno. Recuerdo que estábamos frente al mar. Atardecía. Pero todavía quedaba un resquicio de sol para iluminar aquella agüilla brillante y concentrada que deslizaba todo el recuerdo de mi madre sobre su piel morena y curtida.
Esa tarde dejé de preocuparme por mi madre y recogí su herencia en el abrazo largo y emocionado que Pepe Pozo me dedicó en su nombre y en el de María cuando me dejó prendida aquella lágrima en mis labios. Ahora la tengo siempre conmigo.