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  Firmas Invitadas - Edición Nº 24
Semana del 23/08/2002
Vengo a devolver mi nombre


Enrique de Aguinaga
E N algún instante, cada vez más próximo, tendré que cumplir este trámite. No me pregunten como me lo imagino. Si yo fuera un “literato/ta” podría intentar este ejercicio de palabras, como aquel muchacho, con más ilusiones que letras, que de mayor quería ser “literato/ta”, porque así, al pie de la letra, lo había leído en el diccionario.
Ahora no se trata de hacer literatura ni tampoco de hacer precisión. Se trata de una iluminación. A su luz, verdaderamente, percibo que, como una obligación, como una cuenta pendiente, sin saber el cómo, el dónde, ni el cuándo, alguna vez, definitivamente, tendré que empezar diciendo que vengo a devolver mi nombre.
Por simple inercia, llegaré (siempre estamos llegando) y lo diré rutinariamente, con latiguillo, como una cantinela más: “Vengo a pedir el bautismo”, “Vengo a que me dé usted una taza de aceite para mi madre” , “Vengo a matricularme en segundo de Derecho”, “Vengo a pedir la mano de su hija”, “Vengo a reservar dos billetes para Málaga”, “Vengo a formalizar el contrato del gas”, “Vengo a tomar posesión de mi cargo”, “Vengo a pagar la contribución”, “Vengo a devolver estos zapatos, que me están pequeños”, “Vengo -Miguel- cansado de tanto bregar”
Siempre estamos llegando. Los gallegos así describen la normalidad: “Imos indo”, vamos yendo. Los gallegos tienen el alma peregrina. Ellos tienen el Santiago de todos, donde aprendí a llorar de gozo, a llorar sobre una ciudad y sobre mi vida misma, empapado de lluvia, como una hierba más del camino, como barro de aquella “corredoira” en la que estoy pensando.
La vida, en la que vamos yendo, se entiende, más fácilmente al final, como peregrinación, como larga marcha. A la vez que en el verso, en las jóvenes marchas de campamento aprendimos que se hace camino al andar y que la vida es rumbo. Después, acabas enterándote de que vas rumbo a la libertad, que es el morir, con ese morir de los ríos que van inexorablemente al inmenso misterio del mar.
No ver el mar como agua, sino como misterio. Esa es la asignatura clave de la contemplación del mar, que está ahí esperando incansablemente, que está ahí esperándome, misteriosamente. Medio en broma, medio en serio, en los corros del verano, suelo decir que bañarse en las playas es cosa del siglo XIX, que las grandes culturas no lo hicieron, que el mar está para otras cosas. Sobre todo para ser contemplado.
Frente al mar, en la lenta contemplación del mar, estoy dispuesto a devolver mi nombre, que recibí de segunda mano. Tenemos nombres usados por otros a los que nos une un hilo invisible. Algunas veces digo, jugando, “No hay Enrique malo”. Y vaya si los hay, al menos, según los códigos; al menos, si admitimos, aunque sea provisionalmente, que no todos somos buenos, porque no hay igualdad de oportunidades.
No estuve, claro está, cuando mi nombre fue de primera mano. Que algún momento fue el primer momento de los nombres. ”Y Yahavé formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves de cielo y los llevó ante el hombre para ver como los llamaba y para que cada ser viviente tuviera el nombre que el hombre le diera. El hombre puso nombre a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo, mas para el hombre no encontró una ayuda adecuada” (Gen, 2.19-20)

EN la calle de Isabel la Católica, según se baja, a la derecha, hay una tienda de cerámica talaverana. En su fachada han embutido un mosaico de azulejos dedicado a San Enrique (973-1024), que las leyes iconográficas representan con una catedral en la palma de la mano (la catedral de Bamberg, que él fundó y en la que está enterrado). Así se ve, en el mosaico, a este esposo de Santa Cunegunda, con la que vivió como si fuesen hermanos, según se dice, aunque los historiadores más escrupulosos lo ponen en duda.
Aquel Enrique, sucesor de Oton III, por sobrenombre, el Santo o el Cojo, es uno de los cinco Enriques que se santifican, entre los siglos XI y XV, y el segundo de los seis reinantes entre los siglos X y XII, como reyes o emperadores de Alemania, con motes como el Pajarero, el Negro, el Joven o el Severo, todos ellos, etimológicamente (Hein y Rich), “poderosos en su patria”.
A San Enrique, emperador, que tanto guerreó, se le atribuye como ideal de toda su vida, nada menos, que la paz universal. Quizá por esto y por todo lo demás, intenté comprar, para mi adorno, el mosaico cerámico de la calle de Isabel la Católica. Porfié con el dueño; pero el dueño no lo vendía. Si lo hubiera comprado, ahora, de algún modo, tendría que devolverlo.
Tengo que devolver todo; pues todo lo he recibido gratuitamente, en depósito. No tengo derecho a nada. A veces, mientras afronto el mar, se me van los pensamientos y trato de imaginarme nuestro mundo si, por magia repentina, desapareciese todo papel o quedara sin efecto todo derecho. Realmente, inimaginable. Sin embargo, no me cuesta aceptar la hipótesis de que yo no tenga derecho a nada.
Hay un tiempo en que no nos damos cuenta, creemos que tenemos derecho a todo, queremos tenerlo todo, y, en vista de que nuestros deseos siempre resultan insatisfechos, nos conformamos con tener muchos objetos, cuantos más, mejor. Luego, empiezan a sobrarnos los objetos, que ocupan indebidamente, ocultando los libros, los estantes de la biblioteca.
Bien, aquí estoy. Y, en esta especie de sueño, en esa oficina de devoluciones, me interrumpe una voz, como si me corrigiese: “Pero ¿usted quién es?’. (¿Ha dicho “usted, quién es”? o ¿ha dicho “tú, quién eres”?. ¿Ha dicho “quién eres”? o ¿ha dicho “qué eres”?. ¿La voz viene de fuera? o ¿es mi propia voz?) Entonces, casi molesto, replico: “Es que no entienden nada: repito que vengo a devolver mi nombre; que vengo al principio; que vengo, para que se enteren, al no ser, según unos, o, según otros, al trascender”.
Vuelve la voz y ahora ya no puedo descifrarla Es un susurro que me envuelve; pero que no entiendo. La voz me atrae, quiero entenderla, pero sigue y sigue, misteriosa a mi alrededor, en todo mi alrededor. ¿Será esta la voz del mar, que no se entiende desde fuera, que, desde fuera, sólo se conjetura, que sólo se entiende si con ella te confundes?
Tengo una desolación tranquila. Hago un esfuerzo de recuperación. Enfrente tengo el mar. Lo estoy viendo. Es el agua enorme y familiar de todos los veranos, ya en despedida. Es el horizonte que cruza mi ventana. Lo contemplo otra vez, acodado sobre mi mesa de tareas. He puesto una música de fondo: “La infancia de Cristo”, de Berlioz.
Con la mirada perdida en el mar, frente a los cambiantes colores del ocaso, en esos minutos de eternidad que van de la luz del día a la suave tiniebla, me abandono a mí mismo, a la deriva. De repente, una voz casera dice con sonsonete “La luna en el mar riela...” y lo rompe todo. Esto se acaba, el otoño de Madrid espera, hay que ir preparando el equipaje.
En fin, que aquí estoy y que vengo a devolver mi nombre.
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