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N alguna ocasión oí que la menstruación es un castigo divino. Me parto. Por supuesto, ni presté atención a quién lo decía ni me preocupó lo más mínimo comprobar tamaña estupidez, sobre todo porque no me interesa echarle la culpa de mis periódicas cuestiones biológicas a quien no me han presentado.
Lo siento por el PP, pero como ahora sí sé quién se ha negado a que nos bajen los impuestos de tampones y compresas, y encima ellos no son divinos, se van a enterar.
Y se van a enterar sobre todo las señoras dirigentes, la mayoría de las cuales tiene suficientes ingresos como para que les toque un pie pagar por una caja de 32 Tampax de punta redondeada cinco euros y pico. Aunque sólo sea por esto, haré toda la campaña que pueda contra Esperanza Aguirre cuando la presenten a alcaldesa de Madrid.
Tampoco vayamos a pensar que a las mujeres nos hubiera embargado la alegría por pagar 80 céntimos menos por cada caja, pero, la verdad, hubiera sido un detalle. Leo, además, que las mujeres españoles (en edad fértil, que queda fino) nos gastamos en cuestiones menstruales 42 millones de euros al año. Ya está bien. Ustedes perdonen, pero, como se suele decir, encima de puta, la cama.
En muchas ocasiones me he planteado el cambio de sexo, pero siempre he acabado de desechar la idea porque soy consciente de que es más difícil poner que quitar. Esta semana me ha venido tal idea con más ganas, sobre todo cuando se empeñan en recordarte lo caro que cuesta ser mujer. Y no sólo por el precio de tampones y compresas, sino por otras cuestiones infinitamente más graves, costosas e irremediables. No huyan, no les voy a dar una arenga feminista. Quien no tenga claro a estas alturas de curso que, en general, llevamos las de perder, no merece mayores argumentaciones.
Decía que, ya que el PP no me baja al 4% el impuesto de los Tampax, al menos me sufrague en la Seguridad Social el cambio de sexo. Total, con lo que recaudan gravándolos con el 16% ya se podían estirar un poco. Ítem más: teniendo en cuenta que en este país la población femenina supera a la masculina, no se iba a notar mucho. El único que notaría algo extraño sería mi pareja, pero seguro que lo entendería en cuanto le dijera que con el ahorro de Tampax más rápido amortizaríamos la hipoteca.
A las mujeres hace muchos siglos que nos tienen fritas con la menstruación. Todavía hoy aguantamos que nos digan bobadas como que las plantas no hay que tocarlas porque se marchitan; o encontrarnos con algún idiota que, cuando te nota de mala leche, te pregunta si tienes la regla; o escuchar a otro imbécil de la misma familia que el anterior esgrimir el término menopáusica como un insulto; o, como en el caso que nos ocupa, soportar al PP que mire hacia otro lado mientras canturrea: “¡Aaaaaaaah! Se sienteeeee, haber elegido ser hombre”.
EN el año 60 antes de Cristo, el famoso historiador romano Plinio (no sé si el Joven o el Viejo, pero como eran familia da igual) dijo, y se quedó tan ancho, que la sola presencia de una mujer menstruando provocaba que el vino nuevo se volviera rancio, que las semillas se esterilizaran, que la fruta cayera de las ramas de los árboles y las plantas de los jardines se marchitaran. Además, el mismo autor opinaba que el flujo menstrual destruía el filo del acero, era capaz de matar un enjambre de abejas, oxidaba el hierro y el latón (provocando un olor nauseabundo) y era capaz de provocar la rabia de los perros.
Tampoco se pierdan ustedes “La Biblia” (Lev. XV, 19-32), donde también nos ponen finas. La impureza en el pueblo de Moisés se mantenía durante los días de duración del flujo menstrual, más siete días tras el cese de la hemorragia, debiendo llevar el octavo día dos tórtolas o pichones al sacerdote (o sea, como el impuesto de ahora): uno para ofrecer en holocausto a Yavé y otro como sacrificio expiatorio por la impureza de su flujo. En la India oriental también tenían lo suyo: los ritos védicos de purificación de la menstruante eran muy precisos y establecían que la mujer debía frotarse los dientes, gargarizar doce veces y lavarse manos y pies, posteriormente zambullirse doce veces en el río y tras salir de él frotarse con lodo que llevara estiércol fresco, volver a zambullirse en el agua treinta y cuatro veces y repetir las friegas de lodo, repetir la inmersión veinticuatro veces, friccionarse el cuerpo con azafrán y, para terminar, otros veinticuatro chapuzones más... Absolutamente estresante.
Mi solidaridad para aquellas mujeres, pero ninguna de las anteriores cosas me ofenden, en parte por la distancia temporal que me separa de ellas y en parte porque me traen al pairo. Es más, cuando alguna cuestión similar me ha tocado de cerca, me la he saltado a la torera.
Me ocurrió en Indonesia, durante una visita turística organizada a uno de sus miles de templos. El guía, en un pésimo español, nos advirtió a las mujeres del grupo: “Por favor, señoras, si alguna de ustedes está menstruando, absténgase de entrar”. Me dieron ganas de saltar a su cuello, chuparle un ojo y ver si se le marchitaba y se le caía porque yo estaba con la regla. Me mordí la lengua y, por supuesto, entré. Hasta ahora no he tenido noticia de cataclismo alguno por tal atrevimiento.
En resumidas cuentas, preferiría que el PP me permitiera llamarme Manolo, dejar de usar Tampax y tener pelo en el pecho, pero me temo que no me va a quedar más remedio que esperar a que se me pase el cabreo.
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