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PARA un Ferrari” es el enunciado de un cartel que hoy, viernes, un hombre blanco muy rubio y descalzado de un par de botas de montaña tenía sobre sus rodillas en la Gran Vía madrileña. Al lado, había un reluciente platillo con varias monedas de 50 céntimos y de 1 euro. Por el pelo, las cejas y el color de ojos, podría ser europeo del norte.
Debe tener carnet de identidad, más o menos, del mismo lugar en el que nació el habitual inquilino de esa zona de acera. Este otro es moreno, más grueso y mucho más descuidado que el del Ferrari. Es conocido en el barrio por sus diarias borracheras de litronas y sus evacuaciones mientras duerme la siesta del carnero. El otro día, un par de mujeres se indignaron porque se le había roto el pantalón y enseñaba toda su pobreza posterior. Por cierto, la nalga estaba más limpia y de una carne bastante más sonrosada que el resto de la que enseña al público diariamente.
Frente al del Ferrari, unas cuantas mujeres y sus guardas jurados particulares se siguen buscando la vida y los guantazos, también habituales, en la calle Montera. Están preocupadas estas mujeres (meretrices según se empeña últimamente en denominarlas “El País”) porque el Ayuntamiento en un arranque de imaginación ha decidido conceder más licencias de terrazas de verano para esa calle. Suponen los ideólogos de la lucha contra la prostitución que si hay más terrazas, habrá más negocio para los bares y si esto es así, serán los propietarios de esos bares los que lucharán contra las mujeres y sus guardas jurados. Por cierto, hay que reconocer que las mujeres están cumpliendo con una fidelidad absoluta su promesa de ejercer la prostitución con pantalones.
Los de los bares de Montera deben estar ahora mismo en un sin vivir. Por un lado estarán haciendo cuentas y entrevistas para contratar ayudantes de cocina y/o cameros/as con vista a la limpieza que han previsto en la calle. Por otro, si escuchan al alcalde, Álvarez del Manzano, no deben estar muy preocupados. Manzano ha sido harto elocuente al explicar que se está limpiando la Casa de Campo de estas mujeres con cortes de tráfico en el recinto. Dice el primer responsable de esta ciudad que “vi que se apoderaban (se refiere a las prostitutas) de la calle, que estaban ya en el Parque del Oeste. Posiblemente se apoderarán de los altos de Extremadura y puede que vuelvan a los altos de Castellana”. Si sacáramos de contexto esta frase, bien podría adjudicarse a un técnico municipal de Lleida en su lucha contra las cucarachas voladoras que estos días tiene en guardia a miles de vecinos.
PERO volvamos con el del Ferrari, que, entre euro y euro, alucina sin drogas con el espectáculo que una anciana, censada en la boca del Metro, brinda gratuitamente de vez en cuando. Tiene una potencia de voz esta mujer que ya la quisiera para sí alguno de los guardaespaldas de los ejecutivos de las grandes empresas de la zona. Sobre todo, cuando los fornidos profesionales de la seguridad discuten con los transportistas que no saben qué hacer con las furgonetas y los camiones en calles como Valverde, Montera o Fuencarral.
Pues esta mujer, que suele dormir más cerca de Montera que de Fuencarral, delante de un lujoso escaparate, y que por el acento de sus sonoras e incomprensibles voces puede ser de origen caribeño, mira de reojo al del Ferrari y se le nota en la cara que no entiende nada. Esa manzana de la Gran Vía no es un buen lugar para comprarse un coche deportivo, debe pensar mientras aparca su patrimonio ambulante en el hueco que le han dejado hoy los repartidores de las hojas publicitarias.
Ninguno de estos vecinos de la Gran Vía madrileña es conscientes de que el 7 de junio próximo, viernes, volverán a nacer, porque los asesinos que querían matarlos con una bomba en la puerta de Telefónica están detenidos.