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E recibido por correo normal un sobre tamaño folio con un relato sobrecogedor.
No revelaré los apellidos de la persona que me lo envía. Bastará con dar su nombre. Dice así:
“A las pocas horas de nuestro encuentro casual en un hotel de Playa Majórica, procedí cautelosamente, antes de proponerle que se acostase conmigo.
Todo había sido obvio y elemental, demasiado tópico, en nuestro primer contacto cibernético en el Foro de Vistazo a la Prensa. También había sido bastante pobre nuestro primer contacto físico, mientras bailábamos el merengue dominicano sobre aquel tablado mugriento de la playa. Volé a la República Dominicana, cuando supe que él pasaría unos días en la playa de Bávaro, invitado por su paisano de Felanitx, durante quince días en uno de sus mejores hoteles. También conocía yo a los empresarios baleares de aquel emporio turístico en la playa de Bávaro. Ya que él no había querido acudir a mis tres citas del verano pasado, en Ibiza, en Mallorca y en Madrid, me decidí yo a cruzar los mares en busca de su formidable amor.
Él era hermoso, ágil como una brisa de verano, con una piel dorada y nórdica, rubio, casi pelirrojo, igual que la mayoría de los beréberes del Atlas. Tenía la mirada distraída, del color de la miel o de las eras al atardecer y el sexo atento, puntual y generoso en cada uno de sus movimientos. Era ya sesentón, como yo, pero su vitalidad y su potencia eran un prodigio.
- ¿A qué has venido? - le pregunté con una simpleza que ahora, al recordarlo, me avergüenza.
- A olvidar penas - me contestó en voz baja, besándome el sudor del cuello, y preguntó -: ¿A qué has venido tú ?
- Por lo mismo, exactamente por lo mismo. Ya sé que estás casado y que quieres con toda tu alma a tu mujer, pero…
- Sí, por supuesto. También tú estás casada, ¿verdad?
- Se me nota, claro, ¿En qué me lo has notado ?
Ya lo he dicho: nuestro primer diálogo, apartados ya del tumultuoso tablado en el que nuestros guías habían organizado el baile, fue de lo más vulgar. Frases manidas, tópicos indeseables, una verdadera antología de lo prosaico. Yo, que me tenía por intelectual y progresista, republicana e hipocrática, diciéndole majaderías como las que le dije: " ¡Hijo mío, estás como un tren y, encima, hasta puede que seas millonario! ". "Eres cojonudo, chico. ¡ Así se hace: con sesenta y tantos tacos y de ligue por el Caribe!". Nos dividieron en siete grupos y nos llevaron por mar a visitar los manglares. Al adentrarnos en aquel bosque de frondosa y abigarrada vegetación acuática, vimos morir en la copa de un árbol a la pájara tijereta colgada de un sedal con un anzuelo clavado en mitad del cuello. Al salir de aquellos remansos, volvimos a tomar velocidad y el estrépito de la embarcación nos obligaba a hablar a gritos. Nos abrazábamos alborozados cada vez que la ola nos pasaba por encima y nos dejaba empapados. Parecíamos una pareja más, absolutamente convencional, en aquellas decurias de turistas fondones. Habíamos bebido mucho ron. Íbamos en siete lanchas de motor fuera borda, diez personas en cada embarcación.
"Diez en cada canoa", nos había indicado en tres idiomas Nelson Urrutia, el guía dominicano. Por cierto, cuando zanjé mis relaciones íntimas con uno de aquellos dominicanos, fue en el momento en que me dijo su nombre de pila. Me había recogido en el aeropuerto de Santo Domingo y me había llevado a mi sola en uno de los coches particulares del dueño del hotel en que me había de hospedar. Fueron dos horas largas de trayecto, desde la capital hasta la provincia de la Altagracia, allá por la punta oriental de la isla, a unos doscientos kilómetros de asfalto inseguro y decadente. Durante el trayecto, el mulato casi no hablaba. Yo le preguntaba acerca de su país y él me respondía con monosílabos. Cuando le pregunté directamente si le gustaría hacer el amor con una señora española, se limitó a decir "sí", escuetamente. Sólo sonreía, cuando se cruzaba con otros coches desvencijados y saludaba a sus colegas y paisanos. El director del "Majórica Palace", por encargo especial del amo del tinglado, me recibió amablemente y me dio la mejor habitación en el mejor de los cinco grandes hoteles que componen el complejo. Me entregó una cartulina con la que podría comer y beber lo que quisiera y cuando quisiera en cualquiera de los bares, salas de fiesta, restaurantes y chiringuitos de playa que había en el fabuloso complejo turístico del "Bávaro Beach Resort" y añadió que tenía órdenes de su patrón, para que uno de sus coches estuviese en todo momento a mi disposición, igual que el chofer que me había acompañado. Después de cenar, la primera noche, el muchacho me llevó a ver un espectáculo de cabaret tropical y también al casino, donde gané unos dólares. Una lluvia leve y efímera refrescó la medianoche. Me devolvió al hotel y, al preguntarme que a qué hora quería que me despertasen, le sugerí que subiese conmigo a la habitación. Estaba muy cansada del viaje y de los años que no pasan en vano, pero el hombre supo, mejor que nadie hasta esa fecha, resucitar mis energías.
Era inagotable aquel amante silencioso. No decía ni media palabra. No gemía, ni jadeaba. Me miraba fijamente y sonreía al eyacular, sin cerrar los ojos. A los tres días y después de muchas cópulas trepidantes, me tenía harta de silencio, aunque he de confesar que, al principio, era el silencio su principal novedad y su mejor atractivo. Hasta entonces, sólo había conocido el estrépito y las interjecciones tópicas del coito vulgar. Yo misma, siempre fui muy ruidosa en el amor y mis alaridos nocturnos indujeron a la práctica del placer solitario, sobre todo en verano y con las ventanas abiertas, a los más ilustres onanistas de la Banca, de la Política y de la Cultura, en el barrio residencial de La Moraleja, en Madrid, donde viví los primeros años de mi desdichado matrimonio. Tres días después de llegar a Playa Majórica, como iba diciendo, me cansé de aquel moreno formidable y, de pronto, al salir de la ducha, le pregunté:
- ¿Cómo te llamas ?
Y él contestó:
- Olivo, señora. Me llamo Olivo.
Fue suficiente. Lo mandé a hacer puñetas y me lancé a la caza de mi grande y verdadero amor. Con tres días y tres noches de Olivo ya estaba otra vez en forma, como en mis grandes fechas de juventud.
Ese mismo día me reencontré con él, después de tantos años de ensueños y figuraciones, pero, antes de pedirle que se acostase conmigo, a las pocas horas de conocerle, fui muy cautelosa, esto es, medí mis palabras y afiné mis tácticas.
Habíamos ido a la isla Saona, donde estuvimos bailando merengue en una pista de tablas grasientas sobre las blancas arenas inmaculadas, bajo los cocoteros mecidos por la brisa.
Él iba solo. Yo, también.
- Creo que nos hemos visto antes. ¿En Valencia, quizá, o en Madrid ? Su cara me suena mucho. Perdone, me llamo Joan, soy mallorquín, pero he tenido negocios en Madrid, durante muchos años. ¿No nos hemos visto antes ?
- No recuerdo - dije yo, esforzándome por disimular la irritación que me producía la mentira que estábamos fraguando entre los dos, tan lejos de casa, entre tantos turistas italianos, canadienses, chilenos, japoneses -, pero es posible. Yo soy gallega, sí, pero vivo en Madrid desde que era muy niña... Además, apenas tengo relación con el mundo de los negocios.
- La verdad es que he dicho que tuve negocios en Madrid - trató de enmendar su táctica inicial -, pero lo mío, en realidad, es el arte.
Me ayudó a subir a la lancha, anticipando sus manos a las del joven Nelson Urrutia. Percibí su caricia y su deseo y, al sentarme a su lado, le rocé el hombro desnudo con el pecho. Me tuteó: " Agárrate bien, que esto vuela ", gritó a mi oído, cuando la canoa salió disparada.
Eufórica y segura, dije: " Este viaje me ha devuelto mi verdadera identidad y creo que a ti, cariño, te está pasando lo mismo..." Su contestación fue afirmativa. Me pasó suavemente el dedo por el la