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  Firmas Invitadas - Edición Nº 89
Semana del 14/11/2003
Relatos policiales. XIV,- La parricida de Lorca


Matías J. Ros
M UCHAS tragedias no surgen en un solo día. Son consecuencia de multitud de tensiones acumuladas. Llega un momento en que las tensiones alcanzan un clímax y se produce el estallido final, inevitablemente sangriento y dramático.
Esta historia tuvo lugar en Lorca (Murcia) en la madrugada del 5 de agosto de 1.985. El suceso no tuvo la repercusión habitual en estos casos por tratarse de un día festivo de verano. El único periódico regional que se editaba en aquella época en Murcia dio la noticia de manera sucinta y como pasando de largo.
Se inició la tragedia en el año 1.979 cuando Carmelo y Juana contrajeron matrimonio, fruto del cual tuvieron dos hijas, de cuatro y cinco años en el momento en que sucedieron los hechos. No transcurrió mucho tiempo, tras la boda, para que las discusiones entre Carmelo y Juana empezaran, convirtiéndose en algo habitual. Con el paso del tiempo, estas disputas subieron de tono y violencia, llevando la peor suerte Juana, pues en varias ocasiones fue objeto de malos tratos de palabra y obra por parte de su marido. Ahora se llama “violencia de género”.
Llevaban viviendo en el barrio unos tres años. Juana casi no hablaba con nadie del vecindario. Por todos eran conocidas las peleas de este matrimonio y muchos pensaban que tarde o temprano sucedería una tragedia. Se veía venir, como suele decirse en estos casos. Carmelo tenía un carácter agresivo y violento y Juana, por miedo a su marido y a sus once hermanos, nunca hizo nada por poner fin de una manera civilizada a esta situación. Pero cuando lo hizo fue con todas sus consecuencias y por las bravas.
Carmelo trabajaba de pintor decorador. Era muy conocido en Lorca por su carácter agresivo, como lo eran también sus hermanos, por lo que se temió, tras la tragedia, una represalia por parte de los familiares de la víctima, que finalmente no se produjo.
En la jornada de autos, Carmelo aprovechó la festividad del día para salir con los amigos y tomar unas copas, como era en él habitual. Como siempre, Juana quedó en casa al cuidado de las dos niñas. Eran las cuatro de la madrugada cuando Carmelo regresó con síntomas de haber bebido algo de más. Se dirigió a la alcoba matrimonial encontrando a Juana acostada y empezó a increparla violentamente, requiriéndola para que le preparara la cena, a pesar de lo avanzado de la hora.
Juana sumisa y resignada, se dirigió a la cocina y empezó a prepararle algo de comer, seguida de Carmelo que se sentó en la mesa. Estando los dos en la cocina, volvieron a increparse mutuamente, entablándose una fuerte discusión entre ambos. Carmelo estaba de espaldas a su mujer, que no podía aguantar más, presa de una terrible excitación. Juana decidió poner fin a aquel infierno de sufrimientos. Como una posesa, cogió un cuchillo de cocina de grandes proporciones, y lo clavó tres veces en la espalda de Carmelo, que cayó fulminado al suelo. Ya en el suelo, volvió a clavarle el cuchillo dos veces más en el pecho.
Al darse cuenta de que estaba muerto, intentó envolver el cadáver en una colcha, pero le resultó imposible a causa de la rigidez del cuerpo. Optó por coger otros dos cuchillos de la cocina e intentó descuartizar el cadáver, pero tan sólo pudo realizar algunos cortes en las piernas y en los hombros. Desistió rápidamente de continuar con aquella atrocidad.
Sacando fuerzas de flaqueza, logró, por fin, envolver el cadáver de su marido en la colcha, pero como manaba abundante sangre, lo enfundó en una gran bolsa de plástico. Luego, empezó a limpiar la sangre de la cocina y de los cuchillos. Cuando terminó la faena el remordimiento pudo más que Juana y pensó en llamar a su padre para contarle lo sucedido. Lo hizo. Al poco llegó, quedando el hombre horrorizado por lo que estaba viendo. Logró sobreponerse y aconsejó a su hija poner los hechos en conocimiento de la policía.
A las ocho de la mañana compareció en la entonces denominada Inspección de Guardia (hoy llamada Oficina de Denuncias) de la comisaría lorquina y explicó a los la tragedia. Tras avisar al Juzgado de Instrucción de Guardia, los policías se personaron en el domicilio de la calle Juan de Toledo número 5, procediendo a la detención de Juana.
Al poco, llegaron el médico forense y el juez que ordenó el levantamiento del cadáver para la práctica de la autopsia que determinó que la causa de la muerte habían sido las heridas incisas producidas en la espalda y en el pecho de Carmelo. Una de las cuchilladas le había atravesado el corazón, siendo esta herida mortal de necesidad.
Juana, describió lo sucedido en presencia de su letrado y posteriormente lo corroboró en la reconstrucción de los hechos celebrada en el domicilio conyugal. Por orden del juez ingresó en prisión, quedando las niñas, víctimas inocentes de este matrimonio desgraciado, bajo la custodia de unos familiares.
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