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  Firmas Invitadas - Edición Nº 114
Semana del 07/05/2004
Las cosas de comer
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Óscar Molina
F RANCISCO DE GOYA retrataba a dos paisanos arreglando diferencias garrote en mano, media España atizando a la otra, helando el corazón del españolito de Machado, quien más de un siglo después, acertó a ver cómo a veces somos incapaces de transitar el camino a la luz de una antorcha, y preferimos hacerlo persiguiendo a una sombra: la de Caín que, según palabras del genial poeta, camina errante por estos pagos.

La historia de España es esencialmente apasionada, y la frecuentan innumerables hombres y nombres que sólo fueron capaces de escribirla desde el exceso, la exaltación, el enardecimiento y la furia incontenible. Sin estos ingredientes no habría habido un Pizarro, ni un Cortés, ni los Tercios Españoles se hubieran enseñoreado de los campos de batalla europeos. Seguramente no hubiéramos tenido a Servet o a Juan Ramón Jiménez, ni hubiéramos gozado de las geniales polémicas de Góngora y Quevedo. Es posible que a nadie se le hubiese ocurrido escribir “El Quijote”, y hasta puede que el Mundo se hubiese quedado sin admirar el maravilloso histrionismo de Dalí. Pero elaborar con menos especias el guiso de nuestro devenir, y no cultivar una rara fascinación por quienes atizaban interesadamente la lumbre, nos habría ahorrado seguramente el tragárnoslo tantas veces chamuscado. Más pizcas de San Juan de la Cruz, Cisneros, Jovellanos, Ortega, Baroja o Unamuno habrían puesto en la mesa un plato tan sabroso como el que degustamos, pero más equilibrado y menos causante de úlceras sangrantes y digestiones imposibles. Porque en España demasiadas veces se ha pretendido vencer en la tertulia de la sobremesa por la vía de envenenar la comida del de enfrente, o arrojándole a la cabeza la cazuela con el estofado hirviente que habíamos de comer todos.

Afortunadamente no nos faltan momentos de extraordinaria lucidez colectiva que quedan para la Historia (y no sólo para la nuestra) en los que como una vieja familia mal avenida decidimos sentarnos a comer conscientes de la unidad de nuestros intereses, y de nuestra condición de hermanos. De vez en cuando, aparece un impulso de responsabilidad, y nuestro genio se emplea a fondo para resaltar lo mucho que nos une. En esos episodios, hasta las famosas cabezas que a ambos lados existen con vocación de embestida se ponen a pensar, y acceden a renuncias sin contrapartida que hacen posible la convivencia y el progreso.

La última vez que eso ocurrió, nos dimos un texto constitucional; el consenso o acuerdo en lo fundamental de la Transición culminó en 1978 con un marco vital, en el que nadie quedaba ni excluido ni deslegitimado para formular exigencias que no traspasaran los amplísimos límites de lo acordado. Se derrochó generosidad, se tiraron a la basura revanchismos. Se abrazó sin complejos la causa de España, su armonía, su convivencia y el protagonismo de un pueblo que emprendía un camino nuevo gracias a que unos descontaban discutibles deudas, otros aparcaban dudosos e indemostrados agravios, y los demás transigían con la caída de principios sin sentido ni tiempo, antaño considerados inamovibles. Una España para la Esperanza, con mayúscula.

Ha pasado más de un cuarto de siglo y aunque el balance es netamente positivo, parece que nuestro viejo conocido Caín empieza a pasear de nuevo. Otra vez hemos tenido que contemplar cómo desde la irresponsabilidad se vuelven a invocar fantasmas que empuñan quijadas para herir de muerte al hermano. Hemos asistido asombrados a la triste resurrección de quien creíamos haber enterrado bajo toneladas de mármol de compromiso político. Y nos hemos levantado con un cansancio viejo, el de quien despierta y comprende que el sueño dura lo que duermes y la pesadilla está esperándote a los pies de la cama, atenta a que abras los ojos y te des cuenta de que los sueños, sueños son.

Hemos asistido estupefactos a cómo algunos que estaban llamados a ser guardianes de lo que nos aglutina, chapotean en el agua para servirse de su demostrada e insuperable capacidad de pescar en río revuelto, a un patético juego en el que se arrojaban cosas de comer al rostro del de enfrente. Cosas de comer que abrasaban porque los maestros del fuego se habían encargado previamente de hacerlas hervir. Hemos visto agitar hasta la nausea espantajos de división, equiparar los tiempos actuales con los de la muerte de hermanos a manos de hermanos, reabrir heridas que algunos se empeñan en transmitir de generación en generación, elevando sus falsos mitos a la sagrada categoría de Historia con el único fin de servirse de ella y convertirla en mecanismo justificador de sus desmanes. Desmanes como las afirmaciones de que con su triunfo vuelve la Democracia; desmanes como el de violentar con descaro la jornada de reflexión de unas elecciones generales.


Sin rodeos. La izquierda española, política y social, no ha tenido empacho en abrir la puerta de la calle para acudir masivamente al acorralamiento del otro. Se ha servido políticamente y sin pudor de desgracias, ya sean barcos que se hunden o aviones que se estrellan; ha encontrado su mejor forma de expresión del desacuerdo mediante el grito de “asesinos”; y ha llegado al asalto físico y al lanzamiento de piedras durante manifestaciones en las que quien sujetaba la pancarta ha declarado, eso sí, tener un “infinito anhelo de Paz”. El mismo que dijo eso en su discurso de investidura, no ha pronunciado una palabra contra los actos de vandalismo, agresiones y exabruptos que protagonizaban muchos de los que iban sólo algunas filas más atrás que él. El mismo que se ha aprovechado de la sorprendente coincidencia e interesada militancia de autoproclamados intelectuales, cuyas creaciones el mercado se empeña mayormente en rechazar. Virtuosos del gastado malabar que de forma recurrente narra lo malvada que fue media España en el 36, y expertos en el tirabuzón de los tópicos rancios, ejecutados en un trapecio al que no tienen arrestos para subirse sin la red de la subvención. Una red que se les debe por una extraña gracia del Dios a cuyos creyentes insultan sin descanso, y que parecen reclamar como justa contrapartida del Mundo para con ellos, por el simple hecho de haberlos visto nacer.

Me refiero al mismo que se atreve a hablar de “segunda Transición” y camina de la mano de aquéllos que pretenden deshacer precisamente todo lo que se consiguió en la primera. Dígalo sin complejos Sr. Zapatero, dígalo: “ruptura”. La ruptura. Exactamente lo mismo a lo que la izquierda renunció para hacer posible el entendimiento. La misma quiebra que se produjo en la jornada de reflexión sobre las leyes y el respeto constitucional a los mecanismos democráticos que nos dimos, se desentierra como sistema ahora, al abrazar a quienes la llevan en el programa electoral, a cambio de su apoyo político y parlamentario. Los enemigos de España, para gobernar España. “Todo es bueno para el convento”, decía un fraile; y llevaba una puta al hombro. Y todo es bueno, cualquiera es bueno, si les sirve para cuadrar una aritmética que muestre la soledad impuesta de la otra España, aunque represente a casi diez millones de personas; incluso a pesar de que pretender aislar a tantos españoles equivalga a querer callarlos, a procurar apartarlos. Se les silencia en el Parlamento escenificando con cartas marcadas su encastillamiento, o se les apabulla en la calle con insultos. Tanto da, el caso es que no se repita el accidente de la otra España, la que no son los míos, a cargo de un Gobierno para el que carece de legitimación democrática por estigma insuperable, por genética sin solución.

Mientras, sigan ustedes. anestesiando a la ciudadanía. Perseveren en la inexplicable carrera de vender la sonrisa, el diálogo y la complacencia como antídoto contra el asesino fanático o el que ha hecho del incumplimiento de la Ley vigente su fin político. No paren hasta que todos nos creamos que para la defensa de nuestros intereses personales, colectivos, internos o exteriores, bastan abrazos, aquiescencias
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