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  Firmas Invitadas - Edición Nº 91
Semana del 28/11/2003
El velatorio
Germán Lopezarias
N O podía imaginarme que un velatorio fuera así. Tan denso y tan “light”. Tan de andar por casa, tan de trapillo o tan automatizado, tan de internet. La gente se muere a trancas y barrancas y sobre todo con gran pesar del finado. Si además supiera el difunto que por las nuevas modas le van a tener en la nevera aunque sea en pleno invierno, la muerte seria aun mas penosa, que ya es decir. Porque morirse es una cosa que se debiera de prohibir por decreto, aunque bien mirado si entrase en vigor una legislación con el prohibido morirse de articulo primero, los gobiernos al cabo de unos años no sabrían que hacer con tanto vivo. Como con los emigrantes.
Al principio de mi vida cuando era niño fui a varios velatorios por imposición familiar. Que si un día la abuela. Que si otro el hermano de mi madre, o sea mi tío, pero aun así recuerdo que fui a pocos, porque en seguida me daba agobio el ambiente de mercadillo que se enseñoreaba de la situación. No olvidaré sin embargo el de mi abuela, -por cierto el primer cadáver que vi -, porque fue algo deprimente y un tanto demencial. Mi abuela murió con noventa y cinco años. Y las amigas de mi abuela, que, como se puede imaginar, podían contarse con los dedos de una mano, llegaban trémulas y se abrazaban a mí como si yo fuese una farola, para, llorando a lágrima viva, contarme lo buena que había sido en vida mi pobre abuela y lo mucho que me quería y lo que ella y yo la íbamos a echar de menos. Yo no lloraba porque aún no tenía muy claro lo que era morirse y a la mínima oportunidad me salía del cuadro para irme a jugar a las canicas con otros niños que habían llevado también al velatorio no sé para que, aunque imagino que seria para agarrarse a ellos y evitar caídas durante el trayecto. Los otros niños que recién llegados ya estaban hartos de tanta letanía, tanto “ora pro nobis”, y tanto suspiro, aceptaban enseguida la invitación y nos salíamos al jardín donde olía menos a muerto y podía respirarse a pleno pulmón.
Siendo ya mayor asistí a unos cuantos velatorios más, pero viéndolos con gafas diferentes. Incluso me metía en conversaciones sin sustancia. En uno de ellos, tuve que escuchar como la gente hablaba de sus cosas más frívolas sin el menor recato. Un amigo íntimo de mi tío -el finado- aprovechando el velatorio compró en muy buen precio el Cadillac azul de los tiempos de Manolete que precisamente mi tío había intentado comprar sin éxito dos meses antes de fallecer. A mi tío le dijo el amigo que no lo tenía en venta pero que si alguna vez le daba por venderlo el seria el primero. Y en vista de que murió sin avisar se lo vendió al segundo.
La verdad es que yo por los velatorios he pasado siempre como un ave zancuda. Después de expresar mi condolencia, en cuanto podía me escapaba, me iba a tomar un carajillo, un whisky, o lo que pillase al bar más próximo. La cuestión era salir cuanto antes de ese ambiente mitad litúrgico-mitad juego floral, con aire de entreacto de estreno en el que unos y otros aprovechaban la ocasión para criticar lo mal trajeado que iba fulano o como estaba de arrugada la que en otros tiempos fue guapa oficial y tras la que habían corrido como perros en celo los maridos -ya finados también- de la corte celestial de llorosas enlutadas que rodeaba el féretro.

Claro que no todos los velatorios son iguales. Aunque mi paso por ellos haya sido fugaz se me viene a la memoria uno en el que estuve casi media hora. Se había muerto un amigo de mi padre, cosechero de buen nombre y mejor vino y se abrieron los salones de su casa para recibir a los asistentes. Este hecho ya de por sí era todo un acontecimiento, porque la tal casa fue siempre una especie de templo sagrado a la que no tuvo acceso nadie jamás, como si el propietario tuviese miedo a que los visitantes se llevaran los ceniceros. Sólo los colonos traspasaban el umbral pero sin pasar del recibidor. Llegaban, pagaban su renta, lloriqueaban un poco por la mala cosecha y para ver de paso si les reducían la renta y se marchaban, escalera abajo, calándose otra vez la boina que se habían quitado en señal de respeto al amo. Pues bien ese día, como digo, se abrieron las puertas de los salones, que por cierto no eran para tanto ni había ceniceros que llevarse posiblemente en evitación de malas tentaciones. Y nada más llegar, unas empingorotadas doncellitas con cofia ofrecían a los doloridos asistentes un vaso del mejor vino de la casa, cumpliendo probablemente, muy a pesar de la viuda, la última voluntad del refinado finado. Y estuve casi media hora tras haberme condolido con la desconsolada, por las tres copitas que me sirvió una pizpireta doncella que reparó en mí con acogedora insistencia.
Reconozco que la vida social tiene estos trances por los que inevitablemente hay que pasar y que siempre he tenido mucha suerte, o mucha cara, para zafarme de ellos. Cada uno hace de su capa un sayo y compone su vida como le apetece y no como le imponen las normas. Por lo menos es mi idea y la que he mantenido a lo largo de mi existencia, aun a costa de haber pasado por zulú entre aquellos que entienden la vida como un camino trazado del que no hay que salirse ni para hacer pis, cumpliendo los reglamentos a rajatabla.
La verdad es que esto de hoy no lo aguanto y sin embargo tengo que aguantarlo. No puedo soportar ese morreo absurdo del que llega al que recibe y del que recibe al que llega muy de acuerdo con las más elementales reglas sociales, pero muy en desacuerdo con mi especial criterio de macho ibérico, al que no puede agradarle ni por cortesía que el cerdo del vecino de enfrente, que por confesión propia se que siempre desnuda con la mirada a todas las mujeres que le presentan, estruje a la mía y la estampe dos sonoros besos en la mejilla. Como no puedo aguantar que el inútil del piso de arriba con sus cien kilos de peso y sus ochenta años de inactividad laboral permanente, se deje caer y se apoltrone en mi butacón preferido. O que el marido de Carmela zarandee a mi hijo mayor efusivamente a cincuenta centímetros del jarrón de Sevres que compré a un anticuario de París que me presentó su mujer cuando nos pilló por sorpresa, en pleno festejo, acostados en su propio dormitorio. No me quedó más remedio que comprarle el jarrón al precio que quiso, que por cierto fue mucho, y que quiera Dios que no se lo cargue con su efusión el marido de Carmela.
Es muy triste lo que me esta pasando y ni siquiera puedo llorar o fumarme un cigarrillo porque estaría mal visto. Qué le voy a hacer. Las cosas son así. Aprendí de pequeño que los objetos mas pesados que el aire caen a tierra por la acción de la gravedad y que si no existiese la gravedad caerían por su propio peso. Pues eso, hay que tirar para adelante y en la guerra como en la guerra. Que más quisiera yo en este momento que irme de copas con
una buena señora, o acosar sexualmente por fin a ese bombón de secretaria que tengo y que siempre he respetado por el qué dirán, en lugar de estar como un pasmado en este velatorio. Paradojas del destino que por lo menos me confirman lo acertado de esa idea fija que ha predominado siempre en mí: la de no aguantar los velatorios.
En este momento me reafirmo en la idea más que nunca. No lo soporto. Me molesta sobremanera este cortejo histriónico que ha cambiado el Chanel y el Varón Dandy por la naftalina. Ahora comprendo por que los he evitado siempre. Hieren mis sentimientos. Me abruman. Me aturden. Y eso que no podía imaginarme que un velatorio fuese así aunque lo sospechase. Seguido paso a paso es algo insufrible. Pero lo que son las cosas, éste no lo he podido eludir por mi compromiso con el finado y aquí llevo veintidós horas. En la vida habría aguantado tanto tiempo en un velatorio. Un récord ciertamente. Un récord que he batido sin poderlo evitar. Más que un récord una faena.
Soy el muerto.
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