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  Firmas Invitadas - Edición Nº 93
Semana del 12/12/2003
Los crímenes de Jarabo


Matías J. Ros
C ONMOVIERON a la opinión pública. En su momento, tuvieron más repercusión que crimen de Cuenca o el del Expreso de Andalucía. El asesino, con una sangre fría extraordinaria, tras matar a cuatro personas, continuó con su vida disipada y perdularia. Como si aquí no hubiera pasado nada. Hasta que la policía resolvió el caso -en una de las investigaciones más brillantes y rápidas de su historia- España se mantuvo en vilo. Influyó en ello la cobertura que le dieron los periódicos y las emisoras de radio.
El 21 de julio de 1958, apareció el primero de los cadáveres, el de Félix López Robledo, de cuarenta y dos años. El cuerpo de la víctima presentaba indicios de lucha y un orificio de bala en la nuca. Yacía en el suelo de su establecimiento de compraventa y préstamos (más bien usurarios) de la calle Alcalde Sainz de Baranda, número 19, de Madrid.
Luego fueron descubiertos, en su domicilio del 57 de la calle Lope de Rueda, los cadáveres de Emilio Fernández Díez, socio de Félix López Robledo, su esposa María de los Desamparados Alonso Bravo, de treinta años y embarazada, y la doméstica de la pareja, Paulina Ramos Serrano, de veintiséis. A excepción de ésta, que fue asesinada de una puñalada en el pecho, los otros dos cadáveres presentaban orificios de bala (en la nuca) similares al de Félix López Robledo.
Los crímenes estaban relacionados. Las primeras pistas resultaron ser falsas pero la policía actuó gran eficacia y profesionalidad. En el transcurso de las investigaciones, se recibió información de una tintorería en donde Jarabo llevó a limpiar un traje manchado de sangre. Era la misma prenda que vestía cuando cometió los crímenes.
No tardó la policía en identificar al autor de las muertes, que fue detenido estando bajo los efectos del alcohol y la morfina que consumía habitualmente. Se trataba de José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris, de treinta y ocho años.
En las dependencias policiales de la Dirección General de Seguridad, sitas entonces en el viejo caserón de la Puerta del Sol, confesó haber sido el autor material de los crímenes. Manifestó asimismo que se vio obligado a cometerlos para salvar el buen nombre de una mujer de la que estaba enamorado. Debía desempeñar una joya pues ésta se la había reclamado. No tenía dinero para rescatarla.
José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris llevaba una vida disipada y dispendiosa, gastando dinero compulsivamente. Lo recibía de Puerto Rico, en donde residía su madre y algunos familiares. Llegó a deber una fuerte suma a Fernández Díaz y no pudo satisfacer las cuotas estipuladas para devolverlo. El prestamista exigió el pago de la deuda, y Jarabo, a carecer de dinero, decidió matarle, así como a su esposa y a su socio. La doméstica se sumó a la masacre, pues era un testigo incómodo.
En el juicio, celebrado en medio de una expectación extraordinaria, intervinieron cinco magistrados (se pedía pena de muerte), el fiscal, siete letrados (defensores y acusaciones particulares) y más de cien testigos. Su actitud despectiva y su desdén por los demás, lograron que nadie pronunciara una palabra de compasión hacia el asesino. No demostró el más mínimo arrepentimiento.
La sentencia se dictó sin contemplaciones y Jarabo fue condenado a cuatro penas de muerte (una por casa asesinato), dos de las cuales fueron por asesinato con alevosía (las dos mujeres) y las otras dos, por robo con homicidio (por la muerte de los varones).
El reo pasó su última noche fumando y tomando café. Cuando contempló el garrote vil, se tambaleó. Hubieron de sostenerle. El verdugo cubrió su cabeza con un paño negro.
Era la madrugada del 4 de julio de 1959 cuando el “ejecutor de sentencias”, vulgo verdugo, giró la manivela. Por tres veces tuvo que repetir la faena. Estaba algo desentrenado, amén de bebido. La ejecución se hizo interminable, sobre todo para el ajusticiado, que debió sufrir espantosamente.
Al día siguiente los periódicos publicaron una escueta nota que rezaba:
“En las primeras horas de la mañana de ayer, en el patio principal de la Prisión Provincial de Madrid, ha sido ejecutada con las formalidades exigidas por la Ley en estos casos, la sentencia de pena de muerte dictada contra José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris”.
Se hizo realidad una frase pronunciada durante el juicio por uno de los abogados de la acusación particular: “El mejor tratamiento para un psicópata desalmado es el cadalso”.
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