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RES largos años habían transcurrido desde que se conocieron. La distancia y el tiempo, más la indiferencia de él, hicieron mella en el ánimo de María. Supo desde el momento de la despedida que era para siempre. Sin embargo, algo más que el empeño en negar la pérdida del amor de él, una especie de rebeldía le impedía reconocer lo que la evidencia le estaba diciendo a gritos desde su interior.
Siguió esperando, pensando y recordando hasta el más mínimo detalle del hombre que había descubierto su alma, los valores que ella apenas se atrevía a reconocer como propios. Tal vez por eso le dolía hasta los huesos la negada pérdida de su afecto.
Tres años de desesperanza que se sucedieron como un impasse en su vida, negando el paso del tiempo.
—El tiempo no existe —solía decir.
Pero el tiempo acabó por convencerla de que todo había cambiado y ella debía mirar hacia otros horizontes si quería vencer la profunda melancolía que tenía secuestrada su natural alegría, que nunca, hasta el último desengaño, había perdido del todo.
La depresión se apoderó de ella, profundizando su estado melancólico. Sólo podía escuchar música junto al pequeño perro, que invariablemente se colocaba a su lado, despierta o dormida, como si supiera que la tristeza también la acompañaba de forma insistente.
Fue su compañero silencioso y comprensivo. Así lo entendió ella, y hablaba al noble pequeño como si se tratase de un bebé y un amigo a la vez.
Dejó que ocupara un lugar en el lecho. Su cálida espalda, adosada a la suya, le hacía sentir calor más que humano, incondicional; y el silencio, la paciencia y la mirada parecían decirle que no esperaba nada; sólo que dejara que le hiciera compañía.
María retrocedió hasta el recuerdo de Duque, el pequeño perro negro y brillante que adoptó a espaldas de su abuela. También fue, como Perico, el asno manso gris, su compañero en las noches de miedo y zozobra.
El transcurso del tiempo y la estancia en la clínica donde pasó semanas de angustia y tentaciones de desertar, fue dando fruto. Sentía que allá donde palpara el sufrimiento, el suyo podía quedar en un plano inferior, siempre le había sucedido. No podía permitir cebarse en el propio sintiendo que el ajeno apenas era atendido, ni siquiera entendido.
Y un día, altibajos aparte, se percató de que se estaba serenando. Ya no le dolían los recuerdos, no sentía dolor en su corazón, que llegó a manifestarse físicamente. Era entonces cuando todo se le hacía insoportable. Y ocurrió el milagro. Recobró paulatinamente las ganas de vivir, empezó a sonreír con naturalidad y a compartir más horas con los suyos. Su perro parecía darse cuenta de su cambio, caracoleaba de nuevo a su alrededor.
—Ya no me duele tanto, —le decía. Y él parecía entenderla.
Algo hizo que terminara su angustia. Había descubierto lo válida que puede ser la amistad sincera. Más duradera que la pasión, el enamoramiento, incluso el amor. Y ella siempre había creído en la amistad entre hombre y mujer. Es más, sus mejores amigos, habían sido, eran hombres. Las mujeres, en su mayoría, la habían defraudado, posiblemente la carga genética ancestral de la competencia por el hombre, fuera la causa.
La envidia o los celos superaban casi siempre a la admiración o a la mera aceptación. Únicamente Begoña permanecía fiel a su amistad. Begoña la había amado. Como ahora la amaba Rosa. Y ella no podía corresponder a un amor lleno de admiración, de entrega espiritual. Tenía que huir de sus afectos porque sabía que no podría amarlas. No quiso nunca ser cruel y negarles una mano, un abrazo, ni retiró la mirada de las suyas, miradas que delataban un inmenso amor que ella no podía corresponder más que con amistad.
Por eso se alejó de ambas antes de que pudieran ilusionarse con la posibilidad de ser correspondidas. Le constaba que no esperaban nada físico. Y las admiraba profundamente por ello. Eran mujeres puras de cuerpo y pensamiento, amaban el alma de María, su falta de preguntas y prejuicios. En realidad, se sabían aceptadas, aunque no amadas. También la discreción que suponía “no percatarse” del afecto que tanto Begoña como Rosa tendrían que ocultar de por vida.
—Las mujeres sensibles y desdichadas me aman. Los hombres que pude amar, han muerto. Y él... está demasiado lejos. Lejos para siempre, desde el momento en que lo miré a los ojos, al despedirme.
Así fue discurriendo un día, y otro... semanas, meses que formaron años que ni siquiera fueron contados. Siguió su correspondencia con él, que se fue distanciando, volviéndose tranquila, anecdótica y a veces hasta fría.
Aquel día, al recibir una carta distinta a la de los pasados años, reparó en la diferencia del tono: no había condescendencia, no era una carta formalista. Era la evidencia de que él, al cabo del tiempo, tras experiencias, placeres que se extinguieron, llamas que fueron volviéndose mortecinas, emociones y desengaños ante sus expectativas, la recordaba. Echaba de menos a María, la amiga fiel que siempre estuvo ahí, para cuando fuera preciso.
Contestó a sus cartas. Volvió a ser su confidente... Sólo que encontró en sí misma la sensación idéntica que le producía el amor de Rosa y Begoña. La constatación de que no podía volver a ser como fue o pudo ser, ni entonces, en el otoño fértil de flores tardías...
Él jamás lo supo. No volvieron a verse, aunque María siempre bromeó con la siguiente reencarnación, la promesa eterna de volver a encontrarse a tiempo.
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