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ACE diez semanas relaté aquí mismo cuál era la situación de nuestra agricultura y sus relaciones con la norteafricana. Vine a decir, más o menos, que tradicionalmente los empresarios españoles han perdido oportunidades de oro para controlar la producción y la comercialización de los productos que nos hace la competencia, unas veces leal y otras deslealmente. También quise decir, entre líneas, que la llegada masiva de inmigrantes para malvivir en España se podía haber evitado si los españoles hubiéramos tenido, en su momento, la suficiente sensibilidad para invertir en aquellos países que ahora nos envían a sus ciudadanos pobres (es de suponer que hay ricos y clases medias que se quedan) y ayudar a su desarrollo. Ahora creo que es tarde para todos.
La primavera viene caliente y con color de fruta y hortaliza. Aquellos polvos nos traen estos lodos periódicamente, sobre todo cuando hay que vender lo que la tierra produce con la ayuda de las nuevas tecnologías agrícolas. Pues, resulta, que Aznar va a tener otro gran quebradero de cabeza la semana del 20-J.
La Unión Europea negocia el martes, día 18, en Rabat, el acuerdo con Marruecos sobre los cupos de exportación del tomate. Los marroquíes quieren vender más en Europa y Europa también quiere vender más a los africanos del norte.
La producción de tomate marroquí compite sobre todo con la de Canarias, Murcia y Almería, aunque tampoco es desdeñable el acoso que sufre la producción extremeña. En la revisión agrícola del Acuerdo de Asociación con Marruecos, la UE pretende lograr mejores condiciones para exportar al mercado marroquí cereales, leche, carne y oleaginosas, lo que inquieta a los productores comunitarios de hortalizas, quienes temen que a cambio Marruecos pueda exportar un mayor cupo de tomates, sin arancel.
Los agricultores, que ya han anunciado movilizaciones si la negociación no les satisface, advierten que los marroquíes pretenden también mayores concesiones en pepinos, berenjenas, calabacines, fresas y naranjas. O sea, si esto es verdad, también pretenden comer terreno al resto de la producción agraria andaluza y tocará algo a la Comunidad Valenciana. Es más, los agricultores aseguran que los mercados comunitarios están saturados y que la bajísima rentabilidad de las campañas no permite aumentar los contingentes de acceso. También dicen que la judía y el tomate marroquíes están desplazando a las producciones españolas paulatinamente de los mercados español y francés. Sólo en Almería, dicen, supondría la progresiva desaparición de las producciones de las que dependen 200.000 personas en la provincia.
Desvariando un poco y exagerando, como buen andaluz que soy, se me ocurre que a lo mejor Marruecos necesitará mano de obra en un futuro próximo para sus barcos de pesca y sus explotaciones agrarias. Así, canarios, almerienses, murcianos y extremeños podrán trabajar en los invernaderos de Tánger, Fez, Casablanca, Rabat y el valle del Rif.
Analizando esta situación, tampoco entiendo por qué, si la agricultura marroquí es tan pujante que cada tres meses acojona a los agricultores españoles, siguen llegando pateras para trabajar en los invernaderos españoles y no lo hacen en los invernaderos marroquíes. Sobre todo cuando la nacionalidad que más se está regularizando como trabajadores en España es, precisamente, la marroquí. También puedo desvariar algo más y pienso por qué los ahora llamados subsaharianos no se quedan a trabajar en esas explotaciones agrícolas que nos hacen tanta competencia.
SIGO con mis desvaríos. Puedo entender que no sea verdad la competencia de Marruecos y que, entonces, los empresarios, productores y agricultores españoles nos están engañando. Esto querría decir que la agricultura mediterránea española está vendiendo en Europa más de lo que dicen. Quizá esto sea verdad y por eso los agricultores franceses han amenazado otra vez con boicotear y destrozar la fruta española que por estas fechas empieza a llegar a los mercados franceses.
Esa fruta es, principalmente, melocotón y nectarina, y se calcula una producción de un millón de toneladas de las que 300.000 se exportan fuera de España. De esas, un 28% se vende en Francia, fundamentalmente en los meses de mayo y junio. Las mismas que los franceses van a intentar que no se vendan en las grandes superficies. Hay que recordar que en los años ochenta y principios de los noventa, las protestas de los agricultores franceses contra los productos españoles se basaban en acciones violentas en las carreteras. En los últimos años, la estrategia ha cambiado y se ha sustituido la quema de camiones por las amenazas a la gran distribución.
Mientras tanto, la fresa ahora la recogen ciudadanos de países que luchan por incorporarse a la Unión Europea (Rumanía, Polonia, etc). Los propios empresarios andaluces han desvelado que ha sido el Gobierno español el que ha insistido en contratar a estos trabajadores y no a los africanos, que eran los que antes doblaban el espinazo en Huelva. Y creo recordar también que ciudadanos de los países que optan a entrar en la Unión Europea son los que desplazan a los españoles que antes iban a vendimiar a Francia.
Esto es, ni más ni menos, la Europa que termina de presidir en Sevilla José María Aznar. Y la que será con el presidente que le toque después. Un mercado. Un simple mercado en el que se intercambia mano de obra por productos y en la que cada vez nos hacen menos falta los de fuera.
Por esto, no sería extraño que en Sevilla haya tomatina, porque ahora el valor que manda es el del mercado. Y antes de la solidaridad está la rentabilidad. Por esto no alcanzo a entender cómo nadie invita a Marruecos a integrarse en la Unión Europea. Seguro que entonces el mercado solucionaría muchos problemas.
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