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E gustaría conocer todos los nombres y apellidos de los 8.000 borreguitos que estas Navidades se han tirado como posesos a comprar el libro que la periodista le regaló a (como dice Jesús Pozo) el Príncipe Letiz.
Ahora resulta que la única novela que escribió Larra es un éxito de ventas, pese a que quienes entienden han alertado de que es una pésima obra del periodista, mal escrita y peor llevada. Las tiendas que más venden lo han plantado en la entrada para hacer picar al que buscaba cualquier libro que regalar. El Corte Inglés ha vendido una buena parte y La Casa del Libro otro tanto, que ya tiene mérito con lo antipáticos que son sus dependientes.
Los empleados uniformados de verde de La Casa del Libro parece que se han tragado un palo. Creen que son mejores dependientes que los de la zapatería de al lado, porque ellos venden cultura y los de la zapatería sólo miran pies. El día que se me acerque alguno con una sonrisa para ver si me puede ayudar en algo, me tomo una copa para celebrarlo. Piensan, además, que los compradores son imbéciles. Hoy mismo he ido a por un libro, no precisamente bueno (aunque cuesta 14 euros pese a lo mal editado que está), pero necesario para completar una documentación. Cuando por fin me lo han dado, la dependienta me ha dicho:
–Tenga. Es el único que queda.
–Oiga, está roto -he dicho tímidamente.
–Ya, pero es el único.
–Y el único libro, que está roto, ¿vale 14 euros?
Su siguiente respuesta ha sido encogerse de hombros, darse media vuelta y largarse.
Quiere todo esto decir que tiene mucho mérito que vendan tanto con lo mal vendedores que son, aunque el borreguismo que nos mueve a la hora de comprar libros, como en el caso de la novela de Larra, se lo pone muy fácil a la tienda de Espasa Calpe.
Con esto de la boda está pillando cacho todo espabilado que se precie, no sólo los libreros. La Cámara de Comercio de Madrid ha organizado el concurso de tartas para llevar el postre ganador a Zarzuela con la esperanza de que los novios lo elijan en el banquete nupcial. De momento, ya han conseguido que el nombre de una pastelería de Madrid haya salido en todos los medios.
La dueña de una lencería de San Sebastián también ha estado lista. Ha confeccionado la liga de la novia a base de encajes, pedrerías y abalorios y la ha enviado a Zarzuela, a ver si consigue que Letizia se la ponga y el Príncipe se la quite.
Una almazara va a enviar el aceite para que se use en la elaboración de platos del banquete, pero va a intentar también que se regale una botellita a cada uno de los 1.400 invitados. El responsable de la fábrica es un optimista de padre y muy señor mío.
En otro orden de cosas -como diría un periodista recién salido de la Facultad- estoy con la mosca detrás del pabellón auditivo con la designación de Mercedes Cabrera como número dos del PSOE para las elecciones que se nos vienen encima. No me agrada, en primer lugar, que tenga que ser una mujer como condición indispensable para atraer el voto femenino. Tampoco me gusta que se haya buscado a la número dos sólo entre mujeres. Quiere esto decir que algún hombre de sobrada capacidad podría haber quedado fuera por ser hombre y que una mujer poco idónea ocupará un puesto sólo por ser mujer. Querría explicarme mejor, pero aún me dura la resaca navideña.
Soy contraria a los cupos femeninos. Los únicos cupos que me gustan son los humanos, y no me pongo especialmente contenta como votante del PSOE al encontrarme más o menos mujeres en las listas. Busco, sobre todo, que hombres o mujeres me “lleguen”, sean aparentemente honestos y, sobre todo, haber tenido noticias de ellos o ellas con tiempo suficiente para saber si les quiero o no votar.
No se trata de que los votantes nos hagamos un máster de candidatos para averiguar si el o la número dos saben de política. Lo único que sé de Mercedes Cabrera es que es sobrina de Calvo Sotelo, que es historiadora y que da clases en la Complutense. ¿Y...?
Cruzo los dedos para que no se repita lo de Trinidad Jiménez, uno de los mayores fiascos del PSOE de Madrid de los últimos siglos. Se empeñaron en ella porque era mujer, porque era moderna, porque era mona y porque era pija. Es decir, algún despistado del PP hasta podría llegar a votarla. Demostró, y aún demuestra, su poca valía política y su ausencia de oratoria y argumentación. Creyó que ser candidata a la Alcaldía de Madrid consistía en irse a comer churros con los barrenderos y en recorrer las once líneas del Metro en un tiempo récord para saber a cuántas líneas se hace transbordo desde Sol.
Me pregunto dónde están los pesos pesados del PSOE, políticos que, debido a su larga y activa trayectoria, han cometido errores, pero a quienes echo de menos sobremanera.
Sé que con Mercedes Cabrera me estoy poniendo la venda antes de llevarme la pedrada, pero no puedo evitar ser cauta. Mi deseo, sin embargo, es encontrarme con una mujer lista, con carisma, congruente y consecuente. Lo malo es que tengo que preocuparme de encontrarle todas estas virtudes en apenas dos meses. La verdad, es estresante.