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L Corte Inglés ha puesto una esquela anunciando el traslado de los restos de la librería más antigua de España a su centro comercial más cercano. La casa de libros “Rubiños” ha muerto definitivamente bajo el manto del absolutismo comercial que ejercen los descendientes profesionales del tío de las Koplovitz, Ramón Areces.
Ni siquiera me ha producido tristeza esta decisión, porque ya conocí hace algunos meses que la librería había sido vendida. Poco tiempo después la imagen corporativa del triángulo verde apareció por doquier para ilustrarnos de que se habían hecho cargo. De hecho, mantenían la estética y la famosa frase de la “librería más antigua de España”. Han esperado a las rebajas de enero para echar el cierre, tapar los escaparates con algo espantoso tras el cristal que impide ver el interior lleno de libros, y han puesto la ya relatada esquela.
Ha sido una curiosa coincidencia esta del cierre definitivo de Rubiños con la multiplicación de enciclopedias y libros de consulta en los principales periódicos nacionales. Supongo que para muchos será una nueva oportunidad de reformar la decoración de la biblioteca del salón; para otros será una ocasión de acercarse a cierto grado de cultura y para muchos otros será una nueva carga dominical para ir a deglutir el aperitivo dominical. De todas maneras, me parece, como política comercial, una regresión ya que creía que estábamos en el lustro de los deuvedes de películas insoportables. Seguramente el extraño interés que los periódicos tienen este principio de año por culturizarnos los domingos se debe a la necesidad que sus empresas paralelas, asociadas o clientes tienen de sacar fuera de sus almacenes productos que se quedan obsoletos y que hay que vender de la mejor manera posible. No obstante, siempre he sido partidario de que los periódicos se venderían más si dan mejor información. Esto, lógicamente, se hace pagando bien a sus periodistas y colaboradores. Debe resultar mucho más barato y rentable pagar más y bien a las editoriales que tienen material a punto de ser quemado por inservible ante el imparable aumento de información gratuita que, hasta ahora, está dando Internet. Parece como si las editoriales hubieran detectado que este 2004 es la última oportunidad para vender enciclopedias. Quién les iba a decir a Pedro José, Echevarría, Polanco y a Cebrián que iban a acabar como vendedores de enciclopedias. Digno para el “Cuéntame” que TVE emitirá dentro de 50 años.
Pero también ha sido una curiosa coincidencia lo de la esquela de “Rubiños” y la transformación de los grandes empresarios de la información en vendedores ambulantes, con la muerte de Alberto Otaño esta semana pasada en Madrid.
Parece que “el redactor jefe” de Diario 16, con el que tuve el placer también de trabajar a distancia desde varios rincones de la España tan plural que tenemos, sabía lo que iba a ocurrir y decidió que por esto no pasaba. Ha sido tan listo como cuando rechazó el nombramiento de subdirector porque no quería dejar de ser redactor jefe. Y ha sido tan sensible como cuando escribió un magnifico artículo en la última página de D16 en 1989 lamentando ya la situación del País Vasco. Alberto Otaño finalizó aquel artículo diciendo, más o menos, que las lágrimas que derramaba por su tierra habían mojado y, por tanto, borrado el punto final del texto. Por eso no aparecía.
El otro día, en el tanatorio de la M-30 de Madrid se acabó el Whisky en la cafetería durante el velatorio del redactor jefe. Fueron curiosas las ausencias y también significativas las presencias en aquel velorio. Durante un par de horas parecía que la prensa libre aquella que representó el triángulo azul que ejercían sus periodistas, iba a reunirse después en la calle San Romualdo de Madrid para volver a sacar un periódico comprometido con lo que pasa realmente en este mundo y no con la venta de enciclopedias. Pero todos nos dimos cuenta, con la resaca, que no teníamos periódico para mojar y hacer desaparecer los puntos finales. Algún día es posible que tampoco tengamos libros porque las multinacionales nos venderán sólo los que más vendan, antes de que nos los metan de saldo junto a algún suplemento dominical lleno de publicidad.