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ace años le escribí una carta al cardenal Tarancón. La reproduzco aquí, textualmente, y me gustaría que, en el Foro de Vistazo a la Prensa, tanto los veteranos como los nuevos, me diesen su opinión. Lo único que pretendo, aunque me expongo a que alguien me borre de su lista de “favoritos”, es comprobar si todavía persisten las filias y las fobias que suscitó en torno a su figura. Mi carta se redactó en los siguientes términos:
“Vos, Eminentísimo y Reverendísimo cardenal Vicente Enrique y Tarancón, natural de Burriana, igual que una de las más célebres queridas del mallorquín más rico del siglo XX, Vos, arcipreste de Vinaroz, que es el pueblo natal de mi abuelo paterno, Agustín Pla Forner, y de otras raíces mías ya perdidas en la noche de los tiempos, seminarista y curita nuevo en Tortosa, doctor en Teología en Valencia, obispo de Solsona entre 1945 y 1964, y de Oviedo desde 1964 hasta el 1969, año en que os nombraron cardenal y arzobispo de Toledo y primado de España, para pasar luego, a la sede del arzobispado de Madrid y a la presidencia de la Conferencia Episcopal Española, hasta un año después del golpe de Tejero, habréis vivido un siglo entero en esta feria hispana que viene a ser, dicho en tópico, el retablo de las maravillas.
Confieso abiertamente - y te tuteo a partir de este renglón - que me he sentido siempre muy vinculado a tu magisterio espiritual, al tiempo que he aprendido de ti casi todo lo que sé y todo lo que practico en mi vida política o, mejor dicho, ciudadana y social. De hecho, tanto en la doctrina que nos legaste en tus primeros libros - los de los años cincuenta, que fueron dos, " La renovación total en la vida cristiana " y " Los seglares en la Iglesia " , como los posteriores, que también leí con fruición y provecho, “Sucesores de los apóstoles ", " La Iglesia en el mundo de hoy " , " La Iglesia del posconcilio ", " Unidad y pluralismo en la Iglesia " y el último que llegó a mis manos “Liturgia y lengua del pueblo " - , como en el ejemplo vivo que significaron tus actos públicos, como son tu intervención en el caso Añoveros y tu homilía del 27 de noviembre de 1975 en San Jerónimo el Real de Madrid, por no citar más que dos, han supuesto, al menos para este humilde trabajador de la Cultura y supongo que para muchísimos más, el puente - o el pontificado - más eficaz entre el miedo y la esperanza, entre la caducidad y el progreso, entre la letra y el espíritu de la Ley.
Resulta muy grato encontrarte en esta feria de trepidantes diversiones, peligros y emociones que es España, junto a personas tan dispares como las que aquí viven y dan testimonio de haber vivido, como Paco Rabal y Pablo Picasso, que no fueron ni irán jamás a tus misas, como Timoner que regala sus trofeos y sus símbolos de campeón mundial a la Virgen de San Salvador, patrona celestial de mi pueblo, Felanitx, como Tejero y Piñar, que son tridentinos en su conciencia y en su voluntad de hacer Patria, como tantos otros que por aquí desfilan y que nunca se interesaron por la fe que tu predicas. Es alentadora tu presencia, te lo digo de corazón, porque infieres pluralismo y libertad a nuestro festejo cotidiano, a nuestro vaivén de feria y de "escopeta nacional", como diría Berlanga.
Vayamos por partes, eminencia:
La Historia te debe un hecho de singular importancia: el de haber iniciado, en tus ámbitos de poder espiritual, el camino hacia la libertad y, sobre todo, el de separar a la Iglesia del Estado, cosa que resultaba inseparable desde que Franco se hizo con el poder y contó con la plena bendición de tus colegas, los obispos españoles del 36. Tú y el Papa Pablo VI habéis entrado ya en la Historia, entre otras razones, por haber sido los primeros, en cuarenta años, que le dijisteis con toda claridad a Franco que la vida es sagrada y que nadie tiene derecho a firmar las penas de muerte que él firmó. Dicen los historiadores - y lo corroboran los últimos médicos que firmaron su acta de defunción - que el mayor disgusto que se llevó Franco, cuando su corazón ya había sufrido un infarto fulminante, fue el del mensaje que le mandabais, el Papa y tú, en tu calidad de jerarca máximo de la Iglesia católica de España, a raíz de las penas de muerte que firmó y que se ejecutaron, dos meses antes de su fallecimiento.
En la citada homilía de noviembre de 1975, apenas unos días después de la muerte de Franco, también te despachaste a conciencia y, al tiempo que afianzabas las esperanzas de la mayoría de los españoles, cuando el Rey Juan Carlos fundaba sus primeras esperanzas en Adolfo Suárez, provocaste las iras, las ferocidades y las ufanías del sector más integrista de nuestra sociedad. Entonces, en la feria desesperada de los nostálgicos, resonaron a la par la canción del "Cara al sol" y el grito desgarrado de "Tarancón al paredón". Era la primera vez que un alto jerarca de la Iglesia se había opuesto arrojadamente al que se autodefinió "caudillo de España por la gracia de Dios" y era también la primera vez que el sector más aparentemente entregado a la militancia católica condenaba a muerte al principal de sus obispos, que eras tú, y le asignaban el paredón de los fusilamientos, como quien no dice nada. Cabría, incluso, apostar a que siguieron comulgando al Dios del Amor, pese al pecado mortal de querer fusilarte, por haber iniciado el camino que, por tantos y tantos años, se os había olvidado a la sombra del poder político de Franco.
Asumidos estos eventos, que ya dejaron de ser anécdota para convertirse en categoría, déjame que te recuerde, al calor de tu longevidad y de tu memorable magisterio, los puntos esenciales de tu legado espiritual.
1º: Supiste adecuar tu postura y tu fe, igual que la de tus seguidores, seglares o religiosos, a la transformación que experimentaba el mundo en general y España en particular. Todo ello, merced al espíritu y a la letra del Concilio Vaticano II, que cumpliste con todo esmero y perfección.
2º: No te olvidaste, al romper las amarras y los compromisos que os ligaban al régimen de Franco, de llevarte contigo - y con tu iglesia de creyentes - todos los valores humanos que había significado y significa el cristianismo en la cultura y en el desarrollo de España a lo largo de muchos siglos. Diste al César lo que era del César y a Dios lo que es de Dios, quizá con retraso, pero lo diste. Eso, evidentemente, le restó poderes públicos a la Iglesia católica de España, pero tuviste y tienes la seguridad de que así y no de otra manera debían de ser las cosas.
3º: Intentaste, al frente de la catolicidad de nuestro País, la plena reinserción de la Iglesia en la modernidad, superando, con esfuerzo y mucha prudencia, las dificultades específicas que ofrecía nuestro ambiente nacional, forjado en la intolerancia y en la ufanía de considerarse "la reserva espiritual de Occidente", cuando lo único que aquí teníamos era un clero abundante y acomodado, cerril y mandón a ultranza, diríase que "fundamentalista" en su guerra santa contra el marxismo y contra los "contubernios judeo- masónicos" que predicaba Franco. Debió de ser muy difícil reagrupar a tu grey, para conducirla a los verdes pastos del Edén, donde no medran los caudillos victoriosos, sino los santos enamorados divinamente de su prójimo, sin distinción de clases, de razas y de creencias.
4º: Trazaste, a la luz del concilio Vaticano II y desde tu presidencia de la conferencia Episcopal Española, tus objetivos básicos, que consistían y consisten en recobrar la libertad perdida y la consiguiente independencia del poder político , en ejercer el noble oficio de la reconciliación nacional y en potenciar y servir al aperturismo y al cambio que se detectaba en la gran mayoría de los ciudadanos y, también, en encontrar nuevas fórmulas y formas de diálogo y cooperación con la sociedad e, incluso, con el nuevo poder político que se acababa de instituir en el País, sin olvidarse, claro es, de que cada cual había de estar en su casa y Dios en la de todos, si así era el deseo o la convicción de todos.
Además, mi viejo amigo, abundaron durante tu vigencia jerárquica, que fueron dos décadas inquietas y esperanzadoras, los testimonios vivos - y públicos y notorios - de vuestra fe, de vuestra moral y de vuestras costumbres. He aquí los que más destacan en mi memoria y, por ventura, en la memoria colectiva de nuestra feria española: el documento sobre la libertad religiosa, de 22 de enero de 1968; la declaración sobre la libertad sindical, emitida el 25 de julio de 1968; el informe sobre la pobreza política, económica, cultural y social, del 11 de julio de 1970, donde la Asamblea Plenaria del Episcopado pedía, para el pueblo español, cauces de participación en todos los sectores de la vida pública; la reunión general de obispos y sacerdotes, en septiembre del 71, donde se intentaba adecuar y atemperar al clero y a sus pastores a las exigencias de los tiempos y que tanto furor desató en las fuerzas vivas del régimen pasado; el informe sobre el apostolado seglar, donde se reconocían los derechos y las responsabilidades propias de los laicos en el seno de la Iglesia; el documento titulado "La Iglesia y la comunidad política" ; la declaración conjunta del episcopado, que tú presidías en 1974, sobre el caso del obispo de Bilbao, Antonio Añoveros, que era de tu cuerda y había predicado una homilía acerca de la identidad, lengua y cultura propias del pueblo vasco, levantando, como es lógico, la iracundia de los gobernantes del último período de Franco y el aplauso de los nacionalistas de Euskadi e, incluso, el de los terroristas de ETA, que acababan de asesinar al almirante Carrero Blanco; el documento pastoral sobre las actitudes cristianas ante la situación económica del País y, por último, vuestra carta episcopal colectiva sobre la reconciliación nacional, en abril de 1975, cuando Franco todavía hubiese podido saltarse el Concordato con la Santa Sede y meteros a todos entre rejas.
Fueron los tuyos, viejo príncipe de Burriana, tiempos heroicos y memorables.”
Un abrazo y hasta luego en la eternidad.
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