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  Firmas Invitadas - Edición Nº 101
Semana del 06/02/2004
Un destino fatal


Matías J. Ros
S E llamaba Eulalia López, pero era conocida como Lali. Acababa de cumplir diecinueve años. Había nacido en Ceutí (Murcia) aunque era vecina de Archena. Segunda de cinco hermanos, había estudiado bachillerato. Estaba consideraba como una chica trabajadora y servicial. Mientras trabajó en una fábrica de Archena, sacaba tiempo para ayudar en la peluquería de su tía Fina. Hogareña y sencilla, no eran precisamente discotecas y locales de juventud sus lugares favoritos de diversión.
Sin embargo, con motivo de las fiestas se había desplazado a Ceutí para pasar unos días en casa de su abuela. Quiso la fatalidad que Lali, en compañía de su hermana Paqui y otras amigas, encontraran en la discoteca Ayala de Ceutí, la noche del diecisiete de agosto de mil novecientos ochenta y cinco, al joven que la iba a matar.
El local estaba abarrotado de gente joven. Entre ellos estaba José María Martínez, de diecisiete años, natural de Huéscar (Granada) y vecino de Molina de Segura (Murcia). Al terminar su jornada laboral en el bar Careto, de Murcia, marchó con unos amigos a la discoteca a tomar unas copas, divertirse y ligar. El ambiente de fiesta era propicio.
A las dos horas y treinta minutos se estaba tomando una copa de güisqui y coca cola. Se puso a bailar en la pista. Allí conoció a Lali. Fueron a la barra y hablaron de trabajo y de otras cosas intrascendentes. Luego, los altavoces dieron el aviso de que se cerraba la discoteca.
Lali le comentó que era un poco tarde, que su hermana se había marchado a casa de su abuela y que la estarían esperando. José María la acompañó, caminando ambos hacia la casa, que estaba a unos doscientos metros de la discoteca. Ya en la puerta, José María la convenció para dar una vuelta. Lali accedió, a pesar de lo avanzado de la hora. Se encaminaron hacia la carretera de Archena, cogidos de la mano. Se sentaron en el borde del camino. José María la besó.
Mientras, pasaron otros jóvenes por allí que les dieron la buenas noches. Se cortaron un poco, pero otra vez solos, continuaron con mutuas caricias y besos, hasta que pasaron por el lugar dos amigos de José María que los saludaron. Les dijo que se quedaba con ella. Se sentó de nuevo junto a Lali y le propuso mantener relaciones sexuales. Ella no contestó. Luego se levantaron y marcharon andando hacia Ceutí. Se pararon junto a la acera y se abrazaron tiernamente. José María estaba muy excitado y casi violento. Lali le advirtió que no quería llegar a tanto. Si seguía de aquélla manera se lo diría a la policía.
Enfurecido por la amenaza que sobre él había proferido, la golpeó con la mano en la cabeza y cayó al suelo, sangrando. Conmocionada, no pudo impedir que consumara la violación, tras quitarle los pantalones y ropa interior. Luego, se subió los pantalones y trató de adecentarse un poco, tumbándose junto a Lali, que permanecía conmocionada por el golpe y la violación.
Decidió cambiarla de lugar. La arrastró, cogiéndola por los brazos hacia fuera de la carretera. En esos momentos, Lali recobró el conocimiento y le arañó en la cara. La volvió a tirar al suelo y le apretó con las manos en el cuello, hasta que quedó inmóvil. Mientras le apretaba, Lali intentó defenderse de la manera que podía y con las escasas fuerzas que le quedaban, le volvió a lesionar la cara con las uñas.
José María pensó que la había matado, pero se dio cuenta que aún respiraba. Cogió con ambas manos una piedra de grandes proporciones y se la tiró a la cabeza. Lo hizo con tal fuerza, que la piedra se partió en dos. Vio que sangraba abundantemente y con uno de los pedazos de la piedra continuó golpeándola repetidamente en la cabeza.
Volvió a mover el cuerpo hacia aún más fuera de la carretera, lejos de miradas indiscretas. Se dio cuenta que Lali aún vivía, pues gemía y sollozaba. Fue hacia un montón de piedras, cogió una grande y le aplastó literalmente la cabeza, hasta comprobar que ya no volvería a moverse más. La había matado.
Anduvo en dirección a Lorquí, hasta que unos conocidos le recogieron en un coche, dejándolo en la puerta del bar El Invernadero. Unos amigos se ofrecieron para llevarle a Molina y lo dejaron en casa. Se quitó las ropas salpicadas de sangre y las puso a remojo en agua con detergente. Se duchó y luego se acostó, levantándose hacia las catorce horas.
Tomó un bocado en una cafetería y se fue a ver a su novia, Margarita. Permaneció a su lado hasta pasada la medianoche. Marchó solo a la discoteca Sheylas, de Molina, en donde estuvo hasta varias horas en compañía de unos amigos. Estuvo tentado de contarles lo sucedido. No podía ocultar las señales que tenía en la cara. Marchó a casa a dormir. No pudo hacerlo.
A mañana siguiente se presentó en la Comisaría de Policía de Molina. Denunció que tres hombres desconocidos le habían dado una paliza. Trataba de esta manera construir una coartadas. Luego, marchó a su trabajo en el bar Careto, de Murcia. A las 22 horas se presentaron en el local dos inspectores de policía que procedieron a su detención.
En comisaría, confesó los hechos dando toda clase de detalles y explicaciones, en presencia de su abogado. Pidió que hacer una llamada y se puso en contacto con su novia para decirle: “yo la maté”.
Espantada, Margarita, no daba crédito a lo que estaba oyendo. Se sobrepuso lo suficiente para ir a verle a comisaría, corroborar lo que le había dicho y hacer inmediatamente las maletas para irse de viaje a Frankfurt para rehacer su vida.
El cadáver de Lali fue descubierto por unos vecinos en las inmediaciones del Camino del Motor de las Eras. Dieron inmediatamente aviso a la policía.
Al poco se constituyó el Juzgado en el lugar, quien realizó la diligencia de inspección ocular y levantamiento del cadáver. Fue encontrado en posición de cubito supino, con los brazos en cruz, piernas entreabiertas y desnudas de cintura para abajo. El forense determinó que la muerte le había sobrevenido por traumatismo craneoencefálico y la correspondiente hemorragia.
Presentaba el cadáver magulladuras y erosiones como consecuencia de haber sido arrastrado más de veinte metros. Marcaba la trayectoria del cuerpo, manchas y reguero de sangre, que lo evidenciaban. El Juez ordenó el levantamiento del cadáver, que previamente fue identificado por un tío y uno de sus hermanos.
Permitió que el cuerpo fuera, en ataúd sellado, al domicilio de sus padres, en Archena, para el velatorio. Dio asimismo instrucciones de que no se abriera bajo ningún concepto el féretro. La autopsia, anterior a la inhumación, confirmó las primeras apreciaciones del forense, confirmándose la violación y las causas de la muerte. José María fue puesto a disposición de la autoridad judicial que ordenó su prisión incondicional.
Es de señalar que a instancias del juez fue reconocido por varios psiquiatras. Dictaminaron que no padecía ningún tipo de anormalidad ni enfermedad mental.
Fue juzgado tres años después en la Audiencia Provincial de Murcia, el dieciséis de diciembre de mil novecientos ochenta y ocho. El ambiente en la sala era de crispada indignación, siendo abucheado hasta su abogado defensor. El reato de los hechos realizado por el fiscal fue seguido por el público con gritos de indignación.
Fue sentenciado como autor criminalmente responsable de un delito de asesinato consumado, concurriendo las atenuantes de embriaguez no habitual y minoría de edad, a diecisiete años, cuatro meses y un día de prisión menor e inhabilitación absoluta. Por la violación, a seis años y un día de prisión menor.
Los padres de Lali tuvieron que soportar la pérdida de una hija en la flor de la edad, asesinada en horribles circunstancias. José María expiaría su crimen en prisión durante los mejores años de su vida. Y su novia, Margarita, pudo rehacer su vida, pero en otra ciudad de otro país.
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