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ÚN andamos reclamando la libertad de expresión. Después de guerras, muertes, dictadura, procesos democráticos que culminan con la consecución de una Carta Magna, después, hoy, seguimos reclamando libertad de expresión- ¿Por qué?
El pasado sábado se entregaban los premios de la décimo octava edición de los Goya del Cine Español que concede la Academia de las Artes Cinematográficas. Algunos de nosotros asistimos, desde casa claro, a la gala de entrega, llegamos a determinadas conclusiones; al día siguiente, las pudimos contrastar con las de la crítica y otros comentaristas. Esta semana las compartimos con ustedes.
La gala comenzó de una manera bastante plana. El prólogo al gran acto, protagonizado por la actriz Anabel Alonso, carecía de cualquier tipo de gracia y no adelantaba nada optimista a cerca de los guionistas del evento. Una vez iniciada la gala, ya en el interior del Palacio de Exposiciones y Congresos de Madrid, el espectáculo empeoró. Por deseo, desconozco si de la Academia o del ente público RTVE, de maestra de ceremonias ejercía, Cayetana Guillén Cuervo. Ella y su vestido blanco se nos presentaban, como escapados de un cuento, enumerando las distintas etapas de la vida pública por las que habían pasado unos premios que llegaban en este 2004 a la mayoría de edad. El breve recorrido histórico a esos 18 años culminaba con un alzamiento de las palmas de las manos de la Guillén, las cuales, pintadas de blanco hablaron por si mismas y consiguieron arrancar un primer aplauso de los allí presentes.
Sin embargo, antes incluso de que se mitigase el eco de las palmas, ella aconsejaba que, dadas las consecuencias sociales de los pronunciamientos de galardonados e invitados– sin duda se refería a las conclusiones a las que llegan algunos de los espectadores después de asistir a las casi tres horas de duración de estos acontecimientos y de escuchar las numerosas intervenciones de sus protagonistas - , el personal con acceso a los micrófonos de RTVE aquella noche “centrase sus energías en la defensa del cine español en lugar de hablar de unos o de otros”. Es decir, que la mayoría de edad era conveniente celebrarla hablando de cine, que para eso estaban allí, en lugar de lanzar algún que otro mensaje a modo de crítica contra lo que fuera para evitar que el gran público, la masa de españoles que aplastábamos nuestros sillones a aquellas horas nos adhiriésemos a alguna de esas críticas o ironías, o, lo que es peor, nos diera por pensar después de haberlas escuchado.
De esa manera, ya se descartaban de un plumazo esperados comentarios a cerca de, por ejemplo, las “dimisiones de Carod Rovira”, la “indignación” de Zapatero por la filtración a la prensa de los contactos mantenidos entre el líder catalán y ETA, los juicios del PP a cerca de la poca preparación del PSOE para gobernar o la negativa del Presidente del Gobierno a investigar la existencia de armas o no en Irak pasando la responsabilidad a la ONU y el reconocimiento estadounidense a la labor de Aznar durante el conflicto irakí. Muchos echamos en falta el saber hacer y la locuacidad aprueba de guiones, de Rosa María Sardá.
Y así, escenario arriba y escenario abajo, acompañada del joven actor mejicano, Diego Luna, en representación del cine Iberoamericano, ella sonreía y lucía su buena imitación del acento de los fríjoles.
La consigna fue atendida y las parejas que iban dando a conocer a los nominados y el nombre del ganador, se limitaban a eso. En el guion, ni una breve complicidad entre ambos, frases escuetas, concisas y sonrisas de protocolo. Con los galardonados sucedía otro tanto, agradecimientos personales y poco más.