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  Firmas Invitadas - Edición Nº 102
Semana del 13/02/2004
Eduardo Bonnín, ese santo que se le pasó a Wojtyla


Joan Pla
E DUARDO Bonnín Aguiló lleva más de setenta años a pie de obra ,en su noble afán de santidad. Es el fundador de los Cursillos de Cristiandad. Nunca fue cura ni seminarista, pero tampoco se le conoce ninguna novia a lo largo de sus 86 años de indiscutible fulgor apostólico y espiritual. Vino al mundo el 4 de mayo de 1917 y, hoy por hoy, entre las celebridades que ha dado Mallorca al universo mundo, su personalidad es una de las más influyentes en los cinco continentes y, por razones que más adelante explicaré, su nombre y sus acciones permanecen en el anonimato para la mayoría de los mortales.

Pretendo describir la insularidad de su persona, que no puede ni debe, creo yo, catalogarse según parámetros normales de fama o de popularidad. Ni siquiera me atreveré a compararlo con San José María Escrivá al que ya han canonizado en Roma y al que también he tratado en vida, porque, siendo los dos de la misma cuerda, es decir, de la misma profesión de fe y con la misma y única voluntad de santificación, Escrivá como fundador del Opus Dei y Bonnín por haber fundado los Cursillos de Cristiandad, a Escrivá se le han rendido todos los honores y ha contado con el apoyo de las más elevadas instancias jerárquicas, políticas y económicas y a Bonnín le han dejado en la trastienda de su tienda frutos secos de la calle Sindicato de Palma de Mallorca o en su piso de soltero irreversible, donde trata a diario con drogatas y desheredados, con ladrones y con meretrices que, sin duda ninguna y según el Evangelio, nos precederán en el Reino de los Cielos. Es más, tengo la corazonada o la intuición periodística de que a Bonnín no le canonizarán tan fácilmente como a otros santos, porque no le veo yo haciendo milagros y metido en los tinglados económicos y pontificales que conlleva toda beatificación o canonización en el Vaticano.
Asimismo, también tengo la certeza de que, cuando se haya muerto aunque el Papa de Roma no vuelva a decir ni media palabra sobre su vida y sus obras, estará vivo y presente entre los vivos y a nadie le faltará su palabra y su ayuda sobrenatural. Hace más de cuarenta años que mantengo esta convicción, sin otro argumento que el de la observación de sus actos cotidianos, aunque no le saquemos demasiado en los periódicos, por aquello de que "vende" más un criminal que un santo, más un político embustero que un ciudadano cabal, más un cantamañanas que un pensador. A su hermano Fernando, el que junto con Jaume Santandreu rompió las primeras lanzas de los curas obreros aquí en Mallorca y que ha vivido en sus carnes y en su alma todo el rigor de la injusticia social, del pasado y del presente régimen, le ocurre lo mismo: apenas ha tenido prensa en estos últimos cincuenta años.

Mejor así, creo yo, porque se cumple en ellos, en toda la familia Bonnín Aguiló, xuetas mallorquines con denominación de origen, el mandato evangélico de no pregonar su virtud o, dicho con más exactitud bíblica, de no informar a su mano izquierda de lo que hace su mano derecha. Esta es la razón por la que su incuestionable influencia moral en el mundo lleva más de setenta años en el anonimato.
Cuando Eduardo esté en el andén de la resurrección definitiva, ya habrá terminado en estos pagos la discusión bizantina acerca de quien fue el verdadero fundador de los Cursillos de Cristiandad o, mejor dicho, los que quieran escribir libros como el de Xisco Forteza, q.e.p.d., ex marido de Carmen Maura, exaltándole como pionero, fundador y protagonista capital, lo seguirán haciendo con absoluta veracidad histórica y, por contra, los que quieran dejar escrito que fueron otros - el teólogo Juan Capó Bosch, de Andratx, o el obispo Juan Hervás, etc - los principales promotores del invento, también podrán testificarlo así, sin equivocarse un ápice. En suma, lo que menos importa en su caso personal y concreto es la fanfarria del fundador o el lugar concreto en que se fundaron. Para unos será en Cala Figuera de Santanyí y para otros en Sant Honorat de Cura. Para todos, Mallorca. Lo que siempre le ha importado a él, me consta en lo más hondo, es lo fundamental del cristianismo, es decir, el amor que Dios nos profesa constantemente a todos y la gracia que El nos otorga de poder practicar ese mismo amor con todos nuestros semejantes, hechos a su imagen y semejanza, sin distinción de clases, de sexos, de razas o de nacionalidades. No hay más secretos en su vida y en su predicación cotidiana.

Eso, para que vengan luego cronistas e historiadores con más ignorancia que maldad y digan que la doctrina que Bonnín practica y difunde tiene connotaciones fascistoides y hitlerianas o, peor todavía, signos inequívocos del nacionalcatolicismo que, según ellos, impuso Franco. Ignoran ciertos colegas que los peores enemigos que han tenido los Cursillos de Cristiandad han sido siempre el clero triunfal y mandón de los cuarenta años de Franco y los carcas meapilas que siempre estuvieron a la sombra del poder temporal de los trasnochados jerarcas - obispos, arzobispos, cardenales y papas - que metían bajo el palio de Dios a determinados gobernantes indeseables.

Se acerca, mientras escribo, a los ochenta y siete años y me cuentan los que le tratan a diario que cada día está más joven: Va por la mañana temprano a la cárcel de Palma a visitar a sus amigos, con aquel viejo carnet del año 1942 por el que se acredita como visitador de presos. Predica "rollos" en los "cursillos" de América y de Asia. Hace "reunión de grupo" en las ultreyas de Palma, cada lunes en el viejo caserón del Seminario Viejo, en el barrio de la Calatrava. Calma y amansa con su veterano discurso apostólico, hecho de tópicos inmortales, al enfermo terminal que, después del cursillo y de la cárcel vuelve a las andadas y quiere acuchillarlo y robarle en su piso de Palma, situado en el corazón del barrio en que trabajan las putas y circulan los macarras y los carteristas. Facilita datos inéditos de su fabuloso archivo personal al escritor que redacta una biografía importante. Presta libros singulares al que se los pide, porque, amén de tendero y comerciante proverbial, es un intelectual como la copa de un pino. Visita al Papa, que le recibe y abraza en su condición de líder internacional del apostolado seglar. Se edita un "long play" con la vieja canción emblemática de los cursillos - "De colores" - y con una selección hablada de sus principales conceptos y exhortaciones evangélicas.

En mi última carta le decía yo, textualmente:
“Ya eres viejo, compañero mío, hermano mío del alma, pero te mantienes consciente y creciente en tu estado de gracia habitual. Nunca olvidaré el día en que pernocté en tu casa, en Son Roca, y al irnos a dormir, me dijiste: "¿Por qué no rezamos un rosario, de rodillas y brazos en cruz, puesto que el demonio no se toma ni las vacaciones de Navidad?". Y allá nos tienes a los dos, dale que te pego con las avemarías a voz en grito, bajo la noche cálida de aquel verano de 1950, cuando yo estaba enamorado de la cuñada de Guillermo Timoner y tú ya eras un elemento de patilla colorada y Juan Bonet, el padre de la cantautora Maria del Mar, alumbraba aquella novela magistral que se titula "Un poco locos, francamente..."

Algunos hombres y mujeres de los que han pasado, como yo mismo, por los Cursillos de Cristiandad en que, según tu reiterada afirmación, se predica "lo fundamental cristiano", perseveran en la fe y pugnan día tras día por alcanzar la santidad o, si quieres, la recta convivencia con sus prójimos, en cualquier país del mundo. Por mi parte, lejos ya de todo el tiberio que aquí se montó con los célebres Cursillos de Cristiandad, me queda vivo el recuerdo de aquella frase pueril y optimista que siempre me repetías : "Los mejores santos son los de pasta de diablo". Amén.”.
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