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  Firmas Invitadas - Edición Nº 130
Semana del 27/08/2004
Huelgas


Óscar Molina
C OCHES abandonados en la carretera por doquier, automovilistas tirados como colillas, viajeros en medio de la nada, y agosto no sólo en el calendario, sino en los radiocasetes carísimos y llantas de superlujo que se agencian los chorizos con facilidad desconocida. Parece que esta maldición que sufre el infortunado al que se le estropea el coche durante la actual huelga de las grúas es culpa de desaprensivos sin sensibilidad, los huelguistas, a los que eternamente se nos pinta como verdaderos profesionales de la reclamación sin escrúpulos, y responsables directos de las desventuras del pobre pagano y sufridor: el usuario.

Pues bien, yo voy a decir algo que seguramente despierte pocas adhesiones y resulte escasamente popular: me declaro entusiasta partidario de la inmensa mayoría de los trabajadores que deciden ejercer un derecho constitucional, la huelga, en unos tiempos en los que todo el mundo presume de progre, pero no pierde la ocasión de declarar vociferante cuánto le amargan las consecuencias que se derivan de la más elemental forma de ejercer presión que tienen los trabajadores. Es curioso contemplar cómo tanta gente alardea de pertenecer a la supuesta “mayoría de progreso” por apoyar el matrimonio homosexual, ver las bazofias de Michael Moore, haber probado un ridículo plato de Adriá o emplear expresiones tipo “problemática social”, y luego depara expresiones irreproducibles, vena en cuello a modo de manguera incluida, para referirse a las inconveniencias que les causan un grupo de trabajadores ejerciendo una facultad que se encuentra en la esencia misma de la lucha obrera a través de la Historia. Es más que curioso, gracioso, que estos gritones del progresismo bonsái suelen ser los mismos que llaman al camarero con un chasquido de los dedos o le regatean el sueldo a su empleada del hogar el mes que se va de vacaciones.

Actitudes vergonzosas y facilonas aparte, creo que la situación de las relaciones laborales en España merece una reflexión, y un tratamiento que jamás ha estado en la conciencia social ni política españolas por lo menos desde que yo tengo uso de razón. Por parte de la izquierda, el sindicato ha sido concebido como la famosa “correa de transmisión” con descarada intencionalidad política, y por parte de la derecha se ha preferido la oportunista e infructuosa componenda con un sistema sindical que ya no sirve, en vez de alentar el nacimiento de un sindicalismo moderno, un sindicalismo donde la clase dirigente sindical no se nutra eternamente del Presupuesto Público, sino de las cuotas de sus afiliados como hacen SEMAF, SEPLA, ASETMA o USCA, entre otros, y que se articule en torno a instituciones que conozcan los problemas reales de sus afiliados sin necesidad de andar siempre bordeando las fronteras del territorio político, que no les pertenece y donde nada pintan.

En España seguimos identificando a los Sindicatos con las mal llamadas “centrales mayoritarias” que en realidad agrupan a un porcentaje bajísimo de trabajadores y curiosamente se arrogan la representación de la totalidad. Se tiene por común y generalmente aceptado el hecho de que los Sres. Méndez y Fidalgo representan a los trabajadores cuando los índices de afiliación a sus sindicatos son bajísimos; no me atrevo a dar cifras que desconozco, pero estoy seguro de que menos de la mitad de los asalariados españoles se encuentran afiliados a estas centrales. Luego en la práctica, la actuación real de estas entidades dista muchísimo de la defensa efectiva de los empleados, y tiende más bien al apaño con el empresario y el gobierno de turno. Nunca hubiesen sido posibles, por ejemplo, las modalidades de contratación “basura” que han aprobado en España gobiernos de distinto signo sin el pláceme de UGT y CC.OO. y si bien a veces se han convocado huelgas generales por parte de estos sindicatos, a nadie se le escapa que sus motivaciones han sido principalmente políticas. Puedo dar el ejemplo que conozco, el de Iberia Líneas Aéreas de España, donde la contratación y remuneración de bastantes grupos laborales haría las delicias del empresario más vampiro, y los delegados sindicales de estas centrales tragan con pasmosa facilidad; por cierto, vienen haciéndolo desde largo, pues llevan en sus cargos la tira de años. Con este sistema sindical se facilita la obtención de beneficios empresariales y se molesta poco al cliente, pero la defensa del trabajador queda ciertamente tocada.

Aparecen, de vez en cuando, colectivos que no desean entrar en ese indeseable juego donde sus legítimos intereses laborales no pueden encontrar apoyo, y ejercen su fuerza: me refiero, como imaginan, a Maquinistas de RENFE, Pilotos de Líneas Aéreas, Controladores Aéreos, Médicos… que con un sistema sindical profesional plantan cara al empresario haciendo valer sus posturas con la efectividad que todo trabajador desearía legítimamente, y su protesta se revela totalmente impopular. Para mí, es paradójico, es contrario a la Lógica que se critique a todos aquéllos que son efectivamente capaces de defender sus reivindicaciones laborales y se pretenda instalarles en ese juego pastelero de las centrales sindicales tradicionales que no sirve; es más, me parece que querer que todo quisque se someta al trágala del absurdo mundo sindical que sólo ha demostrado beneficios para el empresario y perjuicios para el trabajador demuestra un egoísmo alucinante. Evidentemente el perjudicado es el usuario, en toda huelga lo es, pero no es menos cierto que en contra de la opinión reinante, es más bien el empresario quien utiliza al cliente como rehén y método de presión social contra el huelguista que al revés, y casi siempre en un clima de absoluta negación de la mínima posibilidad de negociación, a la que se ha demostrado que sólo se llega bajo la amenaza del paro.

Es raro, hoy por hoy, que las secciones sindicales de las centrales de clase convoquen una huelga, y es mucho más fácil contemplar cómo llegan a acuerdos que siempre acaban suponiendo un menoscabo de los derechos y poder adquisitivo de los trabajadores, sin embargo aquellos colectivos laborales que sí obtienen beneficios mediante la presión y representatividad que a UGT y CC.OO tan sólo se les supone, aquellos que sí cumplen de manera eficaz la función que les otorgan la Constitución y las Leyes, tienen mala prensa; están mal mirados por un usuario que clama legítimamente contra las molestias que les causan , pero que es incapaz de apreciar las motivaciones que han llevado a un grupo laboral a la desagradable decisión de convocar una huelga (lo de desagradable lo digo por experiencia), usuario incapaz también de percibir que es arma arrojadiza de unos empresarios que los lanzan contra quien ejerce un derecho constitucional, e incapaz de reconocer que, llegado el caso, le gustaría que sus intereses fuesen defendidos de la misma manera.

No creo en las huelgas, creo que el papel de un sindicato moderno está centrado en la negociación constante, pero sí sé a la perfección lo que es tener delante a alguien que no desea negociar, sino imponer, y que te amenaza con los terribles males de la impopularidad social y el apestamiento público si no te pliegas a sus pretensiones económicas, legítimas, pero no más que las mías.

Por eso, espero no quedarme tirado con el coche a la vuelta de mis vacaciones, pero si me ocurre, trataré de ser comprensivo, y no cargaré de forma pueril contra la parte más débil y visible de la cuerda: el trabajador, a quien unos sindicatos centenarios, que más bien me parecen el modo de vida de sus grises dirigentes, han renunciado a defender. El trabajador, que desengañado por la inacción y el chalaneo ha decidido darles la espalda y luchar por su cuenta.

Píenselo Vd. también, por favor.
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