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ESDE que murió, el 1 de noviembre de 1993, no se han apagado todavía las voces de condolencia, ni se ha dejado de escribir su semblanza humana y su altísimo predicamento científico en todos los medios de comunicación del mundo. Ahora, desde mi humilde rincón insular, permítanme desentrañar algunas cosas que nunca publiqué y cuya actualidad es y será siempre imperecedera. Le conocí personalmente y escribí acerca de él en 1971. Durante los 22 años siguientes, nos volvimos a encontrar en diversas ocasiones. Siempre han sido dos las constantes de nuestra conversación: la ciencia y el amor. Nunca nos adentrábamos en temas políticos, aunque su biografía siempre me indujo a la reflexión política.
Un día le dije:
- Con usted ya son dos los asturianos de importancia universal con cuya amistad me honro, pero, al afirmar el honor que para mi suponen, no he pretendido aquí imitar los modos y los términos del viejo Pemán cuando titulaba sus entrevistas con aquello de "Mis almuerzos con gente importante", ni tampoco la del memorable Pedro Rodríguez, la paz sea con ellos, que se tituló "Españoles de la A la Z". Más me acerco al "Entrevistario" del entrañable y muy añorado escritor y periodista mallorquín Joan Bonet que a los rutilantes y formidables cotilleos que se montó Paco Umbral en su "Crónica de esa guapa gente". No se trata de un canto a la nostalgia, sino de un intento de reconstrucción del día destruido que todos hemos padecido por mor de la censura. Lo que no sea noticia viva y palpitante de vuestro valor humano es pura certificación de mis deficiencias.
Periodismo y ciencia han sido los dos temas principales de mis conversaciones con Ochoa. Hemos dialogado acerca de muchas cosas. Hablaba poco, despacio y bien. Nosotros, periodistas y camorristas que nos las zurrábamos con el viento, estábamos instalados en la feria de la vanidad de las palabras. Entrevistar a Severo Ochoa o escribir un artículo acerca de su valor humano y científico, al margen del bombo y de los platillos que sonaban en torno a su persona y al premio Nobel con que se adornaba su blanca y altiva testa, significaba dar de lleno en la esencia. Él decía que el periodismo científico o la ciencia de la información no consistían en comunicar, con toda precisión de términos y de conceptos, las noticias más relevantes acerca de los avances de la investigación científica en cualquiera de sus especialidades. Yo le preguntaba, a la luz y al gozo de su sencillez dialéctica, sobre la clave científica de nuestro oficio de informadores. Entonces, de sus breves respuestas se deducía el único fundamento o razón esencial de nuestro oficio de comunicación. Entendí que las noticias no son noticias, si antes no son nociones. Él acababa de explicarme que su descubrimiento estribaba en descifrar la información que radica en el genoma humano. Hablar con el Dr. Ochoa era un auténtico poema, un gozo inefable. Tocábamos fondo. Mientras tanto, la charanga política y las consignas del poder, las fanfarrias de los mercaderes y el pasodoble de las mayorías absolutas instruían la nueva mitología de nuestro tiempo. Vendía más periódicos la entrepierna desbocada de un famoso, es decir, el pito de Butragueño, que el beneficio social de un trabajador de la ciencia, del arte o de la cultura. Sonaba más lo metálico del premio que lo espiritual del premiado. En la tristeza proverbial de su mirada se leía la gravedad de estos fenómenos sociales que acabo de enunciar y esa había sido la única y verdadera causa de su exilio voluntario.
Su diálogo me ayudó a fijar, para siempre, la noción y la noticia de nuestra profesión diaria.
Tuvimos amigos comunes con los que siempre compartí la admiración, el respeto y el estímulo que nos infirió la grandeza humana de Severo Ochoa de Albornoz. En mi escritorio tengo la fotografía del entierro de su mujer, en la que aparece tocado de una boina vasca con unas gafas oscuras de gran tamaño. A su lado, con evidente gesto de dolor, asoma la noble cabeza de Graciano García, director de la Fundación Príncipe de Asturias, que le acompaña en el cementerio de Luarca, el 7 de mayo de 1986. La muerte de Carmen García Covián, su esposa, marcó sus últimos años e, incluso, nos llegó a decir que, antes que la viudedad, deseaba la muerte. Nos dejó impresionados, el que ha sido el descubridor de los núcleos más fundamentales de la vida.
De Luarca es también Gumersindo Rico, el que fuera embajador de España en Holanda y en Cuba, con el que tanto hablé de usted y de su largo exilio en las memorables veladas político-literarias de Rabat, cuando la morisma, embaucada por su jerarca supremo, se pegaba la gran caminata hacia los infinitos arenales del Sahara, en aquella "marcha verde" que no dejó de ser una travesía de la nada. Gumi Rico y Amaro G. de Mesa, dos embajadores espléndidos de nuestra democracia, los dos asturianos, me explicaban y comentaban el verdadero motivo del exilio que Ochoa asumió voluntariamente y que nunca fue político, sino científico. Severo Ochoa no se alejó nunca, según su declaración textual, de su pueblo y de sus raíces, pero se vio forzado a huir de un clima político y social que era absolutamente ajeno a la investigación, a la intelectualidad y al progreso.
Con el querido Nicanor Piñole, ese gran pintor asturiano que no debe ser ignorado por el buen amante de la Pintura, hablábamos también de su apasionado trabajo de investigación y de cómo un asturiano de Luarca se habría convertido, aunque no hubiese obtenido el premio Nobel, en padre y pionero universal de la ciencia médica por sus investigaciones sobre la genética humana.
José María García, Carlos Luis Álvarez, Alfonso Calviño, José Luis Balbín, Lalo Azcona, Faustino Álvarez, Francisco Carantoña, Melchor Fernández y el ya mencionado Chano García han sido y son los colegas periodistas que mejor y más profunda fuente de información me han aportado acerca de la personalidad de Ochoa.
Aquí en Mallorca, también se le dieron muestras de admiración y respeto y me arrepiento de no haberle saludado el 9 de abril de 1992, cuando usted departía amistosamente, entre otros, con sus colegas médicos Oliver Capó y Cabrer, ambos al frente de la Consejería de Sanidad del gobierno autónomo de Baleares. Más adelante comprenderá por qué no me acerqué entonces a saludarle y a rememorar grandes instantes de nuestra relación personal. Mi corazón saltaba de alegría al verle entre nosotros y siempre entendí que el Dr. Bartolomé Jaume, con su equipo de colegas especialistas en genética, nos había propiciado la gran suerte de tenerle en Mallorca, donde usted quiso rememorar el gran amor de su vida, Carmen, escuchando un concierto de Chopin en la cartuja de Valldemossa.
Ochoa y yo también tuvimos enemigos comunes: Quedó muy claro, en nuestro primer encuentro de hace más de 30 años, que todo aquel que destaque en cualquier oficio o actividad humana tendrá en su entorno una manada de chacales hambrientos. Fijaba Ochoa las posiciones del enemigo y me daba a entender que la envidia era la motivación fundamental del enemigo. Teníamos, modestia aparte, los mismos enemigos comunes: él en el campo de la ciencia y de la medicina y yo en el de la literatura y del periodismo.
Convivíamos, como diría Rubén Darío en su poema de San Francisco y el lobo, con "un duro y torvo animal". El hecho de que el científico no proclamase su adhesión política a las instituciones vigentes de antaño le acarreó una cantidad enorme de detractores.
Por otra parte, cuando cambió el régimen y las instituciones democráticas entraron en vigor, al mantenerse al margen de toda euforia política y de toda afiliación partidista, surgió una legión de tarados mentales que confundieron el talento con el cargo político y la ideología con la conquista del poder. Hubo médicos que, sin llegarle a la suela de sus zapatos, se fueron arrimando sucesivamente a los sucesivos partidos gobernantes y alcanzaron, en muy poco tiempo, lo que jamás pretendió el Dr. Och