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  Firmas Invitadas - Edición Nº 105
Semana del 05/03/2004
El matamendigos


Matías J. Ros
A LGUNOS creen que los asesinos en serie suelen ser hijos de familias ricas o acomodadas cuya vida disoluta les induce a cometer asesinatos para pasar el rato entretenidos. Otros suponen que la acumulación de crímenes es obra de bandas mafiosas. El espantoso caso del mendigo asesino Francisco G. E. desmienten las anteriores afirmaciones.
Se trataba de un vagabundo. Había nacido en Madrid, en un barrio de chabolas cercano al cementerio de La Almudena, el 24 de mayo de 1954. De carácter raro y taciturno, tuvo una educación deficiente. Acabó siendo un ser desgraciado, enfermizo y solitario que le gustaba pasar las noches entre las tumbas del cementerio cercano a su chabola. Sentía predilección por las sepulturas recientes. Profanaba los cadáveres para gozar sexualmente con ellos. Afirmaba sentir un placer excelso.
Tenía, además, impulsos suicidas. Se colocaba tumbado en medio de la carretera para ver si le atropellaban los coches. Su padre le golpeaba brutalmente. Tenía el cuerpo lleno de cicatrices. Era frecuente verle en la puerta de las iglesias en donde solía mendigar. Pedía ayuda al prójimo “por el amor de Dios”, como es costumbre. Se le pudieron demostrar 15 asesinatos de prójimos, todos ellos mendigos, aunque debieron de ser muchos más. Durante los interrogatorios sufría algunos lapsus de memoria.

A los 16 años ingresó en un hospital psiquiátrico. Luego, ya en libertad, es ingresado en prisión por haber robado una motocicleta. Estando en la cárcel se cubrió el cuerpo de tatuajes. Uno de ellos decía que había nacido para sufrir. Posteriormente, para subsistir se dedicaba a pequeños hurtos. Se lo pasaba bien explorando casas abandonadas y/o espiando a mujeres y parejas. Mientras, se masturbaba. A los 20 años fue condenado a diez de prisión por violar a una joven después de atar a su novio a un árbol.
Prometía su carrera criminal. Sin embargo, nadie pudo adivinar que llegaría tan lejos. En 1983, estaba en libertad y mendigando. Era conocido en algunos sitios de Madrid. La gente caritativa le daba bocadillos y caldo caliente. Mientras, no podía privarse de practicar la necrofilia, su placer favorito.
De vez en cuando recogía un medicamento del hospital. Tras tomarlo, lo mezclaba con cantidades enormes del alcohol y el resultado de este cóctel era una agresividad violentísima. Seguía en tratamiento por psicosis. Solía acudir a un psiquiátrico de Madrid en donde dormía. Médicos y enfermeros que lo conocían no supusieron jamás los crímenes que, en serie, Francisco cometía escrupulosa y perfectamente.

En el año 1991 fue detenido junto con Ángel Serrano, un colega. Habían robado una moto. Fue en 1993 cuando desaparecido misteriosamente su amigo Ángel Serrano, propició que Francisco fuera detenido nuevamente. En aquella ocasión delante de los policías que lo interrogaban manifestó, como la mayoría de los psicópatas, unas ganas tremendas de confesar sus crímenes. No tardó en hacerlo.
Algunos los había cometido junto con Serrano, a quien también acabó dando muerte. Su narración parecía producto de la imaginación de su mente enferma. Francisco fue tomado totalmente en serio por los policías que lo interrogaban. Declaró, ante quienes investigaban, lo que luego se confirmó en donde había enterrado a sus víctimas. En total, aparecieron quince cadáveres. Unos estaban enteros y otros en pedazos. Como, de vez en cuando, le fallaba la memoria, los policías estimaron que pudo cometer bastantes más asesinatos.
Las víctimas, principalmente, pertenecían a su mundo: solitarios, mendigos y marginados. Pobres desgraciados a los que Francisco no dudaba en violar, matar, quemar y descuartizar. Era un psicópata que no sabía distinguir entre la vida y la muerte. Le resultaba indiferente copular con seres vivos o con cadáveres. Los asesinatos los alternaba con macabras orgías necrófilas.
La personalidad de Francisco es difícil de analizar. Está fuera de nuestra comprensión. Antisocial, no sabía lo que se hacía. Carecía de sentimientos de culpa. En 1996 se celebró el juicio. Fue absuelto de sus crímenes por enajenación mental. El tribunal decretó su ingreso en un psiquiátrico penitenciario, en donde permanece.
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