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UERRÍA uno escribir palabras de homenaje en este año en que España recuerda el quinto centenario de la muerte de Isabel I, la Católica, ocurrida en Medina del Campo el 26 de noviembre de 1504. Pero, ¿qué se puede escribir, si ya tanto se ha escrito? ¿Qué se puede decir que sea nuevo, si tantos eruditos han recreado ya con admirable esfuerzo no sólo el personaje, sino su época? Porque hay épocas y personajes en la historia, tan plenos, tan dorados, que atraen insistentemente, se extienden más allá de los límites de su cronología, quedan en la memoria, y son objeto de constante atención. Los Reyes Católicos y su tiempo [1474-1516] pertenecen a esta categoría. No se resigna uno, a pesar de todo, quizá precisamente por ello, a dejar huir la ocasión sin una remembranza, sin un testimonio desde la experiencia personal, por muy intranscendente que sea.
A muchos de cierta edad, estoy casi seguro, nos acompaña todavía entre luces y sombras la imagen poderosa de ese reinado desde los viejos días de la escuela, cuando un maestro entre convencido y escéptico nos enseñaba el “Tanto monta”. Son evocaciones fugaces, hechos gloriosos, fanáticos decretos, confundidos entre yugos y flechas con el régimen prevalente en aquel momento. Hoy estas cosas se enseñarán de otro modo, con la objetivad que requieren la historia y la investigación actualizada, como poco a poco las descubrimos después a través de lecturas casuales, entre ellas, la dilatada y colorista narración admirablemente lograda desde un punto de vista literario de William Prescott en su vieja, que no anticuada, Historia del reinado de Fernando e Isabel [1837].
En esta senda de los recuerdos nos asaltan primero la memoria pueblos que eran entonces sólo puntos perdidos en un mapa y hoy son vívidas estampas de unos viajes. En plena llanura castellana, sus casas apiñadas y limpias, ruinosos sus viejos monumentos, surge para el viajero, como en un delicado relato azoriniano, Madrigal de las Altas Torres, la del sonoro nombre que cantaron poetas no lejanos. Desde la carretera asemeja un fantasma de la historia. Se hace difícil pensar que hace quinientos años debió de bullir de vida y de importancia. Lejos, en las estribaciones pirenaicas aragonesas, Sos del Rey Católico guarda aún recuerdos del soberano y una espléndida fortaleza transformada en confortable parador de turismo.
Tras vueltas y revueltas de una boda a escondidas y peleas sucesorias, se destaca después por encima de todos, el que sin duda fue, por la transformación radical que supuso en la configuración del mundo y las ideas, el hecho más transcendental de ese reinado, el Descubrimiento de América. La fantasía infantil nos hizo verlo a través de espléndidas islas tropicales y de indios que cambiaban su oro por abalorios, la legendaria venta de las joyas de la reina y el dinero secreto del rey. Andando el tiempo, ya mayores, no dejó de indignarnos el afán de historiadores no españoles por negar que Colón fuese el descubridor de América o que el Descubrimiento fuese algo más que un pequeño episodio entre otros muchos. Asombra cómo puede el resentimiento nublar el juicio. Sólo la gesta de Colón, quiérase o no admitirlo, aportó transcendencia. El año de 1492 cambió la historia como ningún otro año desde entonces..
Otro hecho hubo, mucho menor en importancia, pero también de largas consecuencias, el que puso fin a la Reconquista y justificó insertar una fruta simbólica entre los castillos, las barras y leones del escudo nacional, la conquista de Granada. El hecho en sí no era sino una guerra como tantas; pero las crónicas y los romances del tiempo la supieron elevar a categoría de gesta donde tanto glorioso caballero de uno y otro bando lució su valor. La imaginación literaria la hizo suya y aún tres siglos después, los románticos, entre ellos José Zorrilla, la recrearon fastuosamente, sin olvidar la visión de los vencidos, el llanto por la pérdida de un paraíso, la Alhambra que nunca más sería ella porque nadie sabría interpretar sus símbolos, su lengua. Los árabes de hoy día sueñan aún con el reino que no pudieron defender.
Por supuesto, están también las sombras que la historiografía partidista quiso justificar largo tiempo como mal necesario para cimentar la unidad y la grandeza de la patria, de la nueva nación que nacía entre las manos de Isabel y Fernando. Sombras fueron la expulsión de los judíos y el establecimiento de la Inquisición. ¿Cómo hubiera sido una España plural y discretamente abierta a la libertad de las ideas? Nadie nos dijo entonces que esos judíos expulsados han mantenido vivo el castellano del siglo XV hasta hoy en día en muchas ciudades del Mediterráneo y aún recitan romances que aprendieron en Toledo, Granada, Córdoba o Sevilla.
En un rincón especial de la memoria guardo un recuerdo para la literatura de ese tiempo. Escritores, géneros, obras, han sido estudiados con gran erudición y sensibilidad por los especialistas. Pero de alguna manera no han sido integrados dentro de un marco totalizador que los justifique y agrupe como un resultado de la dinámica de su tiempo. Los manuales de historia literaria, sobre todo, tienden a situar a unos en la Edad Media, de la que representarían el ocaso, y a otros en los albores del Renacimiento cuyo esplendor anunciarían. Tal división impide ver la relación entre ellos, los lazos que los unen, los propósitos comunes, su significado histórico. Quizá resultase más esclarecedor hablar de la generación literaria de la época de los Reyes Católicos y establecer sus parámetros distintivos, por supuesto con todas la cautelas y limitaciones que hoy exige operar con ese concepto cuando ya ha sido sometido a tantas críticas.
Hay datos que justifican hacerlo. Casi todos los escritores se conocían, si no personalmente, por lecturas. Juan del Encina y Lucas Fernández coincidieron en Salamanca. Fernández debió tratar en la corte portuguesa a Gil Vicente quien confiesa la influencia de aquél en sus obras castellanas. Vicente conocía el “Amadis de Gaula” reescrito por Garci Rodríguez de Montalvo, que utilizó en una comedia. Encina y Fernández rindieron en su teatro un pequeño homenaje a “La Celestina”, presentando brevemente al famoso personaje. Aunque no hay pruebas, no debía resultar tampoco desconocido de todos ellos Diego de San Pedro. Estaba relacionado con la corte de Isabel I, cuyas damas discutían sus obras, sugiriéndole incluso lo que debía escribir. Nebrija editó en su imprenta las obras de Encina.
Por otro lado todos ellos vivieron las mismas experiencias. No cabe duda que conocieron los dos escritos fundacionales del Imperio español, ambos de 1492, la carta de Colón sobre el Descubrimiento que abrió el camino de la conquista de América, y el prólogo de Nebrija a su “Gramática” que señaló la ruta del imperio lingüístico. Todos supieron de la guerra de Granada y las de Italia. Todos lloraron la muerte de don Juan, el heredero, atribuida a sus excesos amorosos. En un plano más transcendental, todos debieron estar muy conscientes del empeño real por la unificación física y religiosa de España con todas las consecuencias que implicó, con todas sus posibilidades de futuro y de creación de un estado de conciencia. Una de esas consecuencias fue la expulsión de los judíos, también en 1492, y con ello la aparición de la primera gran masa de conversos. Suponen, de hecho, algunos que una buena parte de estos escritores eran conversos. Pero es éste un tema que, superadas las pasiones suscitadas por las tesis de Américo Castro en su día, tiene aún que ser tratado no con meras suposiciones, sino con datos objetivos.
Sería absurdo pensar, finalmente, que en ellos no influyera la introducción de la imprenta [1474] que puso en sus manos recursos insospechados para la difusión de sus obras. O que se quedaran al margen del florecimiento cultural que inspiraron la misma corte real, la del heredero don Juan, las de duques y condes, el nuevo v
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