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Época II - Año XIV
Edición Nº 4189
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 132
Semana del 10/09/2004
El viaje
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Yolanda Salanova
E RA un tren a vapor, “de los de humo”. Desconocía por qué en la era de la electricidad, de la energía nuclear, había elegido viajar en el viejo convoy. Le recordaba a aquellos que formaban parte de la ambientación en filmes del “far west”. Y sin embargo, estaba allí, sintiendo en sus huesos el traqueteo rítmico de las biela-manivelas con su inacabable compás de cuatro tiempos. “Es como el compás de compasillo”, como cuando estudiaba solfeo y se empecinaba en cambiar las notas por trinos.
— Sí, ya sé que así es más bonito; pero cíñete a la partitura, le decía invariablemente Don Antonio, con expresión que a ella le parecía benévola. Toda su vida se había ajustado a una partitura que alguien había compuesto. Y ella intentaba trinos y semitrinos, aunque fuera por salir de lo que siempre le pareció una imposición.
El paisaje corría ante sus ojos sin dejar apenas huella, no daba tiempo a grabarlo en la retina. La velocidad se incrementaba de forma progresiva. Empezó entonces a observar a los demás pasajeros, todos en silencio. Tuvo la impresión de haber realizado ya ese viaje. En su mente confusa se deslizaban imágenes borrosas que le recordaban el árido paisaje que atravesaba. Casi siempre el mismo, se atrevería a definirlo como idéntico, los mismos postes de telégrafos con aves oscuras apoyadas de forma inverosímil en los cables destensados. Cruces. Le recordaron a un calvario llano e interminable. Imaginó un cristo en cada uno.
Barrió de nuevo con la mirada a sus compañeros de viaje. Quietos, como si tuvieran la mente vaciada y concentrada en un único y común pensamiento, “tal vez ninguno”. El revisor no se había molestado en pedir los billetes.
— ¿Cuál es la última parada? Preguntó al ferroviario. Éste la miró con ojos inexpresivos, profesionales.
—Viene en su billete. El gesto inexpresivo frenó la intención de formularle otra pregunta. El hombre continuó su recorrido pasando a otro vagón. Se levantó, decidida a abordar a cualquier pasajero que pareciera más amable.
— ¿Puede decirme cuál es la próxima estación? No sé si me he equivocado.
El anciano era el que tenía la mirada más lúcida, por eso lo eligió: la miró. Por fin alguien le prestaba algo de atención.
— ¿Cómo dice?
Vaya por Dios, le había tocado el sordo. Sonrió en un rictus de cortesía.
— Nada, déjelo, se disculpó, la voz un tanto irritada por la parsimonia de los viajeros, incluso del aparentemente amable viejo. El anciano miró distraído por la ventanilla. Seguían pasando las cruces, aquellos postes que ya aborrecía. Volvió a su asiento intentando dormir.
Pensó en su trayecto hasta la estación, debía tomar el tren, no podía perderlo, corrió hacia el estribo, que ganó de un salto cuando el silbato del jefe de estación daba la orden de salida.
Bajaría en la siguiente estación, estaba decidido. Tenía que ir al baño, “dudo que este trasto tenga uno decente”. Recordó el de su casa. El espejo, reflejando su imagen, los grifos de la bañera dejando correr el agua con alegre burbujeo. El vaso de delicada transparencia, el cepillo de dientes, todo impoluto y en su lugar.
Decidió ir a la cafetería, si es que en el viejo tren había. Se sorprendió: había, incluso parecía moderna, la habrían habilitado para el viejo tren. Turismo. Nostálgicos como ella eran pasajeros ideales. Pasar el tiempo era ya un móvil para perderlo en una travesía monótona. Se arrepintió de su elección, pero ya no podía volver atrás a menos que se apeara en marcha.
— Café.
El camarero, de edad indefinida, secaba vasos con un lienzo blanco. Puso la taza delante de la joven. Estaba frío. No se molestó en decírselo y lo apuró de un trago. Se dispuso a entrar en el lavabo. Cerrado. “Siempre están ocupados, en los trenes, cafeterías, es igual”. Volvió a su vagón y tomó asiento.
Entró en un estado de duermevela. Se encontraba mejor, apenas permanecía en ella un tenue hilo de curiosidad. Si todos los viajeros estaban tranquilos, distraídos o medio dormidos sería posiblemente por la monotonía del paisaje.
Volvió a preguntarse... Pero no: toda su vida estaba llena de preguntas sin respuesta. Una más... ¿Qué importaba? Además, las que tuvieron respuesta no le sirvieron, no eran las éstas las que la inquietaban: las preguntas, ellas eran el tormento cotidiano. “No sé por qué me empeño siempre en buscar respuesta a todo”. Le dio rabia. Era una pregunta indirecta la que acababa de formularse a sí misma.
El cambio de ritmo le hizo abrir los ojos. El convoy estaba frenando; por fin un letrero, una estación, ruido, gente menos adusta que aquélla que le había tocado durante el viaje. Lo pensó mejor: no, no era adusta, era indiferente. Gente indiferente, carente de interés, sin curiosidad.
Los viajeros comenzaron a bajar, silenciosos. Sin prisa. Elevó los brazos hacia el portaequipajes, buscando su maleta. Al descender —la última— sintió que un silencio más profundo envolvía el ambiente, como una atmósfera de brumas invisibles. Aguzó la vista y siguió los pasos de los demás viajeros. El anciano sordo se volvió y le hizo una seña para que siguiera sus pasos. De pronto, se detuvo. No quería ir, como una oveja de un aburrido rebaño, tras él, que seguía mirándola, moviendo la cabeza hacia ambos lados, con expresión de paciencia.
Ella continuaba inmóvil. Titubeó por un momento, tenía que mirar atrás. Por fin, con aire titubeante, volvió la cabeza, alcanzando a ver en la superficie lateral del tren un letrero. No podía leer las palabras con nitidez, dio un par de pasos, vaciló.
Se volvió hacia el anciano con mirada interrogante. El viejo le tendía la mano, suspendida en el aire: esperaba. Se dirigió despacio hacia él; no tenía prisa. Dejó a su espalda el tren vacío, donde no llegó a leer: “Tren de los suicidas”.
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