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  Firmas Invitadas - Edición Nº 108
Semana del 26/03/2004
El incendio de ‘La Escala’


Matías J. Ros
E N Barcelona, el 15 de enero de 1978 poco después de una manifestación contra los Pactos de la Moncloa convocada por la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), un grupo de jóvenes, supuestamente anarquistas, arrojaron varios cócteles molotov contra la sala de fiestas La Escala, en la esquina de la calle consejo de de Ciento y paseo de San Juan, que se incendió y fue destruida.
Las consecuencias de esta barbaridad, fueron la muerte de cuatro personas que trabajaban en el local –Ramón Egea, Juan López, Diego Montoro y Bernabé Bravo. Actualmente, y a pesar del tiempo transcurrido, pocos dudan del papel desempeñado por un presunto confidente policial, Joaquín Gambín, "el Grillo", que debió infiltrarse entre los confederales y participó en el ataque con botellas incendiarias. El fiscal del caso, del Toro, cuya audiencia pública se celebró en diciembre de 1980, llegó a escribir que la información extraprocesal que consiguió sobre el tal Gambín era estupefaciente (sic). Carecía de sentido que un delincuente de cincuenta años en busca y captura por varios juzgados, hubiera sentido de repente una irresistible atracción por las ideologías libertarias. Además, Gambín colaboró –siempre presuntamente- con los responsables directos al llevarles por Barcelona en su coche, les enseñó la fabricación de cócteles molotov y los dirigió de manera experimentada.

A las pocas horas del incendio, según mantenía el fiscal, unos policías de Madrid comunicaron a sus colegas de Barcelona los nombres y señas de los autores, omitiendo cualquier referencia al tal Gambín, más conocido en turbios ambientes como El Grillo. El entonces ministro de Gobernación (ahora se llama Interior) Rodolfo Martín Villa, presentó ante los medios de comunicación, la detención del grupo anarcosindicalista (en poco más de 24 horas) como un verdadero triunfo de las fuerzas del orden contra la barbarie anarquista. Sin embargo, dirigentes confederales estaban seguros que este apestoso asunto había sido un complot para acabar con la central sindical libertaria, que iba tomando fuerza ante el monopolio sindical de CCOO y UGT pactado por el gobierno de la UCD y los partidos socialistas y comunista.

Los condenados, no han aceptado su participación directa en los hechos aunque sí la preparación de los cócteles Molotov. Se han sentido manipulados y dirigidos por un confidente policial infiltrado entre ellos. El juicio oral, celebrado en diciembre de 1980, no pudo contar con el testimonio de Rodolfo Martín Villa, solicitado por las defensas de los acusados ni con la presencia de Joaquín Gambín, El Grillo, que logró fugarse de la prisión de Elche en extrañas circunstancias.
A pesar de que tenía varias órdenes judiciales de busca y captura, la policía no pudo lograr el paradero de El Grillo, aunque sí lograron entrevistarlo periodistas. Dieron con el presunto confidente en Rincón de Seca (Murcia) y lo entrevistaban (presuntamente mediante pago) en una revista muy leída por entonces. Dijo Gambín que el comisario Escudero, era su jefe directo. Escudero era un policía subordinado del comisario Roberto Conesa, por entonces mano derecha de Martín Villa. Dijo que cobraba 45.000 pesetas mensuales por sus trabajos de infiltración en la Confederación Nacional del Trabajo y/o por constituir el Ejército Revolucionario de Ayuda al Trabajador (ERAT). Este grupo dio varios atracos antes de caer en otra extraordinariamente brillante operación policial. Por la delación del asunto de La Escala cobró 100.000 pesetas de las de entonces.

Se condenó a José Cuevas, Javier Cañadas y Arturo Palma a 17 años de prisión por homicidio involuntario y por fabricación de las botellas incendiarias. Luis Muñoz a dos años y seis meses por cómplice y Rosa López, a cinco meses por encubrimiento. La no comparecencia de Martín Villa en la vista, fue apoyada por el Tribunal Supremo. La presión mediática sobre las fuerzas policiales subió de tono a raíz del juicio y de las alegaciones del indignado fiscal Del Toro, que fue incluso acusado de simpatizar con los anarquistas. Del Toro se defendió y llegó a escribir que, ante el escándalo judicial que representaba una vista pública sin el Grillo y sin Martín Villa, su problema fundamental estribaba en no cubrir de ridículo su carrera. Todo estaba cojo en este caso y por lo tanto era propicio a las más desaforadas imaginaciones.
Joaquín Gambín se escabullía continuamente. Se hizo pasar por un tío suyo y decidió morirse. Organizó su propio entierro en Murcia, al que asistieron, incluso, algunos dirigentes de la central sindical que le seguían los pasos con el fin de pedirle explicaciones nada amables. Incluso logró que publicara el diario vasco Eguin una esquela suya, estando a punto de que le arreglaran el cuerpo los etarras, poco amigos de infiltrados y agentes provocadores.

En diciembre de 1981, el Grillo era detenido tras un tiroteo, en Valencia. Declaró que se entregó harto de que la Brigada de Información le hubiera abandonado a su triste suerte. La segunda vista por el caso La Escala se celebró en Barcelona diciembre de 1983, con un solo acusado: Joaquín Gambín. La prensa llegó a decir que era la primera vez que se juzgaba en España a un confidente policial. Fue condenado a siete años por ir a una manifestación con armas y por preparar explosivos.
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