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E gustaría que algún especialista, (psiquiatra, psicólogo, sociólogo o cualquier otro experto en comportamiento humano) me explicara qué significa exactamente, o cómo debe interpretarse, que un hombre que atropella, mata, se da a la fuga, culpa a su hermano menor del atropello y no confiesa hasta que lo detienen, reciba “un baño de cariño”, ovaciones y muestras de admiración de un público “totalmente entregado”.
Hablo del bailaor Farruquito, que tuvo la mala suerte en septiembre, mezclada con buenas dosis de insensatez y cobardía durante los cinco meses posteriores, de atropellar y matar a un hombre de 35 años. Mi primera queja va para él, para su círculo, para su familia y para sus promotores, que deberían haber guardado un duelo por el hombre muerto. Ya que no lo guardaron en septiembre, cuando Farruquito mató involuntariamente al hombre, deberían haberlo hecho ahora, cuando se ha descubierto el pastel, apartándose durante un tiempo y dando unas mínimas muestras de respeto.
Mi segunda queja es más bien un quejío hacia el público que asistió a la actuación de Farruquito en el teatro Romea de Murcia, que, como decía la crónica del diario “La Verdad”, lo arropó, ovacionó y se volcó con el bailaor.
No hay como ser famoso para tener asegurado el perdón del público. Querría saber si alguno de los que dio su cariño y aplaudió a rabiar tuvo un pensamiento, por breve que fuera, para la persona que murió atropellada. Querría saber si las ovaciones cerradas significaban en realidad “No pasa nada, chaval”, “No te preocupes, hagas lo que hagas estamos contigo”, “Bailas muy bien y eso es lo que importa”.
Desconozco si es así, por eso pedía al principio de estas líneas un experto en comportamiento humano. Para que me ayude a entender qué nos mueve a aplaudir en unos lo que reprochamos en otros; por qué perdonamos o recriminamos determinadas acciones dependiendo de quién las ejecute.
Yo no veo maldad premeditada en el atropello del hombre por parte de Farruquito. Tampoco la veo en los aplaudidores del bailaor. Lo que veo en uno y otros es una total falta de reflexión que provoca reacciones impropias a la acción que las provocó.
El primer error parte del propio Farruquito, que, creo, debería haber anulado los primeros espectáculos tras haber conseguido su libertad bajo fianza de 40.000 euros. El segundo error, también lo creo, corresponde al público, por asistir a un espectáculo cuya única razón de ser era la comercial. Olvidó este público que no hubo un simple accidente de su admirado bailaor. Hubo una grave imprudencia porque conducía sin carnet; una total falta de responsabilidad por conducir a la velocidad que lo hacía; un delito por atropellar a un peatón en un paso de cebra; otro más grave por huir sin prestar ayuda; otro por ocultar el accidente; otro por esconderse detrás de un menor. Lo de Farruquito no tiene nombre, y menos nombre tienen quienes se levantaron a aplaudirlo.
No sé quiénes llenaron el teatro Romea. No sé si eran de Murcia, de Alicante, de Granada, de todas partes o de ninguna. Me da igual, hubiera ocurrido lo mismo en cualquier otra ciudad.
Si Farruquito hubiera sido atropellado en idénticas circunstancias, ¿qué hubiera hecho con su homicida este público tan entregado? Supongo que pedir la cárcel y llorar al muerto. Pero el muerto que dejó Farruquito se ha quedado sin derecho al duelo. Es más, el teatro se volcó en aplaudir a quien lo mató. Alguno de estos fans de pacotilla se pondrá un caperuzón esta Semana Santa y se creerá buena personas.
Pueden estar orgullosos.
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