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STÁ de moda hablar de Carod-Rovira y está de moda, también, afirmar y creer que la mayoría de los catalanes son de izquierdas y republicanos. Y la verdad no es esa, ni mucho menos. Recuerdo ahora, mientras escucho el discurso de Puigcercós en el Congreso, durante la investidura de José Luís Rodríguez Zapatero, al viejo maestro Josep Pla que, siendo catalán de pura cepa nunca fue de izquierdas, ni nacionalista, ni independentista.
Con el mismo apellido y con el mismo oficio, periodistas escritores o escritores periodistas, habremos pasado, Josep Pla y un servidor, por este divertido y peligroso mundo de la literatura, sin investigar a fondo y precisar el grado de parentesco que nos une, allá por la generación de los tatarabuelos. La última vez que hablamos, hace ya treinta años, llegamos a la suposición de que uno de sus ocho bisabuelos y uno de mis dieciséis tatarabuelos eran primos hermanos. Otro Pla de mi zarandeada memoria es el que fue obispo de Salamanca y cardenal primado en Toledo, aquel Enrique Pla y Deniel, un retaco de hombre, eminente canonista y defensor a ultranza de la que él siempre llamó "cruzada de liberación nacional" y que, según va demostrando el juicio imparcial de la Historia, no ha pasado de ser la salvajada más grande que se ha cometido en España durante el siglo XX.
Un día, allá por los primeros años sesenta, hablé de libros y de escritores con el cardenal Pla. Salió en nuestra conversación el nombre de Josep Pla y el purpurado confesó cumplir a rajatabla una de sus sentencias más célebres, aquella en la que afirma que todo aquel que leyese una novela después de cumplir cuarenta años es un perfecto majadero. Saqué la conclusión de que aquel cardenal, tan versado en latines y en códigos de Derecho canónico, no había leído sus "Cartes de lluny" ni sus "Coses vistes".
Recuerdo ahora estos detalles, cosa que no hice cuando publiqué mi primera entrevista con Pla en el diario “Pueblo”, porque fue el cardenal Pla el primer catalán que despertó en mí el amor a nuestro idioma catalán, al exponer su criterio sobre los asuntos culturales que, en su petrificado criterio inamovible, dividían y debilitaban al país. Yo era entonces un estudiante veinteañero y leía todas las novelas que caían en mis manos, incluso las que estaban en el "Índice" y cuya lectura significaba un pecado muy gordo. En otra ocasión contaré cómo bramaba aquel cardenal de Toledo, más primate que primado, contra determinados libros y autores de nuestro tiempo. Por supuesto que ningún manuscrito de sus pastorales será encontrado en la basura, así como acaba de encontrarse un anticuario de Barcelona el original de la obra de Josep Pla "Relacions" (1927) en un contenedor del barrio viejo.
Tengo con el maestro Pla dos anécdotas históricas:
La primera trata del día en que nos confundieron. Ocurrió a finales de los años sesenta. Por aquellas fechas yo empecé a ganar premios en diversos certámenes literarios y publiqué mis primeras novelas. Mi apellido, idéntico al suyo, empezaba a sonar en todas partes, por idénticas razones de Literatura. Ya se usaba aquella simpleza de poner "escritor y periodista" debajo de nuestras firmas. Un domingo, en el suplemento cultural del desaparecido diario "Arriba", donde firmaban las mejores plumas del periodismo nacional - Campmany, Alcántara, Blanco Tobío, Pedro Rodríguez, García Serrano, Ismael Medina, Antonio Castro Villacañas, etc. -, se le dedicó una doble página de homenaje y reconocimiento. El régimen anterior no dejó nunca de reconocer sus méritos, tanto en la literatura castellana como en literatura catalana, y sus portavoces culturales siempre predicaron la idea de que, si Pla era un buen escritor en catalán, mejor aún escribía en castellano. Ahí están sus libros de viajes y "La huida del tiempo" para confirmarlo. Había cumplido Pla setenta años y el corazón, si mal no recuerdo, le había dado un primer susto. Entonces, al despistado de turno, se le ocurrió sacar del archivo las tres o cuatro fotografías con que se ilustró aquel hermoso reportaje sobre su vida y obras. Lo que sucedió es que se equivocaron de personaje y para ilustrar su fecunda longevidad y su reciente infarto, del que había salido ileso, pusieron, en lugar de sus fotos, las tres o cuatro que me acababan de hacer a mí por haber ganado un par de premios de novela aquel mismo año.
Imagine el buen lector el cachondeo que se armó, cuando, desde las cuatro esquinas del País, me decían que mi aspecto era formidable, pese a los setenta y tantos años que me asignaba el diario "Arriba" y pese al infarto que acababa de padecer. La verdad es que nadie rectificó aquel despiste y hasta es posible que alguien, en su adorable inocencia, piense que, si tenía yo setenta y tantos años en 1972, debo de estar ahora a pique de cumplir 106 años y que todavía me conservo como una flor, a juzgar por la foto que encabeza este artículo.
La segunda anécdota también puede fecharse por aquellos años. No estaba el horno para bollos en lo de los cuatro idiomas del Estado español. Acababan de quitarle la representación de España a Joan Manel Serrat, porque se negó a interpretar su canción en castellano. Entonces fue Massiel y se alzó con el primer premio del Eurofestival con aquella simpleza del "la, la, la" e, incluso, colegas tan progres y tan comunistas como mi entrañable Raúl del Pozo dijeron que Massiel había sido en Londres como Agustina de Aragón en el sitio de Zaragoza. Serrat me decía entonces que hablar dos idiomas no era una cuestión de separatismo, sino de mayor y más saludable cultura personal. Le propuse a Emilio Romero el proyecto de un largo trabajo, en varios capítulos, bajo el título general de "Pla y Pla", en el que yo procuraría reflejar toda la sabiduría del escritor de Cataluña y, de paso, plantearía ante la opinión pública la vieja, entonces enconada y amordazada, cuestión del catalán y del castellano. A Romero le pareció espléndida la idea y nos pusimos en camino, con el fotógrafo Santiso, hacia su masía de Palafrugell. Nos mamamos los setecientos kilómetros de un tirón en un pequeño utilitario de entonces. Llegamos por la mañana y nos dijeron en su casa que estaba durmiendo, que había tenido una cena con los amigos y que se levantaría al mediodía. Hicimos tiempo y fotografías del lugar y, cuando nos volvieron a decir que todavía dormía, a las dos de la tarde, trepé por el muro de su viejo caserón hasta la ventana abierta de su dormitorio, sólo para decirle que llevábamos ocho horas esperándole y siete más de viaje. Estaba en la cama, efectivamente, pero más despierto que una ardilla. Leía un libro y dio una voz, al ver que alguien se había encaramado hasta su ventana. Salió la mujer que lo cuidaba y nos dijo que había dado orden tajante de que nos fuésemos, que no querías recibirnos. Santiso quería quedarse a toda costa, porque casi nunca se nos escapaba un personaje. Esa era la ley de subsistencia en el diario "Pueblo". Quien iba a por una noticia y volvía sin ella, sabía que poco iba a durar en aquella plantilla de setecientos trabajadores, donde se perdía el tren al más leve descuido y donde no había más objetivo profesional que el de la primicia y la exclusiva. Yo, sin embargo, me sentía humillado y enfurecido por su inesperada negativa. Le mandé una carta, desde Madrid, al día siguiente. Le reprochaba por no haber querido recibir a un colega - escritor y periodista - que, además, se apellidaba como él y le explicaba los quebrantos morales y profesionales que acababa de propiciarme con su rechazo. A la semana siguiente llegó a Madrid su respuesta. Venía en un sobre azul, pequeño, quemado por el sol en uno de sus bordes. Su caligrafía era pequeña y de tacaño integral, sin un milímetro de márgenes, en catalán correctísimo, admirable. Su carta es un documento histórico de gran valor. La explicación que da por no haber querido recibirme es lo más gracioso, lo más genial y lo más miserable que yo he recibido en mi vida. Decía textual