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UANDO Rodríguez Zapatero le dice a Pedro J. Ramírez que ha dado instrucciones para exigir “conducta impecable” a los altos cargos de su gobierno, a fin de evitar “los errores de la última etapa socialista”, se refiere, sin duda, no a los altos cargos, sino a los altos “chorizos” que en ellos estuvieron y fueron. Mientras leo esa respuesta en la magna entrevista de siete páginas que se ha publicado en el diario “El Mundo” del día 23 de abril de 2004, pasan por mi memoria, igual que pasan por la memoria del querido lector, diez o doce sujetos de cuyos nombres no quiero acordarme, como diría Cervantes.
De quien sí me acuerdo, por simple asociación de ideas, es de Eleuterio Sánchez, doctor en Leyes, más conocido popularmente por “El Lute”.
“Pueblo” me mandó un par de veces a tratar de encontrar a Eleuterio Sánchez y recuerdo que en una de esas veces, triscando por Andalucía, me metí en una cueva con el fotógrafo Santiso y encontramos unos papeles trizados, que nos dieron la pista definitiva, no para dar pistas a la Guardia Civil, sino para obtener la primicia y la exclusiva que todos los reporteros de aquel tiempo buscábamos, mucho antes, claro es, de que Imanol Arias hiciese la película de la biografía del legendario delincuente común que acabó siendo doctor en Leyes, precisamente en aquellas leyes que le habían condenado y encarcelado.
Allá por la década de los ochenta del siglo pasado, lejos ya de toda peripecia juvenil de reportero a ultranza, entrevisté a Eleuterio Sánchez en el Casino de Mallorca, una vez que vino, acompañado de su mujer, a dar una conferencia. Fue una entrevista, ahora lo reconozco, muy amariconada y muelle, rodeados de jeques árabes que se jugaban sus millones en la ruleta y que habían comprado los mejores y más caros terrenos de la costa mallorquina y habían construido los palacios más espectaculares del Mediterráneo en una urbanización que se llama Sol de Mallorca, junto al Casino. Un viejo amigo mío, mallorquín de pura cepa, vivía con su familia y guardaba durante todo el año una de aquellas fabulosas mansiones estivales y, mientras me informaba acerca de los tres o cuatro vecinos ilustres que tenía, señaló hacia el que quedaba a la derecha de su gran piscina colgante y dijo: “En ese chalet no vive un moro. Es de un español, no me acuerdo del apellido, uno que tiene ese oficio moderno, creo que se dice narcotraficante o algo por el estilo”. En los archivos fotográficos de “Pueblo”, si no se han perdido, ha de haber fotos de ese chalet, en el que yo entrevisté al célebre personaje que, según mi amigo, tenía un oficio tan moderno. Confieso que me las dio con queso.
Volvamos al letrado Sánchez. Me consta que le molesta mucho que le llamen "El Lute", sobre todo ahora, cuando ya todo es borrón y cuenta nueva en su vida, cuando ya no huye de la Justicia, sino que la representa con su título de letrado. Sin embargo, es imposible e inoperante hablar de él, sin hacer referencia a su real identidad de antaño, aquella en que fue delincuente y fugitivo.
No pretendo, por supuesto, evocar situaciones personales que ya están saldadas con la Justicia, ni remozar el cuento del criminal que se convierte en prócer de su patria, cosa que, queriendo o sin querer, han hecho algunos cantamañanas del presente, convertidos en hagiógrafos a ultranza de todo aquello que pudiera parecer antifranquista. Sólo pretendo recordar que “El Lute” fue el tema de mis escrituras diarias, en la segunda etapa madrileña de mi dedicación profesional al periodismo. Tuve y tengo una ahijada en Entrevías, que jugó con sus hijos por aquellos escoriales del suburbio.
Nunca diré, como otros han dicho, que Luis Roldán, por ejemplo, viene a ser, corregido y aumentado, el "Lute" de la Democracia.
A propósito del gran jerarca que se esfumó llevándose el dinero soberano del pueblo boquiabierto, recuerdo ahora que la primera vez que escribí acerca de “El Lute”, a principios de la década de los setenta, me gané un tijeretazo de la censura y una reprimenda de mi redactor jefe, porque había sugerido en mi escrito que la mejor solución de su caso, en aquel momento fragoroso de su evasión, era la de proponerle, si los miles de guardias civiles que lo buscaban por toda España lograban capturarlo, el alto cargo de director general de la Guardia Civil. Pero tampoco diré, porque no es verdad, que Eleuterio Sánchez fue el Luís Roldán del pasado régimen.
Mi sugerencia sentó muy mal en los altos despachos del ministerio de Gobernación, pero pronto se convirtió de boca en boca en esa especie de "metáfora del pueblo libre y burlador de los implacables grises", como más tarde diría Umbral, atribuyendo mis ironías al talento de Cela y de los intelectuales que fueron, años más tarde, a visitar a Eleuterio en la cárcel, cuando estudiaba el bachillerato de adultos y la carrera de abogado y estaba a punto de convertirse en D. Eleuterio Sánchez, doctor en Derecho.
Por esas fechas, habíamos perdido el contacto. Mis andanzas de corresponsal por la morisma del Magreb y de la "marcha verde" sobre el Sahara, así como mis trabajos diarios, durante dos años largos, a pie de obra en la revolución de los claveles o en la charanga de los capitanes de abril en Portugal y mi retorno a Mallorca impidieron que pudiese ir a hablar con él en la cárcel.
Publiqué un artículo, apenas una nota, dirigida a modo de carta a Eleuterio Sánchez. Decía textualmente: “Siendo así la realidad, me conformo con el acierto de mi primera premonición, la de suponer que, más pronto o más tarde, dejarías de ser un delincuente común, para convertirte en un respetable ciudadano, digno de los más altos cargos en la gobernación de un país libre y democrático. Así es y así me basta que sea, aunque he de reconocer, con harto dolor de corazón, que algunos altos cargos de nuestra soñada libertad han seguido tu mismo itinerario, pero al revés, es decir, de ciudadanos respetables han pasado a ser vulgares ladrones.
En todo caso, cabría hoy, puesto que ya no hay censura ni reprimenda en los periódicos, la posibilidad de ironizar sobre el caso del ex director general de la Guardia Civil que, en caso de ser capturado, podría ser propuesto para el cargo de director general de los quinquis, rateros y chorizos de la Democracia y, en sus años de cárcel, podría cursar los estudios que nunca tuvo y de cuyos títulos siempre se vanaglorió. Así se escribe la Historia...”
Después de nuestra entrevista en el “Casino de Mallorca”, escribí un par de veces sobre su persona y sobre el cambio experimentado en la cárcel. Dije:”Es cierto que estabas cambiado, diríase irreconocible, con tu nueva imagen. De aquel enjuto y triste rostro de presidiario habías pasado a la lustrosa y sonriente expresión del oficinista al que acaban de ascender de categoría y sueldo, con el aditamento del bigote romántico de mariachi que te habías dejado. Mucha gente, que no te había vuelto a ver, desde aquella fotografía tuya que se publicó, casi de cuerpo entero, cuando te escapaste de la cárcel, sin corbata, despeinado y con las solapas y el cuello de la chaqueta arrugados, pensó que aquel señor, acompañado de una novia o celadora inconmovible, no era "El Lute", sino un invento de la publicidad, para promocionar el libro que estabas a punto de lanzar al mercado. Era la tuya una estampa alucinante, entre la dulzura expresiva del actor Cafarell – que aún no se había muerto ni sabía que su hija llegaría a ser nombrada directora general de RTVE - y la pose dialéctica del novelista Jesús Torbado.
Recuerdo que fuiste afable y generoso ante aquellas preguntas que trataban de esclarecer el sentido humanístico y político de tu presente. Por contra, estuviste seco y torvo ante aquellos preguntadores que se interesaron más por el mito y por la leyenda de tu aventura al margen de la Ley. No querías hablar de tus primeras cárceles, ni del día en que fuiste a buscar a tus hijos, porque tu mujer quería borrarte de su vida. Parece ser que todos