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ENGO un amigo camerunés más negro que un tizón que ahora está, más o menos, estabilizado en Madrid cargando y descargando bultos en el aeropuerto. Durante varios años ha hecho un trayecto parecido al de los cinco bolivianos que han muerto en Hellín arrollados por el tren de Cartagena al hacer caso omiso de las barreras. Él también iba al amanecer a trabajar a las fincas del norte de Murcia. Generalmente a recoger lechuga a destajo. Como él dice, no tenían tiempo. Cuanto más tiempo en el tajo más dinero para dejarlo.
Intuyo, conociendo el terreno e imaginando la situación de los cinco muertos, que no llegaban a tiempo para engancharse al bancal. Decidieron jugarse la vida, y la dejaron en Hellín por cinco minutos y unos cuantos euros de más.
Debe ser incomprensible para sus almas haber realizado tanto esfuerzo, cruzar el Atlántico, abandonar a sus familiares y terminar destrozados por un tren que va todos los días a Cartagena. No tiene ningún sentido.
Las autoridades se van a encargar de la repatriación de los cuerpos porque se supone que no tienen suficientes medios. Son tres mujeres y dos hombres. Una de las mujeres llevaba en España sólo 15 días y otra estaba embarazada.
Como el teletipo escupe noticias por obligación y sin predisposición alguna, ha tenido la mala pata de contarnos una hora después que el gobierno de Ecuador va a enviar de regalo 20.000 rosas para la boda del Príncipe Letiz. Y por asociación de ideas me he acordado de los doce ecuatorianos que también perdieron la vida arrollados por otro tren en Lorca. También era al amanecer, también fue un gran fallo del conductor de aquella maldita furgoneta que transportaba exceso de ilusiones y más carga de la permitida.
Fueron el Ayuntamiento de Lorca y la Administración Central los que se tuvieron que hacer cargo de los gastos de los funerales, repatriación y primera ayuda para los familiares. Luego hubo hasta que negociar con las aseguradoras.
No hubo rosas blancas. Ni 20.000, ni una por parte del Gobierno ecuatoriano.
Alguno me corregirá que no tiene que ver una cosa con la otra. Que la vida sigue y que, como dice y hasta se cree, el alcalde Gallardón, la inusitada e inmoral cifra que se anuncia para celebrar la boda de la compañera periodista con el compañero futuro rey es una buena inversión para Madrid.
Eso ha debido pensar también el presidente ecuatoriano. Es una buena ocasión para vender sus rosas, ya que son el tercer exportador mundial. Y sus paisanos que las huelan en la puerta de la Almudena y del Palacio Real. Que se sientan orgullosos de que Ecuador también ha participado en esta increíble y desvergonzada lluvia de euros para celebrar una boda en una ciudad que no ofrece casas baratas a los jóvenes ni colegios gratuitos y de calidad para todos los niños. Pero, eso sí, vamos a asombrar al mundo.