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  Firmas Invitadas - Edición Nº 141
Semana del 13/11/2004
La dispersión de las lenguas
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José A. Baonza
E L conocido pasaje del Génesis, donde Moisés narra la construcción de la torre de Babel por los descendientes del patriarca salvados del diluvio, es bien explicito en la precisión ambiental del contexto: “la tierra no tenía entonces más que un solo lenguaje y unos mismos vocablos”. Nada extraño si se recuerda que, durante cuarenta días y cuarenta noches, esa tierra había quedado anegada por gruesa manta de agua que cubrió toda su faz e hizo elevarse al Arca “hasta quince codos sobre los montes mas elevados”, por lo que Noe pudo salvarse con su familia directa y con todos los animales seleccionados por parejas, mientras con la inundación había perecido “todo cuanto, en la tierra, tiene aliento de vida”. De ahí que los supervivientes a la catástrofe se comunicasen entre sí con el idioma que les era común y no tuviesen necesidad de otras experiencias lingüísticas.

Sólo que, una vez instalados en el fértil valle de Sennaar, los componentes de la tribu han ido creciendo y se sienten cómodos en el recuerdo de la pasada tempestad, confiados en la Providencia que les ha sacado del atolladero y autosuficientes con los instrumentos que idea su propia industria. Surge, así, el reto de la soberbia que les lleva a competir con su creador para levantar una torre cuya cumbre llegue hasta el firmamento y evite la excesiva dependencia hacia unos designios siempre inescrutables. Pero en el pecado llevaron la penitencia, porque la irritación de Jehová ante semejante muestra de autoengaño le forzó a una respuesta contundente, mediante el simple procedimiento de la “dispersión de las lenguas”, de manera –escribe el amanuense de este primer libro del Pentateuco—“que uno no entienda lo que habla el otro”. Y así quedaron confundidos y vagaron por los extensos confines del globo hasta encontrar asentamiento firme donde fijar su residencia.

Es muy posible que al nacionalismo “periférico”, tan identificado hasta no hace mucho con la tradición judeo-cristiana del Libro por antonomasia, les sirva el precedente pasaje bíblico como una belicosa imposición de los traductores castellanos de la “Vulgata” latina para aherrojar su lengua vernácula en el rincón más ignoto de la historia. Pero parece bastante probable que Moisés, al describir el desarrollo de los clanes por el ancho mundo, no tuvo conocimiento exacto del lugar que elegiría Tubal (nieto de Noe por la rama de Jafet) para su asentamiento definitivo en las montañas del Pirineo Occidental; ni parece seguro que San Jerónimo estuviera pensando en el Cardenal Cisneros para descifrar los textos canónigos del Antiguo Testamento, en forma que favoreciesen la interpretación imperialista de la Corona de Castilla. Pero pudiera ocurrir que, hecha semejante hipostación del lenguaje, el fenómeno de su multiplicación en el tiempo y en el espacio tuviera una exégesis directa en función del propio interés por las identidades específicas, que subliman las diferencias como signo de modernidad y establecen la dispersión como modelo de progreso.

No sería otra la explicación razonable al clima instalado en el proyecto Zapatero para acudir, con todo lujo de tramoya y toda suerte de efectismos, a la puesta en marcha y desarrollo del tratado constituyente de la Unión Europea. Presentar en Bruselas cinco textos distintos (o cuatro, según se mire por arriba o por debajo del delta del Ebro) puede parecerle a su gestor una señal inequívoca del plurimorfismo dialogante o de concatenación ecuménica de la diversidad, pero no pasa de ser un ejercicio estéril de locuacidad inexpresiva que, por supuesto, no engaña a los actuales responsables de la gestión competencial para dar eficacia normativa a semejante paranoia, aunque sean alemanes –nada digamos de los franceses-- sus interlocutores. Y por similares motivos de progresión, tampoco resulta convincente el subterfugio de confundir nación y nacionalidades a la hora de establecer los cauces de representación institucional en la Europa confederal que se avecina.

El señor Rodríguez Zapatero es muy dueño de utilizar el ancho caudal de su talante, a la hora de negociar los presupuestos generales del Estado, y hasta puede reconocérsele su voluntariosa predisposición al diálogo para encubrir notorias decifiencias programáticas en el empeño de sacar adelante la precipitada convocatoria del referendum sancionador, incluso dando por resuelto jurídicamente el nada sutil escollo de un posible conflicto jerárquico con la Constitución Española. Lo que no puede pretender, en estricta aplicación del rigor argumental y de la coherencia razonable de su propio proyecto político, es el intento de compaginar la desaforada disgregación a la que empujan sus apoyos parlamentarios con el mensaje integrador y la vocación de liderazgo que quiere transmitir en el recorrido hacia la construcción europea. Más pronto que tarde –y sería deseable que, en el trayecto, no se reciban otras lesiones de mayor dificultad terapéutica-- el presidente del gobierno de España deberá aclararse, a sí mismo y a sus conciudadanos, la diferencia que media entre una realidad homogénea de supranacionalidad con los atisbos residuales del cantonalismo mas excluyente.

Porque, aún a costa de incurrir en las iras del laicismo militante o en el anatema de la progresía multicultural del entorno, no parece oportuno obviar el mito de la dispersión del lenguaje y, con él, el de las etnias, culturas, sociedades y territorios. De lo contrario, el indiscutible pálpito enriquecedor de la diversidad pudiera malograr, por exceso, la no menos certera aspiración a la confluencia en una tierra común, despojada de veleidades tribales y comprensiva del esfuerzo compartido por todos sus miembros. O, dicho con las palabras de texto bíblico, mereceremos el castigo de que “uno no entienda lo que habla el otro”.
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