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Época II - Año XIV
Edición Nº 4131
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 viernes, 25 de abril de 2014 ESPAÑA
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 143
Semana del 26/11/2004
España va bien


Miguel Martínez
D ESDE luego que los españoles somos aguafiestas, pesimistas y agoreros. Nos empeñamos en ensalzar virtudes ajenas cuando éstas, muy a menudo, no superan las nuestras y, lejos de disfrutar con nuestros éxitos, les buscamos las mil y una vueltas hasta encontrar el más mínimo “pero” del que quejarnos amargamente.

Recordarán cuando la frase “España va bien” era pronunciada por nuestro más alto mandatario, y ya entonces muchos españoles se empeñaban en rebuscar entre las noticias pequeños pormenores que agriaran esa ilusión a los que queríamos creer que vivíamos en un país próspero y afortunado. Se empecinaban en mostrarnos soldados enfermos de uranio empobrecido, submarinos nucleares averiados en Gibraltar y otros detallitos de escasa importancia, cuando era evidente que España iba bien. Así el Real Madrid arrasaba en Europa y se llevaba de calle la Champions frente a equipos de países que presumían de ser punteros; la Selección Nacional de Waterpolo llegaba a cotas insospechadas en otras épocas; nuestros tenistas ganaban torneos por doquier; la SEAT se hartaba de vender “Ibizas” en todos los rincones del planeta; Repsol y Telefónica competían a nivel mundial con los monstruos americanos del petróleo y la comunicación, y cerraban ventajosísimos negocios en Portugal, Argentina y Uruguay. Cualquier cosa, como un petrolero manchando con hilitos de fuel nuestras costas, unos pocos euros malversados en míseras subvenciones de la UE, e insignificancias por el estilo, bastaban para deslucir, cuando no anular, el regocijo que debieran causarnos nuestros cuantiosos éxitos mundiales.

Años antes, cuando ese poder era oposición y viceversa, ocurría lo propio. Cuando los españoles debiéramos estar sacando pecho por el rosario de medallas obtenidas en los Juegos Olímpicos del 92, cuando el Barça se hacía llamar “Dream team” y conseguía para España otra copa de Europa, cuando batíamos todas las marcas en cuanto a ocupación hotelera y España era el destino preferido de gran número de turistas, nos empeñábamos en sacar a relucir pequeñas corruptelas, fugas a Laos de un político poco serio, escuchas ilegales a gente famosa pero indiscreta, sueldos y sobresueldos a costa del erario para fines poco claros y comisioncillas sin importancia embolsadas por personajillos poco relevantes.

Y seguimos sin aprender de los propios errores, que no crean ustedes que la nueva alternancia política ha traído aparejado cambio alguno en este vicio nuestro de valorar más lo foráneo que lo propio, ni en nuestra sempiterna costumbre de ningunear éxitos y magnificar adversidades por pequeñas que éstas sean. Lejos de haber aprendido de una puñetera vez la lección, seguimos tropezando en la misma piedra.

Cómo, si no, es posible tanta crispación política y mediática cuando todos debiéramos estar exultantes ante la incontestable victoria de María Isabel y de su “Antes muerta que sencilla”. Aunque, siendo justos, no hemos de olvidar que el Festival Eurojunior era emitido al tiempo que todo el país se hallaba paralizado pendiente del Barça-Madrid más esperado de los últimos años. No faltará quien piense que tal coincidencia se debe a una conspiración de aquéllos que obtienen beneficios del clima de crispación en el que los españoles parecemos sentirnos tan a gusto.

Pero por si el éxito musical de esa adorable criatura, reflejo del inmejorable sistema educativo patrio, no fuese suficiente para calmar ánimos y aplacar crispaciones, aparecía estos días en la prensa una noticia que debiera llenarnos de gozo pero que, casualmente, ha sido prácticamente obviada por los grandes medios de comunicación, quedado relegada a noticieros digitales, que, visto lo visto, parecen ser los únicos garantes (desprovean de ironía esta frase y sólo ésta) de una información veraz e independiente.

Y la noticia no es otra que España es el décimo país en calidad de vida. Y lo es –esto es lo mejor- por delante de países como Estados Unidos de América, Francia, Inglaterra o Alemania. Y no lo afirma cualquiera, lo hace el prestigioso “The Economist” en un ranking en el que no sólo han tenido en cuenta datos económicos, sino que han barajado un total de nueve parámetros diferentes que los sociólogos han considerado esenciales en la calidad de vida del ser humano: ingresos, sanidad, libertad, desempleo, vida familiar, clima, estabilidad política, igualdad de género y relaciones comunitarias.

Estableciendo una media entre las notas obtenidas por cada país en cada uno de esos nueve factores, “The Economist” ha otorgado a España una puntuación de 7,72 puntos sobre 10, sólo a 1,2 puntos del primer país, Irlanda, y a escasas décimas del resto de naciones que nos superan por los pelos: Suiza, Noruega, Australia y algún que otro país en el que un servidor no viviría ni bajo prescripción facultativa. Y es que los sociólogos no han tenido en cuenta un parámetro que afecta determinantemente a la calidad de vida: la gastronomía. No me cabe duda de que si ese factor hubiese sido tomado en consideración, nuestro país se hubiera salido de la tabla.

Los que hayan adquirido el insano hábito de leerme regularmente ya sabrán de sobra que uno no es malpensado, pero, si lo fuese, quizás llegara a la conclusión de que el indicador de la gastronomía ha sido eliminado adrede para evitar que España, que tantos desaires ha causado últimamente a la coalición Angloamericana -madre del semanario que firma el estudio-, fuese el país idílico en el que cualquier humano con dos dedos de frente quisiera vivir. ¿O es que vamos a comparar la paella con la pizza, o el rioja con el lambrusco, y la fabada con los macarrones? Y si hago comparaciones con Italia es porque los transalpinos, octavos en el ranking, nos superan por escasísimas centésimas que debieran quedar sobradamente enjugadas tras las elementales comparaciones que acabo de sugerirles.

Espero que una vez restablecidas plenamente las relaciones entre Bush y ZP se incluya la gastronomía como indicador, en sucesivas ediciones, del estudio llevado a cabo por “The Economist”, pero, si así no fuera, seguiremos teniendo una oportunidad. El cambio climático inherente al agujero en la capa de ozono, que crece más que la nariz de Pinocho metido a político, mejorará el clima de aquellos lugares de España que no son especialmente benignos, y las futuras bodas entre homosexuales sacarán al matrimonio de esa crisis en la que parece encontrarse. Así, el clima, las relaciones personales y la igualdad entre sexos, también factores tomados en cuenta en la citada clasificación, suplirán la nota que, por mor de la gastronomía, en justicia debiera correspondernos. Aun así verán como los quejicosos de siempre, situados a uno y otro extremo del prisma político, encontrarán motivos para aguarnos la fiesta. Que en eso de quejarnos sí somos, y con diferencia, los mejores.
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