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OS videoclubs deben estar encantados viendo aumentar su clientela, a pesar de la escasa oferta de películas de calidad, interés o mero entretenimiento del cine actual. A la comodidad que supone ver un filme en casa, descalzo y cómodamente sentado en un sofá, sin tener que pagar entrada individual y eligiendo la hora, además de las palomitas recién hechas en el microondas, se añade la ventaja de no soportar tropecientos cortes publicitarios con emisión de anuncios repetitivos e interminables.
Pongo la tele con la intención de pasar una velada tranquila tras el cada vez más inquietante chorro de noticias. Zapeo para elegir entre las nueve cadenas que tengo a mi alcance. En una, un supuesto debate donde la moderadora grita para parar el guirigay e interrupciones de señores muy puestos en el tema, que se quitan la palabra unos a otros, de modo que no hay quien entienda lo que tratan de decir, salvo alguna excepción. Me percato de que el rifirrafe es deliberado, que el tema a tratar está supeditado al espectáculo. Agobiante.
Paso a otro canal donde supuestos periodistas moderan a dos presuntos famosos que se despellejan, insultan y vituperan, mientras se ofrecen imágenes que ratifican o desmienten el escándalo. La intervención de los conductores del asunto encizaña aún más el ambiente, la agresión verbal se acompaña de manoteos, gestos despreciativos y dedos índices apuntando peligrosamente a la cara del oponente. Aplausos desde el público, publicidad y vuelta a desmenuzar las miserias del famosillo de turno.
En otra cadena, donde se da una especie de juicio popular que condena o absuelve a futuros y efímeros famosos, madre e hijo se sacan los colores, se desvelan intimidades de alcoba, impresentables que ejercen de fiscales y defensores pretenden sentar cátedra con afirmaciones gratuitas, además de irrelevantes para quienes no nos ocupamos de meternos en las vidas ajenas, que ya tenemos bastante con la propia. Me siento imbécil por no entender que la audiencia de esta clase de espectáculos aumente en proporción directa al morbo, la agresividad, sobre todo, si tras el despellejamiento se espera el plato fuete y se descuartiza a la víctima de sí misma, que se ofrece al sacrificio por un puñado de euros.
Continúo buscando algún programa mínimamente fumable y termino poniendo unos minutos cada canal para comprobar que prácticamente en todos sucede lo mismo. Y la cadena de pago pone por enésima vez la mísma película desde hace tres meses.
Pongo la dos, con la esperanza de encontrar una entrevista, documental o lo que sea, que no insulte la inteligencia y me encuentro con una especie de entrevista documental sobre arte minimalista que, si fuera arte y mi corta capacidad no pudiera captarlo, pues bueno… mis limitaciones son muchas, pero al fin me reconozco no ser tan lerdita como para no discernir entre el arte y la tomadura de pelo. En las cadenas locales, programas de humor, más bien sal gorda, y propaganda partidista descarada. Veo los anuncios, donde predomina la publicidad de bebidas alcohólicas (con la colettilla que aconseja hipócritamente el consumo responsable) y coches de última generación, centros de cirugía estética y productos-milagro.
Termino apagando el televisor.
Los directores de los programas llamados basura, que más bien calificaría de dañinos, han adoptado el latiguillo de “apaguen el televisor y cojan un libro, que leer es muy sano”. Pero no se trata de eso, no necesitamos que semejantes impresentables intenten justificar la bazofia con el pretexto farisaico de fomentar la lectura. Se trata de ofrecer al espectador programas mínimamente aceptables; nadie espera que todos los días se emitan programas llamados educativos, o teatro, o cine de autor (como si esa denominación fuera garantía de calidad o interés). Pero al menos que en las cadenas públicas —en mi área concretamente cuatro— se tenga presente que somos los contribuyentes quienes las financiamos y no nos merecemos que nos llenen la casa y la mente de detritus no reciclable.
Parece que se identifica calidad con pelmada plúmbea y programa educativo con aburrimiento, otra falacia. Otros pretextos para seguir atocinando al personal. Para más inri, se escudan en que eso es lo que la gente quiere.
Al fin, cogí un libro, sí, pero como se me quitaron hasta las ganas de leer, me quedé con las de lanzarlo sobre las cabezas de los responsables de los susodichos programas. Pero los muy cobardes estaban blindados por el cristal del televisor.