E
N torno a la gran figura se arrebozan las moscas disputando la oportunidad de posarse en la frente egregia, aunque sólo sea un momento, para dejar allí su cagadita.
Tales moscas suelen hacer su deposición de dos maneras: una, generalmente repipi, que recuerda “cuándo y cómo le conocí”; y otra, generalmente ruin, sacando a relucir aquella ocurrencia, aquel lance, aquella peripecia, en la que el egregio queda en evidencia, cae en renuncio, tiene el gesto más descuidado y, en definitiva, que es de lo que se trata, muestra su contradictoria vulgaridad. Si para ello es necesario descender a las profundidades del pasado, a los tiempos silvestres ya domados, da lo mismo.
“Es como nosotras”, dicen las moscas. “No es para tanto”. “Como todo el mundo, tiene sus peros, sus debilidades, sus fallos y sus miserias”.
También hay, sí, una versión tierna y amable del mosconeo, que maneja risueñamente aquellos elementos marginales para decir consoladoramente, admirativamente, que, en definitiva, el egregio es humano. “Oye, la mar de sencillo, como tú y como yo”.
A LA GUERRA
SUPE de Cela por “La Estafeta literaria” de Juan Aparicio, jonsista, falangista y franquista a la vez. Allí, Julio Trenas, “El silencioso”, cronista de tertulias, contaba las ocurrencias de Cela en el Café Gijón. Aparicio, ninguneado por el antifranquismo cerril, fue el gran animador periodístico y literario. La Escuela de Periodismo, con sus coloquios; publicaciones, como “El Español”, donde se publicó por entregas “Pabellón de reposo”; como “Fénix”, como “Documenta” o como “Fantasía”, donde se publicó “Pisando la dudosa luz del día”; y tantas creaciones de Aparicio eran viveros juveniles y centros de oportunidades. Con fundamento se ha podido decir que Aparicio fue un inventor de hombres y que, entre sus inventos, está Camilo José.
El propio Cela, al cabo de los años (1992) recuerda a Aparicio como “gran valedor de escritores y amparador de perseguidos”...”en sus revistas dio cabida a gentes de izquierdas que procedían, a la fuerza ahorcan, del bando nacional... y a personas cuya filiación política anterior no ofrecía la menor duda y que habían militado en el bando perdedor, como el dibujante Lorenzo Goñi”...”(Aparicio) echó una mano a mucha gente... y a mí me ayudó mucho”. Por lo pronto, de entrada, lo empleó en el servicio de censura.
Cela, por supuesto, era un vencedor, en la contienda de “rojos y nacionales”, según su modo preferido de señalarla. Desde el Madrid rojo se pasa a zona nacional, embarcando en Valencia, con rumbo a Marsella, el 2 de octubre de 1937. Destinado al Regimiento de Infantería “Bailén”, número 24, de guarnición en Logroño, se presenta voluntario para el frente el 25 de octubre e, inmediatamente, es herido de metralla en Alcubierre. Tras un mes escaso de hospitalización, el 21 de noviembre es dado de alta y declarado inútil total como tuberculoso.
Una estancia en León para reponerse y, el 13 de febrero de 1938, marcha a Iria y a La Coruña, donde, el 30 de marzo, solicita el ingreso en el Cuerpo de Investigación y Vigilancia, ya que, “habiendo vivido en Madrid y sin interrupción durante los últimos trece años, cree poder prestar datos sobre personas y conductas que pudieran ser de utilidad”. A la solicitud se le agrega una nota manuscrita que dice: “Denegada, menor edad”.
Con diecisiete líneas terminantes, Cela despacha el suceso en “Memorias, entendimientos y voluntades”, en el mismo capítulo en que, con nombres supuestos, da cuenta de sus dos novias coruñesas. Soy muy amigo de una de ellas: la más bella y de una decencia “casi enfermiza”; es decir, dama discreta, que discretamente se refiere a Camipé, según le llamaba entonces. “El Camilo de aquel tiempo nuestro–me dice- no parece el mismo Camilo de después. Yo conocí al Camilo de comunión diaria”.
Cela no soporta la pasividad de la retaguardia y, a petición propia, consigue revocar la declaración de inutilidad y, al mismo tiempo, destino en el Regimiento de Artillería Ligera numero 16. En el Regimiento permanece desde el 4 de diciembre de 1938 al 21 de junio de 1939, fecha en que vuelve a ser declarado inútil, después de haber participado en operaciones de guerra en los frentes de Aragón, Extremadura y Levante y de haber logrado el ascenso a cabo habilitado.
En aquellas andanzas de la guerra, la batería de Cela paró en Torremejía (Badajoz), del 8 de febrero al 3 de marzo de 1939, “tiempo bastante para hacer amigos y enemigos”, según el propio Cela, que aprovechó aquellas vivencias para situar allí el nacimiento y el padecimiento de su Pascual Duarte, que, a su vez, da nombre a la Biblioteca Publica Municipal.
En 1997 encargó una misa por tres amigos muertos, Papiano, Modesto y Rosalino, que con él estuvieron en aquellas operaciones. Y escribió:
“Los tres eran conmilitones míos y los cuatro hicimos la guerra juntos, tratando de echar del país a los piernas de los brigadistas internacionales, que eran unos cursis seudoliterarios, que vinieron hasta aquí para recibir estopa, los hay insaciables, al metafórico grito de ¡no pasarán!, y lo que decía Papiano Grillo, ¡pues, anda, que si llegamos a pasar!”
MI PARIENTE POLITICO
SOY contrapariente de Cela. De ello he presumido en un articulo “Mi pariente político”, publicado en “Arriba”, cuando le eligieron académico, y hasta tengo un arbolillo genealógico donde se ve como unos Aguinagas son, a la vez, Lejaldes, y como éstos entroncan con los Condes y más concretamente con Charo Conde, primera esposa de Cela. Esto me proporcionaba cierta familiaridad con el escritor, hasta el punto de que, cuando hablábamos a solas y se ponía maravilloso, yo le decía : “Entre nosotros no hace falta”.
Cela que publicó el primer artículo en la revista “Y “ y el primer cuento en la revista “Medina”, ambas de la Sección Femenina de FET y de las JONS, entró en el ruedo literario, como tantos otros, por el diario “Arriba”, que insertó sus “Apuntes carpetovetónicos” y que, en 1957, al ganar el sillón “Q”, tituló “La quinta del SEU entra en la Academia “.
Todo el día de su ingreso en la Academia lo pasé pegado a Cela, en compañía de Pastor, el famoso fotógrafo, para escribir la crónica de la entrada de C.J.C. en la “inmortalidad”. De aquella jornada, de la que guardo muchos recuerdos particulares, ha quedado el reportaje gráfico, que se abría con la foto de Cela enjabonado en la ducha, foto que tanto escandalizó al académico García Sanchiz.
Al cabo de los años, en 1991, Cela ha recordado su primer periódico diario:
“Me acuerdo mucho del “Arriba” en los tiempos de Javier Echarri. Curiosamente era entonces el periódico más liberal que había en Madrid. Eran más cerrados el “Ya” y el “ABC”. Íbamos por la noche a la redacción del “Arriba” porque nos daban café y coñac y no nos lo cobraban y, allí, cerrados los cafés, nos reuníamos un grupo de amigos. Colaboré mucho y guardo un gran recuerdo de aquel tiempo. En el “Ya” eran más distantes y más serios. Al “ABC” mandaba alguna colaboración, aunque no iba por su redacción”.
Allí empezó nuestro conocimiento, en aquellas tertulias, en aquellos encuentros del periódico, en los que no faltaba la diversión. Un día se presentó Cela vestido de blanco para pedir prestados unos pantalones oscuros porque Sánchez Mazas le había invitado a cenar. Se los prestó Cebrián, entonces secretario de redacción, y cuando se quedó en calzoncillos para el intercambio, alguien le gastó la broma de esconderle los pantalones. Cela busco el escondite por todo el periódico y, de tal guisa, atravesó la sala de visitas donde, ceremonioso e impávido, beso la mano a unas señoras visitantes a las que explicó que normalmente iba de traje completo.
Bajo su apariencia “tremendista”, desde el principio advertí un Cela de exquisitas maneras, muy ordenado, de letra cuidada y pulcras carpetas, muy puntilloso con los papeles y las cosas. ¡Cuantas veces, la noche de su ingreso en la Academia, preguntó por la cinta, la simple cinta rojigualda, que ceñ
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