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EMOS mantenido, desde un principio. que en el muy sangriento y apestoso asunto del 11-M hay demasiados agujeros. Entre ellos se encuentra la auténtica identidad de los que pusieron los explosivos en los trenes y la de los verdaderos autores intelectuales. La policía -que desgraciadamente sirve a los intereses del partido gobernante y más en un asunto como éste- tiene testigos que “implicarían” como “autores materiales”, a dos de entre unos cincuenta “sospechosos habituales”, los cuales han sido detenidos y puestos a disposición del juez.
De entre estos “sospechosos habituales”, Jamal Zougam fue “identificado” mediante fotos por, al menos, dos pasajeros de los trenes. Otro viajero relaciona su rostro con un retrato robot. Ghalyoun Basel está “involucrado” por la declaración de un testigo. Subió al tren y dejó la mochila debajo de un asiento. Después se apeó.
Mohamed El Bakkali, “identificado” como otro de los que habían puesto las mochilas bomba fue liberado por el juez hace unos días. Eso sí, tiene la obligación de presentarse en el juzgado. Motivo: testimonios contradictorios.
Dos de los detenidos en un principio, Mohamed Chaoui, (hermanastro de Zougam) y Abderrahim Zabakh, “señalados” también como autores materiales -ellos lo negaron- han sido liberados. Falta de pruebas.
Hay una penúltima identificación que también se ha ido al garete. Me refiero a la del marroquí Mohamed Haddad, reconocido por viajeros y por el portero de la finca, que llamó a la policía denunciando la presencia de la furgoneta en cuyo interior se encontraron los detonadores y aún más huellas dactilares que en Carrefour a fin de mes. Detenido en Marruecos siete días después de la masacre, fue liberado tras declarar ante la policía y autoridad judicial de su país que estaba en Tetuán, circunstancia que dicen haber comprobado. Vaya usted a saber.
Las demás identificaciones de los “asesinos” son hipotéticas. De los seis que desaparecieron y que están en búsqueda y captura, sólo dos son “sospechosos habituales” de participar más o menos directamente en la masacre. Se trata de Said Berraj y Ouhnane Daoud. Said, “relacionado”, con los presuntos jefes del grupo de marroquíes chorizos de poca monta de Lavapiés, es considerado “sospechoso habitual”. Se fue de España dos días antes del de autos. Tenía que asistir en Marruecos al funeral de una hermana inexistente. El otro “sospechoso habitual”, Daoud, lo es por encontrarse “casualmente” sus huellas dactilares en una bolsa de basura repleta de detonadores encontrada en la furgoneta
También, ¡cómo no!. son “sospechosos habituales” los que se suicidaron -o fueron suicidados- en Leganés. Su participación en la masacre es menos que presunta. Culpabilizar a los “suicidados” es fácil. Los métodos son de manual y, además, están a la vista de cualquiera en Internet.
De la comisión de investigación sería mejor no hablar. Los informes y documentos presentados son de una parcialidad total. Se trata -nada más- que de culpar al Partido Popular, que no parece muy interesado -al igual que el PSOE- en defenderse y que se sepa la verdad. La miserabilidad de los políticos es aún más grave en el caso del PP, que tiene detrás casi diez millones de votantes anhelantes por saber qué demonios pasó en realidad. Parecen tener los comisionados mucho interés en que nos traguemos –por razones de Estado- la milonga esa de los moritos choricetes de Lavapiés. Van dados.
Muchos se preguntan qué habrá sido de los “Patas Negras” de Roldán. Y de la “célula secreta”, -aparentemente inoperante durante el aznarato- existente desde tiempo inmemorial. Me estoy refiriendo a los que por “orden de la superioridad” y por “razones de Estado” montaron las operaciones “Galaxia”, “Diana”, “De Gaulle”, “Ariete”, “Míster” y “Jaula”, por citar algunas. El que tenga entendederas, que entienda. Algunos ya nos estamos cansando de que nos tomen por imbéciles.
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