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ESDE mi última conversación con don Pedro Escartín, hace ya diez años, no he vuelto a saber nada de él ni nadie me ha informado acerca de su vida, o de su muerte, en estos últimos tiempos. En el primer artículo que publiqué aquí, en febrero de 2003, don Pedro Escartín figuraba entre los doscientos colegas que estábamos con Emilio Romero en “Pueblo”, hace ya, alabado sea Dios, la tira de años. Agradeceré en el alma cualquier información sobre don Pedro Escartín, al buen lector que se apiade de mis despistes y de mis naturales aislamientos del mundanal ruido de la capital de España.
Mientras me llegan nuevas informaciones, reproduzco aquí un fragmento de lo que escribí sobre Escartín, ahora que tan de moda están las dimisiones de los seleccionadores nacionales de fútbol y, en general, todo lo que gira en torno al llamado “deporte rey”.
Mi texto sobre Escartín decía así, letra por letra, hace diez años:
“Su voz, al teléfono, suena con fuerza y denota la jovialidad, el optimismo y la sabiduría de siempre, aunque diga “ no estoy bien, porque me falla el riego sanguíneo, porque me han operado de cataratas y no puedo leer y, en suma, porque nací el 8 de agosto de 1901 y ya te puedes hacer idea de cómo está una persona al enfilar la recta final de los cien años"... Su voz, ya digo, ha redoblado mis ánimos, para seguir remando en esta barquita de papel, que es nuestro oficio cotidiano. Desde su casa de la calle Hermosilla de Madrid, acaba Ud. de mantener conmigo la siguiente conversación, textual:
- ¿Sigue Ud. tratando a los compañeros del diario "Pueblo" ? - pregunto.
- Miguel Ors suele verme cada semana. A Emilio Romero le he tratado menos en estos últimos años, pero el contacto sigue vivo y muy cordial con todos. A ti te recuerdo bien y supongo que, si sigues siendo escritor, seguirás siendo igual de pobre.
- ¡No me joda, don Pedro: usted, como José María García y como tantos otros, debe de haberse hecho millonario con sus escritos!
- Nada, mis escritos aportan más prestigio que pesetas. Eso es lo que hay.
- Y no es poco, maestro, no es poco. Es usted el más veterano, ¿verdad ?
- Ni hablar, ahí tienes a...
- A Matías Prats.
- No, hombre, no. Matías es un chaval, comparado conmigo. Te hablo de Pablito Hernández Coronado, que fue seleccionador nacional antes que yo. Y ahí le tienes, como una flor, con 97 primaveras a cuestas, imperturbable...
Más por su juventud de hoja perenne y de fruto constante que por su longevidad estupenda de 92 años cumplidos, su sombra y su magisterio son, si me permite la metáfora y el entusiasmo, como el árbol bíblico que marca y define nuestro origen y nuestro destino. Dicho esto, ya puede enseñarme la tarjeta roja y mandarme a la ducha de los retóricos trasnochados. Lo que ocurre, mi querido y viejo amigo, es que, cuando he empezado a escribir de Ud. en un flamante ordenador - último grito del progreso telemático o telepollas - me he topado con el recuerdo de su histórica máquina de escribir, la mismísima que tenía para Ud. solo en la sala grande del diario "Pueblo" y que, por lo que me cuentan, mantuvo impertérrita e incansable en el diario "Marca", hasta hace bien poco. Ese vetusto cacharro antediluviano nos lleva a todos - a los que fuimos y a los que somos, a los que estuvieron y a los que estamos todavía a pie de obra en el maldito y bienaventurado oficio de la comunicación - al centro vital de las retóricas o, si quiere, abuelo de nuestras batallitas, al cuento de todos los cuentos, por los siglos de los siglos, amén.
Después de 50 años aporreando las teclas de su histórica máquina de escribir, en la que ha parido más de 20.000 artículos firmados y publicados, sin contar los libros y libritos, ensayos críticos sobre el deporte y ese fabuloso reglamento internacional del que se valen todavía los más avisados y competentes dirigentes del tinglado futbolístico, después de 27 años en que fue miembro destacado de la Comisión de Árbitros de la FIFA, se le ha tributado un gran homenaje en el que han participado todos los prebostes de ese tiberio macanudo de balones y de goles, de multitudes y de millones, de poder fáctico incuestionable, que es el mundo del balompié. Hasta los ministros - o ministras - de Cultura o de Educación y Ciencia, se suman a tamaño evento. Bajo la batuta del poder socialista de los últimos años del siglo XX se le tributa merecido homenaje, a Ud., don Pedro, que fue "jefe de deportes" del diario "El Alcázar" (más franquista que Franco ) y colaborador fijo de "Pueblo" y de "Marca" y de "Radio España" y de "Radio Centro". Es un dato alentador, que significa que la transición política, como su propia biografía, ha sucedido sin traumas, venturosamente. El que fuera nombrado por el PSOE secretario de Estado para el Deporte y presidente del Consejo Superior de Deportes, el ínclito Javier Gómez Navarro, es nombrado ministro de Comercio en 1994. Su "Reglamento de Fútbol" ha alcanzado, en 50 años de circulación internacional, cuarenta ediciones. Fue Ud. seleccionador nacional y llevó a España al Mundial de 1962. Se retiró del oficio de árbitro en 1948 y es, por ventura, el único "trencilla" de este siglo que ha sido solicitado por las dos selecciones nacionales - Inglaterra e Italia - que disputaron la final en un partido que se denominó "el partido del siglo". En resumen: el más importante de todos los árbitros de fútbol que ha existido. Ése es Ud., don Pedro, tan sencillo, tan culto, tan afable y tan amigo de sus amigos.
Su estilo o, mejor dicho, el rasgo fundamental de su vida ha sido y es la exactitud. Cuando no teníamos aparatos electrónicos para escribir nuestras crónicas y para medir la extensión exacta que debían tener en el periódico donde las publicábamos, llegaba Ud. a la redacción, preguntaba al redactor jefe o a los dos maestros de la maquetación, el asturiano Luisón o el valenciano Asensi, a ver si su espacio permanecía intacto o, por contra, había sido menguado por la publicidad y, obtenida la respuesta, se iba Ud. a su máquina y producía un texto al que no le sobraba - ni le faltaba - un solo espacio. Su escrito cuadraba siempre con el espacio que se le había reservado. Nunca hubo necesidad de cortarle un párrafo o de aumentarle la tipografía por haberse quedado corto. No hablo de censuras, que también las tuvimos, en aquella casa, cada dos por tres. Era Ud. la exactitud andante. Nos quedábamos pasmados y tomábamos ejemplo. Le hablo de los mejores momentos de la prosa abundante de Raúl del Pozo, de Jesús Hermida, de Carlos Luis Álvarez, de Yale, de Tico Medina, de José Luis Balbín, de Pilar Narvión, de José Luis Navas, de Carmen Rigalt, de Julita Navarro y de los que, por aquella temporada, nos alzábamos con los premios literarios de mayor resonancia nacional, como Romero, que ya había obtenido el "Planeta", Martínez Garrido y José María Carrascal, el de las corbatas despampanantes, que se hicieron con el "Nadal" y un servidor, modestia aparte, que ya estaba metido de lleno en la lotería de las Artes y de las Letras. Era la etapa del fulgor literario en los periódicos de Madrid. Estoy convencido de que su estilo, es decir, su elegancia, su precisión, su objetividad y su mesura fueron el ejemplo vivo que más nos ayudó.
En todos los años de mi profesión, jamás he oído una mala crítica contra Ud. Ni siquiera en ese aspecto que antes insinuaba, al referirme a los medios ultrafranquistas en que, por razones absolutamente ajenas a nuestra voluntad, tuvimos que ejercer nuestra profesión.
No debo olvidar, ahora que se reconstruye nuestra vieja amistad y la profunda admiración que siempre he sentido por Ud., el detalle de su condición artística: sus cuadros y su cabal conocimiento de la Pintura, sobre todo la de Goya, hacen de su persona, más que el prototipo de maestro de maestros en el campo del fútbol, el de humanista cabal, razón por la que también se honran con su amistad, al margen de las multitudes fanáticas del deporte, las ven