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  Firmas Invitadas - Edición Nº 32
Semana del 18/10/2002
Puñetero callejero


Enrique de Aguinaga
E N primer curso, los profesores de teoría del periodismo explicamos que uno de los factores objetivos de interés general es lo fácil, frente a lo difícil; la mediocridad, frente a la calidad; lo simple, frente a lo complejo. Así se explica la simpleza de dar a las calles nombres de personas y que ahora asombre la proposición de que las calles tengan nombres de calles, como los perros tienen nombres de perros.
Tan incrustada está la costumbre de señalar las calles con nombres de personas, que hoy resulta difícil ponerles nombres de calles. Al más corto de los concejales siempre le queda el recurso a la ocurrencia de pedir la palabra para proponer que ésta o aquella calle reciba el nombre de ésta o aquella persona. Y que conste en acta. No hay homenaje municipal más barato y menos imaginativo. Y lo malo es que el concejal pide la palabra y la simpleza entra en el conflicto de las categorías y de los aspavientos sandios: ¿Cómo es posible que fulano no tenga una calle entre nosotros? ¿Cómo es que a mengano se le ha dado una calle de segunda, cuando a perengano, que no le llega al zapato, se la dieron de primera? La calle como unidad de medida de la importancia personal y el concejal tan contento, como el tonto con la tiza.
Lo cierto es que las calles siempre han tenido nombres de calles (históricos, funcionales, descriptivos, anecdóticos, orientativos) hasta el siglo XIX y su culto a la personalidad. El siglo XIX, que tiene la buena idea de plantar árboles en las vñias públicas, tiene la peregrina ocurrencia de bautizar las calles con nombres propios. "Esta mala costumbre de ponerles nombres de personas que nos viene de los franceses es un error. Yo no recuerdo que haya en Inglaterra una calle Shakespeare" le decia Borges a Sábato. A Ramón Mesonero Romanos, egregio predecesor en la crónica, a quien tanto admiro, no le perdono dos iniciativas: la de trasladar la estatua de Felipe III al centro de la plaza Mayor y la de dar nombres de personas a la calles de Madrid.
En el mismo siglo XIX y enseguida aparece la enfermedad endémica de las calles revestidas de personajes: la mudanza de los nombres, según las mudanzas políticas. Con la revolución de 1868, al grito de "¡Cayó para siempre la espuria raza de los borbones!", cayeron los rótulos del reinado anterior y, en 1875, con la primera Restauración, otros cayeron y otros se restituyeron. La danza se repite con virulencia en 1931, en 1936, en 1939 y en 1979, de modo que la plaza Mayor de Madrid ha tenido sucesivamente diez nombres.
Tanta mudanza ha incurrido en los más diversos agravios, rifirrafes, exageraciones y ridiculeces. Manuel Azaña lo registra irónicamente en plena guerra, en "Cuaderno de la Pobleta", con el ejemplo de la calle de Antonio Maura que pasó a denominarse calle de las Milicias de Retaguardia de las Juventudes Socialistas Unificadas. Y el concejal Jaime Cortezo cuantifica el perjuicio, cuando, en 1980, presenta al Pleno del Ayuntamiento un estudio económico, según el cuál el cambio de los nombres de veintisiete calles suponía un coste de l.400 millones de pesetas.
No soy oportunista. Soy veterano en la propuesta de la toponimia clásica, de los nombres naturales. Cuando andaba de aprendiz, en los años cuarenta, de mi maestro Mariano Rodríguez de Rivas aprendí la dificultad de que las calles tengan nombres de calles. Siempre lo he mantenido, desde que tengo uso de razón matritense, como cronista. Y he predicado con el ejemplo y con algín éxito. A mi iniciativa se debe que, en 1951, el eje Julián Marín-Avenida Circular de la Plaza de Toros no se llamase de Manolete o de Vicente Pastor, sino Avenida de los Toreros, nombre funcional, en cuanto que esa es la vía por la que los toreros (¡aquellos coches de caballos de los picadores!) van a la plaza. Por mi intervención, en 1956, con todas las consideraciones para el escritor, la calle de la Manzana, que está en el plano de Teixeira, siguió siéndolo y no de Luis Araújo Costa, como se propuso formalmente en homenaje mostrenco.
Siendo considerables los argumentos contra la arbitrariedad y el conflicto, el argumento del homenaje mostrenco es el principal porque el nombre de la calle no supone homenaje, porque el nombre de la calle no añade fama alguna al que ya la tiene ni se la da al que carece de ella. En este caso, el nombre se convierte en un puro fonema y se dice calle de Castelló como se podía decir calle de Llotecas. Cierto dia, en televisión, se quedaron mudos un ex alcalde de la Villa, un candidato a la presidencia de la Comunidad y una portavoz del Parlamento de Madrid, cuando, en público, les pregunté a qué o a quién estaba dedicada la calle de Castelló. Y ninguna autoridad municipal ha sabido decirme quien es ese Silvano que, con grandes rótulos, tiene su calle sobre la M-40. Pruebe usted a preguntar a que príncipe se refiere la calle del Príncipe.
Poéticamente ("El arte de repensar los lugares comunes"), lo dijo Pedro Mourlane Michelena, del que ni uno más se acordaría, si tuviese una calle: "Dejar nuestro nombre a una calle es poco; dejarlo en una estrella, demasiado; quede, que es lo justo, en el casco de un barco vagabundo".
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