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  Firmas Invitadas - Edición Nº 32
Semana del 18/10/2002
Santos y santos


Ricardo Navas-Ruiz
L A Iglesia Católica acaba de sumar a su extensa lista de santos uno nuevo, el sacerdote español José María Escrivá de Balaguer. El lector habrá seguido sin duda alguna a través de los medios informativos la solemne ceremonia de proclamación. Habrá también leído la vida y milagros del personaje, los elogios y las críticas, la historia de su mayor logro, el Opus Dei, la Obra, como suelen designarla sus miembros. No es cuestión de reiterar cosas sabidas. Querría, sí, dejar caer un poco a vuela pluma algunas reflexiones, totalmente intranscendentes, con ocasión de tal acontecimiento.
De todas las iglesias existentes y desaparecidas, -salvo error-, sólo las Iglesias Católica y Ortodoxa han consagrado y mantienen en vigor la figura de la santidad. Su santoral abarca libros extensos. Hasta hace poco, y quizá aún todavía lo son entre ciertos lectores, fueron populares las vidas de santos, algunas en doce volúmenes para acompañar los meses del año. Los reformistas del Renacimiento hicieron ya la crítica más válida al hecho: tanto santo ha terminado por oscurecer el objeto mismo de la religión, Dios. No falta, en efecto, quien venera a San Pancracio, por ejemplo, e ignora a su Creador, o quien blasfema en el nombre de Cristo; pero pone flores a Santa María.
Supongo que, al dar tal importancia a los santos, las Iglesias Católica y Ortodoxa pretenden poner ante sus fieles unos modelos de conducta. Seguirían en ello lo que suele hacer toda sociedad civil exaltando a algunos individuos ejemplares para que inspiren a sus ciudadanos. La diferencia está en que la sociedad civil no transciende el orden humano en tanto que las Iglesias Católica y Ortodoxa, con su énfasis en los milagros como condición de la santidad, transportan al sujeto a un orden sobrenatural. El santo, más que un ser humano, es un elegido de Dios. Su ejemplaridad resulta un tanto inaccesible a la imitación. No extraña, pues, que el no católico u ortodoxo aparezca confuso ante lo que juzga politeísmo, proliferación de dioses menores. ¿No basta, se preguntan, con orar a Dios sin tener que recurrir a intermediarios?
La Iglesia Católica, -quedándonos ya sólo con la que ahora nos ocupa-, debe tener sus poderosas razones para mantener la veneración de los santos entre sus prácticas. Y las respetamos, aunque las ignoremos, como respetamos las creencias de tantas y tantas instituciones que escapan a nuestro conocimiento. Pero, sin duda, tiene también razones importantes de índole funcional. Imagínese el lector por un instante qué pasaría si mañana, por impensado decreto papal, desaparecieran todos los santos del culto de la Iglesia. Habría que decir adiós en España a un sin fin de fiestas, entre ellas Santiago, la Inmaculada, y las innumerables ligadas a los patrones de tantos pueblos. Habría que decir adiós a procesiones, verbenas, romerías, bailes, a todo un riquísimo folclore del que está tejida la vida de nuestras gentes, sus costumbres, sus devociones, sus esperanzas, sus rezos. Quien dice España puede decir Hispanoamérica y muchos otros países.

PERO volvamos a nuestro santo, que todo lo anterior parece andarse por las nubes. ¿Dónde podríamos ubicar a san José María? Mártir no es, y esto nos impide acercarlo a San Lorenzo. Virgen no parece categoría aplicable a hombres. Doctor, no sé, es título que nos trae a la mente a Santo Tomás de Aquino y nuestros olvidados días estudiantiles. ¿Fundador? Esa es la palabra. Fundador, como santo Domingo, san Francisco, san Ignacio de Loyola.

Pero, aquí, debo confesar, me asaltan enormes dudas. ¿San José María estará con ellos allá arriba? Por supuesto que sí. Pero, aquí abajo, entre los pecadores e incrédulos, ¿cabe equipararlos? Odiosas son las comparaciones. No obstante, será quizá porque la distancia histórica agranda las figuras o las empequeñece, -que todo puede pasar-, Domingo, Francisco, Ignacio tiene ya algo de mítico y sus órdenes una cumplida y cabal página de logros. A su lado San José María nos parece un poco inmaduro como santo y su Obra con mucho que demostrar.
Quizá el mismo san José María habría concordado con lo que dicen que su canonización ha sido precipitada. Aún viven muchos que asocian la Obra a tiempos oscuros del franquismo dentro del cual y a favor del cual creció. No pocos recordamos todavía desde nuestros días de estudiante la Obra como algo oscuro, no se sabía bien qué era, cuyos miembros, simpaticones y generosos, prometían becas en Alemania y se llevaban todas la oposiciones. Alguien ha comentado que no deja de ser irónico que un papa, formado en el antinazismo y el anticomunismo, haya elevado a los altares a un sacerdote del franquismo.
Pero Dios escribe derecho con renglones torcidos. Él sabrá por qué deja que ocurran las cosas en la tierra. El tiempo dirá si san José María va a crecer como figura o se opacará entre tantos y tantos santos olvidados, si su Obra fecundará la Iglesia o se reducirá a un relámpago momentáneo, si su “Camino” serán los “Ejercicios Espirituales” del futuro. Ahora, a algunos nos cuesta un poco aceptar su santidad al revés que nos pasa, por ejemplo, con la madre Teresa de Calcuta, tan callada ella, tan entregada a los parias de este mundo.
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