E
L día 21 de este Agosto se cumplirá el sesenta y cuatro aniversario de la muerte de León Trotsky en México, en el barrio o distrito de Coyoacán. Se sabe que fue asesinado por orden de Stalin y que el ejecutor fue un comunista español, Ramón Mercader. Fue un crimen bestial y repulsivo. Mercader, que gozaba de la confianza de Trotsky, quedó a solas con él en su despacho conversando amistosamente, y en un momento de descuido del ideólogo y líder comunista, le destrozó la cabeza con un piolet. Mientras, en la calle le esperaba su madre, sombrío e imponente virago, en un automóvil. No pudo, sin embargo, escapar el asesino, pues los guardias de seguridad de Trotsky acudieron al ruido y, cayendo sobre Mercader, le abrieron la cabeza a culatazos, y lo hubieran matado si no lo hubiese impedido el mismo Trotsky, quien tuvo aún fuerzas para pedir que no lo hicieran. Naturalmente, no por piedad, pues esto hubiese sido ridículo en él, sino para hacer hablar a Mercader.
El crimen resulta sórdido en extremo, no sólo por su brutal desarrollo, sino por la personalidad de los actores. Tenemos a Stalin, el mayor genocida de la historia de la Humanidad, que decide matar a su rival odiado. Tenemos a Trotsky, responsable de grandes matanzas en la guerra civil rusa, que sentía un odio no menor por Stalin y que estaba trabajando en su biografía difamatoria. Tenemos a Ramón Mercader, fanático comunista, incapaz de valorar moralmente su acción, ya que había erradicado de su mente toda noción de moral burguesa (que es así como llaman los comunistas a la moral a secas). Tenemos, también, el hecho de que este Mercader fue condecorado por este asesinato con la Estrella de Héroe de la Unión Soviética, como así reza en la lápida de su tumba. El colmo de la sordidez.
El odio entre Stalin y Trotsky fue incubándose a medida que sus distintas concepciones ideológicas fueron haciéndose incompatibles (Trotsky, como buen judío, era internacionalista y preconizaba la revolución a escala planetaria, y Stalin era un feroz nacionalista ruso, a pesar de haber nacido en Georgia, y deseaba consolidar la revolución en su país, Rusia); y también, a medida que creía su rivalidad personal, con un Stalin acumulando poder en la burocracia del Partido, y un Trotsky cuya estrella iba declinando a pesar de haber sido el fautor material de la Revolución.
Estos hechos son de sobra conocidos, aunque no han alcanzado un gran relieve en su exposición en unos medios contaminados en su mayor parte, y en mayor o menor medida, del marxismo cultural. Pero aún menos se ha destacado el hecho de que tres meses antes de su asesinato a manos de Mercader, Trotsky sufrió otro atentado, éste fallido, a cargo de un artista famoso: David Alfaro Siqueiros (1898-1974).
Siqueiros, junto con José Orozco y Diego Rivera, son los máximos exponentes del muralismo mexicano, habiendo sido los fundadores del “Movimiento Mural Mexicano”. Naturalmente, sus pinturas exaltan las ideas de la Revolución Mexicana, exponiendo verdades distorsionadas y mentiras asumidas como dogmas a impulsos de una violenta demagogia.
Siqueiros fue comunista toda su vida. Lucho en las filas de la Revolución Mexicana y también en el bando frentepopulista durante la guerra civil española. Era, además, un estalinista convencido. Parecía, pues, hombre adecuado para matar a Trotsky. Ramón Mercader, en el libro escrito por su hermano, Luis Mercader, “Ramón Mercader, mi hermano, cincuenta años después”, asegura que el agente de Stalin en México, el general mayor del NKVD, Leonid Alexándrovich Eytingon, de sobrenombre “Kotov”, transmitió el encargo primeramente al pintor, y que después del fracaso de éste, él, Ramón, tomó cartas en el asunto.
Siqueiros actuó en la madrugada del 24 de Mayo de 1940. El atentado tuvo características extrañas. El pintor llegó acompañado de veinte hombres. La estancia de Trotsky estaba guardada por veintisiete guardaespaldas, pero uno de ellos, el norteamericano Shelton Harte, les dejó entrar. Los hombres penetraron en la casa y comenzaron a disparar desaforadamente. Hubo más de cien disparos y, sin embargo, ningún herido. Ramón Mercader declara despectivamente: “Aquél cabrón se comportó como un mejicano de película, disparando sin orden ni concierto”. Y a los pocos días del asalto, apareció el cuerpo sin vida de Shelton Harte, asesinado y abandonado en un camino.
Siqueiros contó más tarde que la idea de atacar la casa de Trotsky surgió años atrás en unas conversaciones que sostuvo con algunos de sus camaradas durante la guerra civil española. Se trataba no de matar a Trotsky, sino de asustarlo. No es ésta la versión de Ramón Mercader, que resulta más creíble que la de Siqueiros, que suena a excusa por la forma absurda, propia de beodos, con que ejecutó las órdenes.
En este mismo barrio de Coyoacán vivió años después otro artista de mérito, Emilio Fernández (“El Indio”) que, como Siqueiros, luchó en la Revolución. Fue el más prominente cineasta mejicano, autor de obras que, como “Río Escondido”, “La perla”, “Maclovia”, poseen una belleza áspera, luminosa, telúrica, que iguala a la de su maestro, el ruso comunista Eisenstein, en “¡Que viva México!”. También él mató a un hombre en oscuras ciscunstancias y fue condenado a presidio en 1976, diez años antes de su muerte.
La relación del arte con el crimen ha sido tratada por algunos autores, entre ellos Thomas de Quincey; y, como no podía ser menos, Óscar Wilde dedicó un estudio al tema que tituló “Pluma, lápiz y veneno”. En él, aunque con algunas referencias obligadas a Benvenuto Cellini y otros, se centra en la vida y obra de Thomas Griffiths Wainewrigth, quien, además de pintor y crítico de arte, destacó por sus asesinatos por envenenamiento.
Como resulta inevitable en él, Wilde defiende los fueros del Arte, considerando que el crimen no es sino un detalle biográfico que no quita ni añade nada a la obra del artista. La moral no debe entrometerse en el campo del arte.
Wilde era fiel a su esnobismo amoralista. Su pose era la más indicada para hacer estremecerse a la burguesía de su tiempo. Pero en los tiempos actuales, al margen de teorías artísticas que sólo podrían espantar a cierta burguesía si ésta existiese, uno se pregunta por qué motivo debería un crimen cometido por un artista ser menos condenable que el mismo crimen cometido por alguien sin dotes artísticas.
Y, sobre todo, uno se pregunta por qué la condición marxista del criminal puede constituir un atenuante más de la gravedad del crimen, cuando debería ser al revés, dada la condición nefasta del marxismo. Pero de esta forma descarriada y sectaria se juzga todavía en la actualidad debido al insistente aleccionamiento mental a través de decenios.
Isaac Deutscher, biógrafo de Trotsky, describe a Siqueiros como “un hombre en el que la revolución, el arte y el gansterismo son inseparables”. No existe ninguna razón válida para que las dos primeras facetas hagan palidecer a la tercera.
|